LA PROVINCIA PENSADA (IV) – La Provincia del Pueblo: Gauchos, trabajadores y los invisibles

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

La historia oficial es un salón iluminado; la historia real es un patio oscuro. En ese patio, donde el polvo no deja ver los retratos enmarcados, está el Pueblo. No el Pueblo invocado en discursos, sino el que suda, pelea y muere sin estatua.

En el Norte, ese pueblo tuvo nombre propio: el Gaucho.

No el Gaucho declamado en festivales, ni el domesticado para la postal turística. El Gaucho de carne, lanza y hambre. El que sostuvo la frontera cuando el Estado era una promesa lejana y la Patria una palabra en construcción. El que convirtió la Guerra de Independencia en guerra popular.

La epopeya de Martín Miguel de Güemes no se explica sin ellos. El genio militar puede organizar; pero sin el paisanaje no hay resistencia. Las milicias gauchas hicieron de la pobreza una estrategia: conocían el monte, sabían esperar, hostigar, desaparecer. Fueron inteligencia territorial antes de que existiera la teoría.

Mientras en los salones se discutía la República, en los cerros de Salta se la defendía.

Y aquí conviene decir algo incómodo: la Independencia no fue sólo obra de próceres ilustrados. Fue, también, un fenómeno plebeyo. La llamada Guerra Gaucha” fue un acto de insubordinación colectiva. Campesinos, arrieros, peones. Hombres sin pergaminos que decidieron que la tierra no tendría amo extranjero.

Después vino la paz. Y con la paz, el olvido.

El Gaucho pasó de ser sujeto militar a problema social. De defensor de la frontera a estorbo del orden. La misma provincia que lo necesitó para sobrevivir comenzó a disciplinarlo. La modernidad, con su obsesión por el progreso, no tolera figuras indóciles.

Sin embargo, el Gaucho no desapareció: mutó.

Hoy no porta lanza, pero porta tradición. No combate en guerrillas, pero custodia símbolos. El culto a la tradición cuando es genuino y no decorativo es un acto político: es memoria encarnada. Cada desfile, cada fortín, cada jineteada es una afirmación identitaria frente a la homogeneización global.

El problema comienza cuando la tradición se convierte en anestesia.

Porque el pueblo de hoy no está compuesto únicamente por herederos de la montonera gaucha. Está también hecho de trabajadores precarizados, de jóvenes sin horizonte, de barrios invisibles para el poder. Los nuevos “gauchos” no cabalgan: viajan colgados de la economía informal. No defienden la frontera del Imperio; defienden la frontera del mes.

La Provincia del Pueblo es, entonces, una tensión permanente: celebra a los Gauchos muertos mientras ignora a los vivos.

Hay algo de injusticia estructural en esa operación. Se exalta la épica pasada para evitar la incomodidad presente. Se honra la sangre derramada, pero se minimiza el esfuerzo cotidiano. El trabajador rural, el empleado público precarizado, el changarín, el migrante interno: ellos son los continuadores silenciosos de aquella resistencia.

La pregunta que debemos hacernos no es si amamos la tradición. La pregunta es si estamos dispuestos a reconocer al Pueblo como sujeto político real y no como decorado emocional.

Porque una provincia que se sostiene sobre los hombros de los invisibles tiene dos caminos: o los reconoce y los integra, o termina convertida en escenografía.

El Gaucho enseñó algo esencial: la dignidad no se negocia cuando la tierra está en juego. Hoy la tierra no es sólo territorio físico; es trabajo, educación, futuro.

Si la Provincia quiere pensarse con honestidad, debe mirar más allá del salón iluminado y atreverse a entrar al patio oscuro. Allí siguen estando -sin micrófono ni aplauso- los que hacen posible la continuidad histórica.

La Patria no se construyó desde el palco. Se construyó desde el polvo. Y el polvo todavía habla.