POR: REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar
Sólo los desinformados pueden aplaudir la extracción del ex presidente, Nicolás Maduro, de Venezuela como un triunfo de la democracia. Si bien, Maduro, era la continuación de un régimen excecrable que fundara, Hugo Chávez Frías, que condujo al exilio forzado a casi ocho millones de venezolanos, que aplicó persecución, detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos a opositores, aliado con otro gobierno tan nefasto como el de los hermanos Castro, en Cuba; además de haberse aliado con un Estado terrorista como Irán, entre otras tantas condiciones inhumanas, lo que está en verdadera discusión es el cómo, el por qué y más importante, el para qué, invadió Trump a Venezuela.
La memoria nos recuerda que Estados Unidos intervino militarmente -de forma directa, encubierta o híbrida- en más de 70 países desde 1945. Si ampliamos el arco al siglo XX completo (desde 1898), el número supera las 80 intervenciones.
Son países que luego del paso de los marines, no pudieron regresar a una institucionalidad sana, sino que sus consecuencias fueron una descomposición institucional crónica, guerras internas, fragmentación territorial, Estados fallidos o democracias ficticias luego de la intervención estadounidense.
Una lista más recordada sería esta:
Afganistán (1979–2021): 40 años de guerra continua. Estado inexistente.
Irak (1991 / 2003): destrucción estatal, sectarismo, ISIS, país roto.
Libia (2011): Estado colapsado, milicias, guerra civil permanente.
Siria (desde 2011): guerra prolongada, país fragmentado.
Somalia (desde 1992): Estado fallido hasta hoy.
Haití (ocupaciones reiteradas): miseria estructural, inestabilidad crónica.
Vietnam / Laos / Camboya: trauma generacional; Camboya con genocidio posterior.
Corea (dividida): guerra congelada desde 1953.
Yemen (intervención indirecta): crisis humanitaria permanente.
Panamá (1989): “normalidad” formal, soberanía mutilada.
Guatemala (1954): décadas de guerra interna y genocidio indígena.
El Salvador: violencia estructural heredada de la guerra sucia.
Honduras: Estado cooptado, narco-política.
Nicaragua: intervención + contras = país cicatrizado.
Congo (ex Zaire): intervención indirecta, caos perpetuo.
La historia señala que Estados Unidos invade países en nombre de la “democracia liberal”, una forma de vida que los invadidos jamás llegan a conocer. De hecho, antes y ahora en Venezuela, al presidente Trump, lo que menos le interesa es la democracia sino los recursos naturales y la consolidación de su liderazgo en el continente americano. Ahora está negociando directamente con Delsey Rodríguez, la vicepresidente de Maduro, es decir, la número dos del régimen que supuestamente iba a derrocar.
Corina Machado, el pato de la boda
La líder opositora fue la “idiota útil” de esta novela. Durante años motorizó las protestas contra el régimen y cuando cae Maduro, Donald Trump, la descarta: “No tiene el respeto del país. Sería muy difícil para ella”, dijo el norteamericano, comprobando que todo para los norteamericanos es desechable.
Según publica el Washington Post, citando a fuentes de la Casa Blanca, Trump menospreció a Corina Machado, porque esta aceptó el Nobel de la Paz, un premio que él lleva años deseando. Y aunque Machado se lo dedicara, las mismas fuentes dicen que aceptar el Nobel “fue un pecado imperdonable”. Textualmente afirman que si lo hubiese rechazado, hoy sería la presidente de Venezuela.
y ¿Qué fue de Edmundo González Urrutia ?, que ganara las últimas y controvertidas elecciones un triunfo que Estado Unidos avaló; ahora, Marco Rubio, el secretario de Estado norteamericano, ha dicho, literalmente, “que no es un presidente legítimo”. Y cuando le preguntaron si habría elecciones pronto, se rió.
Para Trump, sólo importa el petróleo, las tierras raras, el oro, el uranio y en las negociaciones con la vicepresidente apura el ingreso de las empresas norteamericanas a Venezuela
En definitiva, lo que vuelve inquietante —y peligroso— a Donald Trump no es su brutalidad explícita, sino su sinceridad. No disimula imperios con discursos civilizatorios ni vende cruzadas morales: administra el mundo como un negocio, y a los países como activos a exprimir.
Venezuela no fue liberada ni castigada: fue recalculada. Y en ese cálculo, los opositores locales, los exiliados, los muertos y los discursos sobre democracia son apenas costos colaterales. La locura hegémonica no consiste en invadir, sino en hacerlo sin pudor, sin relato y sin remordimiento, dejando detrás Estados rotos y una certeza incómoda: para el poder real norteamericano, los pueblos no son sujetos de derechos, sino territorios en oferta.