POR. Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar
La guerra es, en sí misma, la violación suprema de los derechos humanos. Antes de que caiga la primera bomba, antes de que se firme el primer parte oficial, ya ha sido herido el principio elemental que sostiene toda arquitectura jurídica: la dignidad de la persona.
La guerra no es sólo un conflicto armado; es la suspensión fáctica del derecho y de todos los derechos. Allí donde irrumpe, la vida se vuelve estadística, el hogar se vuelve objetivo militar y la infancia se vuelve daño colateral. Como escribió León Gieco en su canción Sólo le pido a Dios, “es un monstruo grande y pisa fuerte”. La metáfora no es exagerada: la guerra aplasta, homogeneiza el dolor, convierte al individuo en cifra.
No importa el teatro de operaciones —sea Ucrania, Gaza o cualquier otro rincón del planeta—; en todos los casos se repite la misma escena moral: el fracaso de la política y la derrota del derecho. Los tratados internacionales, las convenciones y las declaraciones universales nacieron, precisamente, para evitar ese abismo. Pero su eficacia depende de algo más profundo que la letra jurídica: depende de una cultura.
Y allí es donde el análisis debe descender de la geopolítica al barrio.
Los derechos humanos no comienzan en una cumbre diplomática ni en un tribunal internacional. Comienzan en la conciencia. Nacen de una experiencia íntima y sencilla: la empatía. La capacidad de reconocer en el otro —en el vecino, en el desconocido, en el diferente— una dignidad equivalente a la propia.
El cristianismo lo formuló con claridad pedagógica hace dos mil años: “amar al prójimo”. No como consigna piadosa sino como fundamento civilizatorio. Sin esa disposición interior, ningún sistema normativo se sostiene. Con ella, incluso las instituciones más frágiles encuentran respaldo moral.
La empatía no es un concepto abstracto. Se expresa en gestos concretos. En elegir comprar en el almacén del barrio antes que en la cadena impersonal; en valorar el trabajo de la tejedora local antes que la mercancía anónima; en sostener la economía cercana; en escuchar antes de descalificar; en disentir sin deshumanizar.
Puede parecer menor frente a la magnitud de una guerra. Pero no lo es. Porque la cultura que trivializa al prójimo es la misma que, a gran escala, termina justificando su eliminación. Toda violencia estructural tiene un germen microscópico: la indiferencia.
Si la guerra es la violación máxima del derecho, la empatía es su fundamento mínimo. Y tal vez el desafío contemporáneo no sea sólo exigir el cumplimiento de tratados internacionales, sino reconstruir una pedagogía social del respeto cotidiano.
Los derechos humanos no se defienden únicamente en tribunales o en declaraciones solemnes. Se defienden —o se erosionan— en la vida diaria. En cómo miramos al otro. En cómo lo nombramos. En cómo elegimos convivir.
Porque cuando la sociedad pierde la capacidad de reconocer al prójimo, el monstruo no tarda en volver a pisar fuerte.