POR ERNESTO BISCEGLIA. – La política es docencia también, un concepto que los funcionarios en su gran mayoría parecen no haber introyectado. Y uno de los principios liminares de la docencia señala que se enseña primero que nada con el ejemplo. De allí que las maestras en otras épocas iban a dar clases vestidas impecablemente y como nuestros profesores más tarde, hacían gala de una cultura, buen trato y don de gente exquisitos.
Ahora eso ya casi no existe. Se va a dar clase con vaqueros agujereados, pelos ensortijados, camisa abierta, zapatillas y al escuchar hablar a algunos profesores -uno lo advierte en los cursos que dicta-, no sabe si escucha a un docente o es una conversación de integrantes de la barra brava de Boca Juniors.
Así, la Argentina atraviesa un momento de profunda crisis de representatividad, en el cual la confianza en las instituciones y en sus líderes ha tocado mínimos históricos. Este fenómeno no es nuevo, pero se ha agudizado en las últimas décadas, socavando los cimientos de nuestra democracia.
El cinismo y la hipocresía juegan un papel central en esta crisis porque este tipo de actitudes corroen la función pública, especialmente en su dimensión educativa como ejemplo que resultan para los ciudadanos.
Es tal magnitud que se hace del ocultamiento, del disfraz dialéctico, del cinismo y de la hipocresía, que ya se pueden considerar como enfermedades sociales, propiamente. Miente el arzobispo que arma causas judiciales, el sindicalista que arregla a espaldas de sus representados, el comerciante con la balanza y hasta el más desparasitado de los concejales. Además del que prohíbe desear la mujer del prójimo, el Octavo Mandamiento, es el más vapuleado.
En este tiempo cibernético en que las máquinas tienen virus, el cinismo y la hipocresía son los virus sociales que infectan las estructuras de poder, minando la credibilidad y la legitimidad de quienes detentan cargos públicos, en cualquier orden de la estructura social. La política, la Iglesia, los sindicatos y otras instituciones han sido acusadas repetidamente de actuar de manera contradictoria a sus propios discursos, privilegiando intereses personales o partidarios por encima del bien común.
Dicho sea de paso, derramaremos algunos conceptos sobre esta cuestión del Bien Común en este tiempo donde se quiere eliminar a la Justicia Social. El cinismo y la hipocresía política dañan ese todo mayor que es el Bien Común que representa el bienestar de toda la comunidad.
La Justicia Social, es precisamente el camino hacia el bien común, el puente que une las necesidades individuales con el bienestar colectivo. Es un círculo virtuoso que ahora está partido por el egoísmo, la codicia y el cinismo.
Se podría escribir la historia de la corrupción política en la Argentina; desde 1806 hasta la actualidad; el clientelismo y las promesas incumplidas, siempre han marcado la distancia entre el discurso y la acción de los políticos.
La Iglesia Católica, a pesar de su supuesto rol moral y educativo, también ha enfrentado numerosos escándalos de abusos políticos, económicos, donde el encubrimiento con el “sigilo pontificio” ha erosionado su credibilidad y ha puesto en duda su compromiso con la protección de los más vulnerables.
El Sindicalismo, ha abandonado su rol social inicial para pasar a la práctica de las componendas corporativas y caer bajo la lupa de la falta de transparencia, generando sindicalistas oprobiosamente enriquecidos, lo que ha generado un distanciamiento entre los dirigentes y los trabajadores a quienes representan.
Todas estas prácticas, han desembocado finalmente, en que hoy, haya funcionarios legalmente constituidos, pero ilegítimamente sostenidos.
El daño colateral: El menoscabo de la función pública como tarea educativa
La conclusión es lacerante; sin duda. Al caer la legitimidad de las funciones públicas, se han derrumbado los modelos sociales que antes servían para enseñar a los niños y a los jóvenes. Cuando el hombre o la mujer pública exhiben conductas cínicas o hipócritas, transmiten un mensaje perverso que socava los valores fundamentales de la convivencia democrática.
Luego, los líderes políticos se preguntan por qué no hay jóvenes militando. Una explicación se hallará, precisamente, en que son especialmente vulnerables a estos mensajes contradictorios. Al observar a sus líderes mintiendo, engañando y actuando en beneficio propio, ese sector ha desarrollado una actitud de desconfianza hacia las instituciones. Y esto tendrá consecuencias ya que dificulta la construcción de una sociedad más justa y equitativa.
Mientras el radicalismo ha desaparecido literalmente, el Partido Justicialista en Salta no convoca a nadie, La Libertad Avanza, consigue reunir cierta manada de adeptos pero al precio de inocularles un pensamiento cargado de odio hacia el “zurdo”, el “kuka”. Por este camino, pronto comenzarán a discriminar al “negro”, al “judío”…, y la historia nos enseña dónde termina ese camino.
La Batalla Cultural
Conexo a esto último expresado, pensamos que la verdadera Batalla Cultural que hay que dar es la de promover un cambio cultural profundo, que priorice la honestidad, la transparencia y la responsabilidad. Lamentablemente, de esta “Batalla Cultural”, no se escucha hablar.
Como colofón, ingresaremos en la utopía, señalando que el camino de la decadencia únicamente se puede abandonar fomentando una cultura política basada en valores, promoviendo la participación ciudadana y dotando de verdadera transparencia a la gestión pública, donde el ciudadano recupere el control sobre el poder. De otra manera, el país se avecina a un caos de consecuencias sociales impredecibles.
Ya lo sabemos, es un imposible hoy. Dictamos teoría sobre un campo yermo. Pero las utopías siempre han sido motores de cambio. Las quimeras, nos recuerda que, sin utopías, la sociedad se estanca y pierde la capacidad de imaginar un futuro diferente.
Quienes osan pensar un país distinto, suelen ser etiquetados como “locos”, que es un modo sutil de censurar para dejar a los rebeldes al margen del poder de construir nuevas realidades. Pero el Alonso Quijano -escribió Cervantes-, hizo de su locura una forma de valentía, una disposición a desafiar lo establecido y a creer en algo más allá de la realidad cotidiana. Esta valentía es esencial para quienes buscan cambiar el mundo y construir un futuro mejor.
Como dijo Erasmo de Rotterdam: “La locura es la única libertad que nos queda”. –