POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
En el año 1559, el Papa Pablo IV (Gian Pietro Carafa), concibió una de las ideas más piadosamente salvajes de la historia, la creación del “Index Librorum Prohibitorum”, un listado donde iban a parar todos los autores de ideas que contrariaban el “sacro” pensar de la caterva pontificia. El Index, que nació para proteger la fe; terminó enseñando a temerle a las ideas.
Pensar era delito, publicar significaba la detención, la tortura y la incineración pública: autores cancelados, palabras vetadas, preguntas “incorrectas”, todo era motivo de condenación. Paradójicamente, el don más preciado otorgado por Dios, el de la libertad de pensamiento, era cercenado por sus “representantes”. Esa iniquidad duró hasta 1966, cuando Pablo VI, abolió el “Index”, aunque se buscaron formar más modernas de continuar extirpando todo brote de pensamiento.
Lo “políticamente correcto”, el nuevo “Index” estatal
La Inquisición al menos creía en Dios. La corrección política sólo cree en sí misma. La Iglesia, al menos, permitía la retractación, o sea que el reo podía abjurar de sus ideas públicamente, retractarse; el ejemplo más elocuente fue Galileo Galilei, -acusado de afirmar que la Tierra no era el centro del universo sino que giraba en torno al Sol-, que sin embargo, según la tradición -acaso apócrifa, pero profundamente verdadera- al retirarse del tribunal pronunció aquella famosa frase: “Epour si muove” (Sin embargo, se mueve).
El Estado laico hoy funciona como una Inquisición sin sotana. Ya no se quema a la gente, se la desplataforma (para usar un neologismo). No se prohíbe decir: se prohíbe pensar en voz alta. Es un dogma desacralizado que afecta tanto a la izquierda como a la derecha, no importa desde dónde se piense, el pecado político es pensar y denunciar. De esa manera se ha formado un “periodismo” que sólo publica lo “políticamente correcto”, es decir, aquello que no irrita al poder, que cuida al gobernante -dicen-, pero que en el fondo termina siendo “El diario de Yrigoyen”, publican sólo buenas noticias.
No se promueve el debate y se cuestionan las ideas. Esto tiene una explicación, generalmente, los ciudadanos tienen ideas, los funcionarios casi ninguna. El ciudadano piensa; el funcionario repite.
En una sociedad con los cerebros licuados y los espíritus en desbande, la prensa se convierte en la Inquisición de la política y así como en los tenebrosos tiempos medievales se colocaba el Sanbenito a los condenados para exhibirlos en público, hoy, basta un editorial, una nota, un video en Tik-Tok, para marcarlo de por vida.
Porque el rumor político generado desde el poder a través de los medios opera como quien despluma una gallina al viento. Nunca podrán recogerse todas las plumas y el pobre Cristo quedará inmolado ante sus conciudadanos como autor del supuesto delito de no haber pensado o no haber publicado aquello “políticamente correcto”.
Ya no se queman cuerpos ni se levantan hogueras en la plaza, pero se arruinan reputaciones con la misma eficacia con la que la Inquisición arruinaba almas. No se prohíbe hablar: algo más grave, se prohíbe pensar en voz alta. Y como toda ortodoxia, se presenta a sí misma como moralmente superior, aun cuando ejerce la censura con una sonrisa inclusiva.
La moderna Inquisición pagana que maneja el Estado castiga el pecado original moderno de opinar fuera del consenso. La herejía más demonizada es dudar del líder, de su equipo, de su capacidad para gobernar. A diferencia de los tribunales eclesiásticos, en este nuevo contexto, quien es incluido en el “Index Politicorum”, no tiene derecho a la retractación. La caída al Averno social es libre hasta el último Foso, donde según Dante Alighieri, se ubican “Los traidores a si mismos, a la Patria y a Dios”.
Criticar al gobierno -el que sea-, es traicionarse a sí mismo, exponer al sujeto y a su familia ante la sociedad: “Ése es el hijo de fulano”, “Ahí va la mujer del…”; es traicionar a la patria chica de los mediocres y los hijosdalgos del poder, y por supuesto, al “dios pagano” que es el que gobierna. Que dicho sea de paso, en no pocas ocasiones ni se entera de todo esto.
Los gobernantes se rodean de una Rota pagana que lo “protege” mediante mentiras, injurias y denuncias mediáticas, un tribunal infame constituido por influencers morales, académicos de consigna y “periodistas” con púlpito.
Antes la herejía se castigaba con fuego; hoy con silencio y reputación arruinada.
La corrección política no vino a ampliar derechos sino a restringir el pensamiento. No quema cuerpos ni levanta hogueras en la plaza, pero arruina reputaciones con la misma eficacia con la que la Inquisición arruinaba almas.
No prohíbe hablar sino algo más grave, prohíbe pensar en voz alta. Y como toda ortodoxia, se presenta a sí misma como moralmente superior, aun cuando ejerce la censura con una sonrisa inclusiva. –
© – Ernesto Bisceglia
