La Cordillera herida

POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar

La Patagonia ardió otra vez. Y aunque el fuego fue finalmente controlado, dicen los partes oficiales, esa palabra “control” pareciera querer convertirse en un placebo que pudiera restituir lo que ya no existe. Veinte mil hectáreas reducidas a cenizas no son un episodio más, no configuran una noticia más entre las tantas que nos afligen a diario, un catálogo de fauna y flora perdidas exceden la configuración de un Excel: son una catástrofe ecológica. Multimillonaria en costos presentes e incalculable en daños futuros. Una herida que no se mide sólo en millones de pesos, sino en especies extinguidas, suelos muertos, ciclos naturales rotos y generaciones privadas de lo que nunca llegarán a conocer.

Ardió la Patagonia, y ardió la Cordillera de los Andes.

Y no es un dato menor que describamos esto justamente hoy, un 17 de enero cuando la fecha conmemora el inicio de una de las epopeyas más altas de nuestra historia: el Cruce de los Andes comandado por el General José de San Martín. La Cordillera, siempre la Cordillera. Presente en la Gesta, presente en la dádiva, presente ahora en la devastación.

La misma montaña que ofreció paso, abrigo y sacrificio a un ejército libertador, hoy ofrece -sin defensa posible- su cuerpo al fuego que abate sus estribaciones. La Cordillera que San Martín cruzó enfermo, en camilla, sabiendo que atravesarla era condición para liberar pueblos y soñar una Patria grande, libre y soberana, es hoy atravesada por la desidia, la codicia y la inhumanidad.

Porque sabemos que este fuego no ha sido obra del azar natural sino producto intencional de una mano privada de todo sentimiento de amor por el Orden, por la Patria misma. La memoria nos recuerda aquella versión popular cuando Evita Perón, supiera sugerir que: “el hombre que antes creaba es ahora el que destruye”…»

El General San Martín entendió la montaña como desafío y como aliada. La respetó porque sabía que sin ella no había libertad posible. Hoy, en cambio, esa misma Cordillera es víctima de una patria que se dice libre, pero actúa como depredadora de sí misma. Libre entre comillas. Emancipada sólo en los discursos.

El fuego no distingue banderas ni discursos. Avanza, consume, borra. Donde antes hubo bosques milenarios ahora hay silencio. Donde hubo, sólo cenizas todavía crepitantes. Y no alcanza con decir que fue un accidente, que fue intencional, que fue inevitable. Ninguna de esas palabras repara una Cordillera herida.

La montaña que fue testigo del nacimiento de una nación hoy es testigo de su degradación moral. Ya no observa desde la altura: arde junto a millones de sueños de argentinos. Esa Cordillera, otrora majestuosa, ya no acompaña la historia: la padece.

Tal vez allí resida la paradoja más dolorosa: la misma naturaleza que permitió nuestra libertad es la que hoy destruimos con una liviandad que roza lo criminal. Como si hubiéramos olvidado que no hay soberanía posible sobre un territorio arrasado, ni futuro alguno sobre un suelo muerto.

Hoy, 17 e enero, la Cordillera vuelve a hablarnos. No con el eco épico de los pasos libertadores, sino con el crepitar del fuego y el silencio posterior. Y ese silencio -más que cualquier parte oficial- nos acusa.

Tal vez San Martín tenía razón, cuando en sus meditaciones nos dejó escrito que: “La conciencia es el mejor juez que tiene un hombre de bien”. Y ese juez, hoy, nos encuentra culpables.