La concepción ética del poder en la Gesta Belgraniana

POR: RODOLFO CEBALLOS – ESCRITOR Y PERIODISTA – www.ernestobisceglia.com.ar

Belgrano puso sus altas capacidades intelectuales al servicio del afianzamiento de la independencia argentina. Indudable que gozó de lo que hoy llamamos, desde la psicopedagogía, las altas capacidades intelectuales (AACC). Eso implica haber nacido con una configuración neurobiológica distinta que permite un gran potencial de aprendizaje y razonamiento superior a la media.

El desahogo económico y esa condición de AACC permitieron al Belgrano niño y también al adulto desplegar su talento excepcional. Estudió a los mejores libros, supo escuchar a los maestros consagrados, hizo trabajos complejos y desarrolló a instituciones educativas. Se valió siempre de su pensamiento divergente. Utilizó así su capacidad de generar múltiples soluciones creativas e innovadoras para el mismo desafío. Un ejemplo táctico militar fue el diseño del famoso Éxodo de Jujuy; otro, avizorar que debía ser pionero de los estudios económicos en el país.

Con ese pensamiento divergente procesó la información social y política, sintió y percibió el entorno de los porteños y el de los pobladores del interior del Virreinato.

Dominó la geopolítica de su época, tradujo y leyó los primeros textos del liberalismo político muy joven, aprendió con velocidad inusitada las lecciones del humanismo ilustrado de sus profesores de derecho y, para agregar un plus a su formación, se dedicó mucho tiempo al aprendizaje empírico del comercio exterior del puerto de Buenos Aires.

La personalidad de Belgrano se formó en torno a su propia historia intelectual; es por eso que todo ese talento excepcional que dan las AACC fue puesto a las órdenes de la construcción del poder patriótico.

Belgrano, fuera de la tentación política de algún exacerbado individualismo liberal que pudo haber hecho mella en su conciencia personal, era fiel a su elección: no perder su sensibilidad hacia los problemas sociales. Esa vocación lo convirtió en un pensador práctico. Pudo traducir los principios politicológicos de la Revolución de Mayo, esos de la temporalidad de las funciones, la publicidad de los actos y la división de los poderes, en políticas concretas.

Su impulso a la educación pública, su defensa del comercio justo y su preocupación por la salud de los pueblos muestran que entendía la política como un ejercicio integral de construcción social.

Fue políticamente ambicioso. Su perfil psicológico hizo que fuese un buscador de la libertad. La concepción de la libertad belgraniana ha sido  profundamente ética: no se reducía a la independencia política de España, sino que abarcaba la emancipación cultural, económica y educativa de los pueblos.

Siempre muy abierto a los cambios de paradigmas, consciente, ético y prosocial, con gran resiliencia emocional. Sin narcisismos ni autoritarismos, sino un transformador humanista, más cercano a lo que hoy se describe como liderazgo ético y transformacional (combina visión institucional con sensibilidad social).

Mostró una infatigable creatividad e innovación institucional; por ejemplo, la creación de la Bandera y sus proyectos educativos y sanitarios muestran un talento para generar símbolos y estructuras nuevas, con impacto cultural y político.

El promedio de la dirigencia actual tendría serias dificultades para hacer una «rosca» política con Belgrano. El primer punto de conflicto estratégico sería el ocupar un cargo por acomodo coyuntural y por pertenencia a una maquinaria partidista. La elite patriótica a la que pertenecía y que no le importó desobedecerla militarmente en algún momento, se definía por otros parámetros: la honestidad intelectual, la cultura humanista y la capacidad de interpretar la historia reciente de la patria para proyectar un futuro común.

La dirigencia actual se moviliza por conveniencia de intereses particulares, mientras que la ideología política que recibió Belgrano fue distinta. Concebía que el poder político no emana ni de la fuerza ni de la plutocracia, sino de la libertad como responsabilidad colectiva. Es decir, una libertad institucional que garantizara transparencia y limitara abusos de poder. Si quiere, se lo puede chicanear a Belgrano diciéndole que era un romántico del poder…

 Es cierto que, vista desde hoy, la concepción de la libertad institucional que defendía Belgrano podría sonar “romántica”. Pero en su contexto histórico no era un ideal ingenuo, sino una estrategia política y ética para evitar que el poder recién conquistado se transformara en tiranía o en privilegio de unos pocos. Los patriotas habían leído al dedillo la definición que estableció Aristóteles para explicar el poder que se hace tirano.

El fundamento ético del poder político en la época de Belgrano se apoyaba en valores distintos a los que hoy solemos asociar con la competencia partidaria. La legitimidad no provenía de la parafernalia electoral ni de la acumulación de favores, sino de una ética personal y pública que se manifestaba en la vida cotidiana de los dirigentes.

Y esto era así, porque se concebía la patria como una comunidad de destino y no como un botín de poder.

Hoy el poder político se rindió ante la plutocracia que, a su vez, encuentra su destino manifiesto en la administración local de la globalización de la desigualdad social.

Para Belgrano y los políticos de su generación, gobernar significaba educar, dignificar y proyectar un futuro colectivo, más que administrar intereses particulares o extranjeros. No era globalista, pensaba como continentalista en una Patria Grande.

Las mentalidades preclaras que inventaron a la Argentina en sus instituciones y en su gobernanza crearon un principio innegociable entre los integrantes de la elite patriótica. La autoridad moral del que dirige era inseparable de la capacidad intelectual y del sacrificio personal.

Indudablemente, el talento intelectual de Belgrano encajaba perfectamente en ese temperamento revolucionario de la época. Él pudo así expresar su capacidad de diálogo entre disciplinas: sabía que la economía no podía desligarse de la justicia, que la educación era inseparable de la libertad y que la historia debía ser usada como brújula ética para evitar repetir errores.

Recordar a Belgrano es recuperar la idea de que el liderazgo auténtico se funda en la cultura, la ética y la capacidad de pensar más allá de la coyuntura.

La pregunta que hoy llamaríamos del millón y está patente por los fracasos de la nueva élite del poder es esta: ¿qué lugar damos hoy al talento intelectual de nuestros próceres en la construcción de nuestras instituciones? La respuesta a esa pregunta define no sólo la calidad de nuestra democracia, sino también la dignidad de nuestra historia.

Moraleja para padres, maestros y políticos: Belgrano es el mejor ejemplo de cuando a un niño de altas capacidades intelectuales se le estimula su potencial innato, será un adulto con un proyecto de vida. Los padres de Belgrano y sus maestros supieron, acaso intuitavemente, inculcarle el valor de una conciencia cognitiva personal al servicio de la austeridad y compromiso con la comunidad.

La educación de Belgrano estuvo dirigida a que interalice que la autoridad moral en todo liderazgo es el resultado de la coherencia entre pensamiento, ética y acción.

NR: Agradecemos al Lic. Rodolfo Ceballos, su importante colaboración.