La caída del orgasmo en Argentina

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Existe una pregunta que ronda en el imaginario colectivo: ¿Por qué la Argentina no se pone de pie? ¿Por qué no se para de una vez? Las causas como sabemos son muchas, pero las estadísticas están demostrando que no sólo la economía “no se pone de pie” …, digamos.

Hay un tipo de ajuste que no figura en el Boletín Oficial, ni se discute en comisión, ni se mide en puntos del Riesgo País. Sin embargo, es quizá el más íntimo y el más revelador: el ajuste del deseo. Algo se ha desplazado -casi sin ruido- en la Argentina contemporánea: no sólo nacen menos niños; también parece que hay menos sexo, menos encuentro, menos frecuencia, como si el país se hubiera vuelto, además de pobre, cansado.

El dato duro viene por el lado de los nacimientos: en 2023 se registraron 460.902 nacimientos, una cifra que diversas fuentes señalan como la más baja en décadas, con una baja del 7% respecto de 2022 y una caída de más del 40% frente a 2014. Eso no es una anécdota: es una tendencia demográfica.

El otro dato -más resbaladizo, porque depende de encuestas- es el que circula con nombre provocador: “recesión sexual”. Medios locales vienen recogiendo investigaciones y relevamientos que muestran, sobre todo entre jóvenes, un descenso en la actividad sexual respecto de décadas previas, con porcentajes no menores de quienes declaran no haber tenido relaciones en el último año o durante largos períodos.

Ahora bien: confundir ambos planos sería un error de principiante. Que nazcan menos niños no prueba, por sí mismo, que “se coja menos”, para decirlo en criollo: también prueba que hay más anticoncepción, más postergación, otros proyectos de vida, cambios culturales y educativos (y, en el mejor de los casos, menos embarazos no deseados). Pero que las dos curvas -la de nacimientos y la de libido social- parezcan moverse a la baja invita a pensar: ¿qué clase de época es esta, donde hasta el deseo parece haber entrado en recesión?

El país agotado

Una primera respuesta es material, no moral: el país está fatigado. La economía no sólo vacía bolsillos; también vacía el cuerpo. El multiempleo, la incertidumbre, el “vivir al día” como modo de existencia, producen un clima mental donde el encuentro es un lujo y el erotismo una tarea pendiente. El deseo requiere tiempo, y el tiempo hoy se paga caro.

A eso se le suma la vivienda: la promesa de independencia se volvió una epopeya inmobiliaria. Si el hogar es prestado, compartido, transitorio, o demasiado caro, la intimidad pierde espacio. No es poesía: es logística. Y sin logística, el sexo es lo primero que se posterga con una excusa digna: “estoy cansado”.

La era del vínculo low cost

La segunda respuesta es cultural: vivimos la era del vínculo “low cost”. Nunca hubo tantas formas de “conectar” y, sin embargo, cuesta cada vez más encontrarse. La sobreoferta de opciones, la vitrina permanente, la ansiedad del mercado afectivo, convierten al otro en catálogo. Y el catálogo no se besa: se desliza.

El problema no es la tecnología, sino su metafísica: nos vuelve administradores de nosotros mismos. -El cuerpo pasa a ser marca; el encuentro, performance; la intimidad, un bien escaso. Y el erotismo que es desorden, riesgo, imperfección- pierde terreno frente a la profilaxis emocional. Mejor no complicarse: mejor no sentir demasiado. Mejor no exponerse. El deseo cae por precaución.

Menos sexo… y más sífilis: la paradoja

Y acá aparece la ironía más amarga del cuadro: aun con relatos de “menos sexo”, los sistemas de salud alertan sobre aumentos de infecciones de transmisión sexual, vinculados según especialistas y reportes a menor uso de preservativos, falta de campañas y recortes en políticas de prevención.

Es decir: el problema no sería solo “cuánto”, sino cómo. Menos educación, menos cuidado, menos Estado; y el resultado, como suele ocurrir, se paga en el cuerpo de los más jóvenes.

La demografía como espejo político

La baja natalidad tiene lecturas ideológicas inmediatas (algunas torpes, otras peligrosas). Pero también puede leerse como espejo: una sociedad que no imagina futuro difícilmente lo engendre. No hablo de hijos por decreto ni de moralismo demográfico. Hablo de horizonte. La fecundidad —biológica y simbólica— exige proyecto.

Hay quienes celebran la caída de la natalidad adolescente como avance civilizatorio: más oportunidades educativas, menos maternidades forzadas, más autonomía. Y hay evidencia para sostener esa lectura.

Pero incluso aceptando esa buena noticia, queda el resto del mapa: adultos que postergan indefinidamente, vínculos que no cuajan, jóvenes con ansiedad crónica y una sociabilidad herida.

No es el orgasmo: es la República íntima

Por eso el título —“la caída del orgasmo”— es una máscara útil: debajo late otra pregunta. Cuando el deseo retrocede, no es solo un asunto de sábanas; es un síntoma político, porque el deseo es energía social. La libido no se limita al sexo: también alimenta la amistad, la conversación, la curiosidad, el juego, la creación, la esperanza.

Si la Argentina está entrando en una época donde se ama con miedo y se vive con cansancio, entonces el problema no es cuántos nacen, ni cuántos “cogen”, sino qué nos está pasando como comunidad.

Y tal vez la respuesta -como casi todo en este país- sea más simple y más triste: estamos exhaustos. Tan exhaustos que hasta el placer parece un gasto superfluo.

© – Ernesto Bisceglia