La Batalla de Salta, pensar con vergüenza ¿tanto esfuerzo para qué?

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Las conmemoraciones solemnes de nuestra historia a esta altura deben servirnos para reflexionar sobre su significado profundo. La historia, más o menos conocida -más bien menos conocida-, es asunto pedagógico que los gobiernos todavía no consuman en su debida manera. Será tal vez porque quienes diseñan las políticas educativas no saben mucho de esta materia, chi lo sa…

La cuestión es que hoy, estas conmemoraciones en el imaginario colectivo quedan reducidas a un feriado, un desfile, algunas coronas e insípidos discursos. ¡Ah! Y por supuesto, una invocación religiosa que nadie atiende ni comprende.

En síntesis, digamos que si el General Manuel Belgrano, hubiera sido derrotado en aquella jornada del 20 de Febrero de 1813, hoy no estaríamos escribiendo estas líneas y todos estaríamos trabajando porque otra habría sido la historia. Nada hubiera detenido a los ejércitos españoles hasta Buenos Aires para cumplir aquella promesa que De la Serna se hiciera a sí mismo: “Colocar las banderas del rey en el fuerte de Buenos Aires”.

Pero Belgrano con aquella victoria le puso cerrojo definitivo a las aspiraciones españolas. Jamás, después de aquel día los ejércitos realistas pudieron trasponer el límite del Río Pasaje, bautizado por Belgrano como “Juramento”.

Dicho esto, pensemos ahora en las diferencias que nos propone la historia. En 1813, esta era una Intendencia surgida luego de un reordenamiento jurisdiccional a posteriori de la división en Virreinato del Perú -con capital en Lima- y Virreinato del Río de la Plata -Buenos Aires-, era una intendencia periférica, que colindaba con pequeñas poblaciones en las estribaciones del Alto Perú.

Sin embargo, este territorio sería fundamental para consolidar el proyecto político de Mayo de 1810, y aún así, Buenos Aires pensaba más en sus disputas de gobierno y de dinero que en la Guerra que se libraba en estos campos. Nada ha cambiado en este sentido.

Pensemos, sobre todo, en la figura de Belgrano, el espíritu más lúcido del siglo XIX, el primero que pensó el país en todos sus aspectos, especialmente en la educación. Un hombre de alcurnia que había perdido su fortuna y desandaba los caminos a caballo ya enfermo. Que a la luz de las velas, antes de cruzar el Río Pasaje, en una carpa húmeda, terminaba de traducir el “Farewell Address” de George Washington.

Conocido en castellano como el “Discurso de despedida”, o también como “Mensaje de despedida al pueblo de los Estados Unidos”, que había publicado en 1796, para anunciar que no buscaría un tercer mandato presidencial, estableciendo así la tradición -no escrita en la Constitución- de limitarse a dos períodos.

Manuel Belgrano lo tradujo al castellano, fascinado por el modelo republicano norteamericano y por la renuncia voluntaria al poder. Ese gesto -la renuncia como afirmación de la República- lo impresionó profundamente.

No es un detalle menor que, en ese texto, Washington advierte contra los “partidos facciosos”, el “endeudamiento irresponsable” y las “alianzas permanentes que comprometen la soberanía”.

Es un texto de una actualidad inquietante porque evoca la renuncia voluntaria al poder como piedra angular de la República.

Es un Belgrano, que transcurre las serranías de Salta en la noche anterior bajo una pertinaz lluvia. Imaginemos, nada más, movilizar tropa, logística, carruajes y animales por senderos inexistentes y barro bajo los pies. Bueno…, hoy tenemos ministros que lo emulan sumergiéndose hasta la mitad en el Río Bermejo, aunque dudo que sea por vocación patriótica.

Es un Belgrano, cuya enfermedad -hidropesía- le impedía montar a caballo y aún así, lo hace para mandar en la batalla, porque el jefe debe dar el ejemplo, mientras algunos funcionarios van con chofer a comprar el pan para el café.

Es un Belgrano que apenas descansa unas horas en una piecita que hoy está a la derecha de la galería de la Casona de Castañares, donde supo existir una placa de casi un metro por sesenta centímetros, con laureles y el escudo argentino que rezaba: “El Ejército Argentino al General Manuel Belgrano en memoria de la habitación donde pernoctó la noche anterior a la Batalla de Salta”. Sabrá Dios, dónde está esa placa.

En fin… es un Belgrano que donó los 40.000 pesos oro con que el gobierno central lo premió por sus triunfos en Tucumán y Salta y que donó para la construcción de cuatro escuelas, la última de las cuales se inauguró recién en los años ‘90 del siglo pasado.

Bajo su carpa, con una vela, redactó el famoso “Reglamento” para esas escuelas donde decía: “El maestro es el personaje más importante de la comunidad que debe formar en los actos públicos al lado del alcalde (…) El maestro, por su importancia, debe ganar lo mismo que el ministro”. En días más, tendremos a los maestros derramados por las calles reclamando por su salario.

Tanto más podríamos decir de este Manuel Belgrano que en los Campos de Castañares le puso la firma a la Libertad y permitió la Independencia de esta Patria, hoy despedazada como carroña por los buitres vendepatrias y foráneos.

Por eso, hoy, en tan grave conmemoración, todos debiéramos mirar al Prócer y sentir vergüenza. La vergüenza no es por el pasado: es por el presente. –

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.