Hemos perdido el Pesebre: Del Niño Dios al abuelo del consumo

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Y un día perdimos el Pesebre. Ese rito doméstico y teológico de recrear la llegada de María y José a Belén que Lucas describe diciendo “porque no había lugar en la posada”, y la escena decisiva: “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”. La familia reunida, los padres, los hijos montaban la gruta y nos llevaban al mercado a comprar musgo para cubrir el papel pintado color tierra.

Los viejos -cariñosamente dicho- fueron volviendo al Padre y con ellos se fueron diluyendo esas prácticas que unían a la familia. “Vamos a ver el Pesebre de la tia…” o de fulano…, y el Pesebre se convertía en convocatoria alrededor de una mesa donde se compartía alguna confitura, pero sobre todo se compartía diálogo, palabra y tiempo. Se compartía humanidad y no nos dábamos cuenta.

Tampoco nos dimos cuenta de la pedagogía humana que entrañaba el Pesebre, porque Lucas en su relato introduce a los pastores que peregrinaban a ver al Niño. El Nacimiento tiene lugar en la pobreza y con la asistencia de los marginados sociales de la época, los más irrelevantes de aquella sociedad. No es menor el dato porque el mensaje de ese cuadro enseñaba de cuánta riqueza espiritual había en aquellos pobres. El Pesebre enseñaba el valor de cosas simples de la Vida.

Y estaban los animales que le daban calor al Niño; un mensaje ambientalista que hablaba de amor por los animales. El Hijo de Dios elegía nacer entre pasto, animales y pobres.

¿Quién atendió el parto de María? Deducimos que el esposo, José; lo cual enseñaba del valor de la pareja, de la unión del matrimonio y del coraje de la mujer que se superponía a toda adversidad en favor de la Vida.

La “Estrella de Belén”, un evento cósmico que nos dice de la relación de ligazón entre el hombre y el espacio. No somos elementos terrenos separados del Universo, somos Uno con el infinito. El Niño era acaso el engarce entre la magnificencia de la Creación y el Ser en la Tierra. El Pesebre era también un momento astronómico. El Universo se conmovía por ese Alumbramiento.

Y aparecen los “Reyes Magos”, que no eran ni reyes ni magos, sino hombres de ciencia que antiguamente se denominaban “magos. Lo dice Mateo, 2,1: “unos magos de Oriente”. Porque Oriente era “eso, lo otro, lo no judío”, la tierra de Zoroastro. El mensaje era que el Mesías convocaba a todas las naciones. Hasta los gentiles reconocían al Hijo de Dios.

En suma, el Pesebre representa, primero, un acto de Fe; creer que el Niño de Belén es la Buena Nueva dada a la humanidad. luego, el Niño representa la historia que deja de ser circular según la concebían los griegos y se hace lineal, ascendente y trascendente, y en esto último habita la Esperanza.

El Pesebre es pobreza material que dice que aún en las peores condiciones hay espacio para la dignidad, para la alegría y el conforte espiritual. Es Familia, es unión en el Amor íntegro. Es convocatoria a todos los hombres del mundo. Es centralidad antropológica y teológica. El Mundo se renueva en la simpleza del Pesebre.

Es, por fin, antítesis frente al poder terrenal, porque el único momento en que el poder interviene en este episodio es cuando Herodes manda a matar a los niños para preservar su trono. Una metáfora que nos enseña y nos explica el caos de un mundo que se desangra por la avaricia del poder.

Hasta que en 1931 el ilustrador Haddon Sundblom, publicó en The Saturday Evening Post a Santa Claus, Papá Noel o el Viejo Pascuero, ataviado con un traje rojo, barba blanca abundante, cuerpo voluminoso, gesto bonachón y aire de abuelo norteamericano confiable, para la campaña publicitaria de Coca-Cola.

Y la Navidad se tiñó de rojo, el color corporativo de la empresa de gaseosas y el Pesebre quedó fuera del sistema. Antes, armábamos el Pesebre en el living; ahora Papá Noel entra directo al living por una chimenea, algo que muchos en niños nos preguntamos cómo este tipo tan voluminoso pasaba por ahí, con marketing y el antiguo villancico se cambió por el sonoro “jojojojojo”.

Tanta ha sido la influencia del abuelo yanqui, que hasta en las familias más católicas hacen disfrazar a alguno de Papá Noel y hace su entrada triunfante a la medianoche cuando “nace el Niño”, mientras reparte los regalos. Así, el Pesebre y todo su significado humano más que religioso, fue quedando de lado.

Y no fue un reemplazo inocente. Fue un desplazamiento simbólico: del Niño vulnerable al adulto omnipotente; de la gratuidad al consumo; de la espera al paquete; del silencio al espectáculo. El pesebre no competía en atractivo, porque no prometía cosas: prometía sentido y el mundo actual ya no comprende estas cosas.

Recuperar el sentido del Pesebre no es volver atrás ni combatir tradiciones ajenas. Es recordar qué historia queríamos contarle a nuestros hijos cuando armábamos una gruta con musgo húmedo y manos torpes. Es elegir si la Navidad seguirá siendo el cumpleaños del consumo… o el Nacimiento, siempre incómodo, de la Esperanza. –