POR ERNESTO BISCEGLIA. – Una antojadiza broma machista sugiere tomando al Génesis (3; 8) que el Padre había creado a Adán y “se paseaba en el Jardín en el fresco del día”, luego de crear a la mujer, nunca más se dejó ver hasta el día de hoy…
Es verdad que la mujer ha resultado un ser controvertido en la Historia, pero permitámonos incurrir en ella y sobre ella (la mujer) para comprobar que sin la mujer ni siquiera la Historia hubiese existido. Imaginad una eternidad sólo con hombres paseando junto al Padre por el Edén, acariciando felinos, corriendo detrás de pájaros, libando néctares bajo los árboles; un universo bucólico, tranquilo, sin pesadumbres uterinas, privados de ataques de histeria, y lo que es peor, ¡sin suegras! Creo que la mayoría habría pedido el suicidio a gritos.
Definitivamente la mujer es la sal y el vinagre de la vida de un hombre, porque la ensalada sin vinagre y sal no apetece. Sin Eva que tentó a Adán, no hubiera existido la Historia, hubo de ocurrir aquella desobediencia para que el mundo se echara a andar. Lo cual demuestra que la mujer es más capaz que el hombre, incluso de desobedecer a Dios.
Esto lo tuvieron claro ya los antiguos cuando la consagraron protagonista de sus mitos; por ejemplo, en el de las Valquirias que servían “hidromiel (cerveza) y curaban a los guerreros deleitándolos con su belleza”. Una metáfora de la importancia de la mujer en la vida del que lucha diariamente.
Sin Helena, la Guerra de Troya nunca habría sido posible, y los “venideros NO habrían tenido cosas que contar”, parafraseando a Homero. Tampoco hallaríamos esa alegoría de la fidelidad femenina en Penélope, que aguardó durante años el regreso de su esposo Ulises.
Los egipcios, quince siglos antes de Cristo ya supieron de mujeres faraonas (¿así se dice?). Las feministas deberían poner primera en la lista a Hatshepsut, heredera legítima, quinta de la XVIII dinastía, cuyo recuerdo fue despojado de la historia por sus sucesores, ¡Por ser mujer! Lo mismo le ocurrió a Nefertiti, esposa del primer monoteísta de la humanidad, Akenatón; también borrada por sus sucesores. Kiya, la enimágtica secundaria esposa de Akenatón no habría parido a Tutankamon y sin Cleopatra, tal vez la historia de Roma en Egipto hubiera corrido otro destino.
La ciencia tuvo en Hipatía de Alejandría (355- 416 a. C.) a la primera mujer en abarcar la ciencia matemática, la astronomía y la filosofía, lo que le valió una horrible muerte a manos de una turba –dicen- acicateada por el Patriarca Cirilo de Alejandría, aunque no haya sido esto probado (la complicidad del Patriarca).
Agripina la mayor, reclamó su derecho a la justicia por el asesinato de su marido ante Tiberio y resultó exiliada en la isla de Pandataria donde se le dejó morir de hambre. Su hija, Agripina la menor, luego de tres matrimonios obtuvo el título de emperatriz y ¡hasta de Augusta!; a instancias de ésta Claudio nombró a Nerón como sucesor, y para devolverle el favor de nombrar a su hijo lo envenenó con un plato de hongos venenosos. A su vez, el nene –Nerón- le agradeció la designación asesinándola.
La Edad Media no fue un tiempo favorable para la mujer. Jurídicamente fue considerada como un menor de edad, esto es “incapaz” para todo. Son siglos donde la mano de la Iglesia Católica inspirada en viejas reminiscencias bíblicas y el pensamiento de algunos Padres estableció un antifeminismo férreo. San Agustín (354-430), extraordinario pensador y hombre, de juventud licenciosa llegó a afirmar que “ Las mujeres no deben ser iluminadas ni ilustradas en forma alguna; De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones. Menos favor les hizo Santo Tomás (1225-1274) quien dijo que esta “hija de Eva” se convierte en “una deficiencia de la naturaleza”, donde el hombre tiene un papel establecido “ha sido ordenado para la obra más grande, la de la inteligencia, mientras que la mujer fue ordenada con vista a la generación”.
Entre las excepciones a esta era misógina hay que anotar a Eloísa (1162-1164), famosa por ser la amante de Pedro Abelardo (1079-1142) a cuyo cuidado intelectual le pusiera su tío el canónigo Fulberto. Enamorados, huyen a Bretaña donde tienen un hijo, Pedro Astrolabio; ésta para muchos es la primera historia documentada de amor en clave “moderna”. Siendo apresados, Pedro Abelardo resultó castrado por orden del tío Fulberto. Eloisa murió siendo abadesa y admiró al mundo de su época con su preparación.
Tan inferior fue considerada la mujer en aquellos tiempos que se llegó incluso a discutir si tenía alma. Los teólogos se preguntaban “¿Tienen un alma, o eran más equiparables a los animales superiores, como los caballos y los perros? (Waters, M-A., 1977, Maxismo y feminismo Ed. Fontamara, España p. 87).
Umberto Eco en “El Nombre de la Rosa” (ubicada temporalmente hacia el 1200), hace decir a Guillermo de Barskerville: “Me niego a pensar que Dios haya introducido en la naturaleza un ser tan inmundo sin dotarlo de alguna virtud”, y citaba a renglón seguido al Eclesiastés que declara que “más amarga que la muerte es la mujer”. Para ella serían los cepos y las hogueras, los cinturones de castidad y el estigma de bruja. La bruja tenía que ser necesariamente mujer y cumplir algunas condiciones sine quanon: debía volar porque Satanás las citaba en el bosque para un aquelarre y debía estar a la mañana siguiente de regreso. ¿Qué más rápido que el medio aéreo? Iba en escoba porque era su utensilio natural; luego, debía copular con el Demonio, con el concebía un íncubo, y barbaridades semejantes. Los dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger redactaron el “Malleus Maleficarum”, probablemente el tratado más importante que se haya publicado sobre cómo descubrir, combatir y eliminar a las brujas. Este librito le costó la vida a cientos de miles de mujeres en Europa.
Sin embargo, la literatura laica rescató a la mujer. La persa Clorinda es la heroína de la “Jerusalén Liberada”, poema épico de Torquato Tasso (1544-1595). Cuando Godofredo de Bouillion asedia la Ciudad Santa, Clorinda y Argante incendian las máquinas de guerra de los Cruzados. Clorinda muere a manos de Tancredo quien no sabe quién es y la bautiza antes de morir.
La literatura caballeresca también se nutrió de grandes mujeres, aunque no como ejemplos de virtud; Ginebra, esposa del Rey Arturo, le era infiel recurrentemente con Sir Lancelot. Otro de los caballeros, Tristán, será seducido por Isolda quien traiciona a su marido, aunque los amantes lo son por la fuerza de una pócima mágica.
Más o menos contemporáneas, mujeres importantes en la vida e inspiración de sus obras serán Beatriz Portinari para Dante Alighieri, idealizada por éste en el Empíreo de su “Divina Comedia”; Laura de Noves (1308 -1348) será la musa de Francesco Petrarca y el aliento de sus “Rimas”. Una dama napolitana, María de Aquino (probablemente) enamoró a Giovanni Boccaccio y le inspiró sus novelas y poemas juveniles. Un poco más allá, sin Julieta, Romeo nunca habría vivido el amor trágico simbolizado en el famoso balcón de Verona. Y Dulcinea que hizo cometer toda clase de desmanes al Alonso Quijano de Cervantes.
La exaltación del cuerpo durante el Renacimiento aportó a la mujer la oportunidad de inspirar obras sublimes como la delicada sensualidad de “ La Piedad” de Miguel Ángel, la enigmática sobriedad de “ La Gioconda” de Leonardo o la belleza fulgurante de “El nacimiento de Venus” de Sandro Filippo Boticelli
Si ha sido importante la mujer para la política lo demuestra Juana de Arco, sin la cual Francia hoy sería parte de Gran Bretaña. Sin la pasión que desató Ana Bolena en Enrique VIII, Inglaterra continuaría siendo católica y ella habría conservado la cabeza. Su hija, Isabel, limpiado el campo de parientes, asumiría el trono como Isabel I de Inglaterra estableciendo la iglesia protestante independiente de Roma, nombrándose la máxima autoridad. En la lista podemos colocar a Catalina de Médicis, quien ejerció su poder sin limitaciones durante el reinado de su último hijo, Enrique III, en tiempos en que católicos y protestantes sostenían cruentos enfrentamientos. Mujer decidida, zanjó la cuestión mandando a ultimar a todos los hugonotes en la llamada “Masacre de San Bartolomé” (24-25 de agosto de 1572). ¡Y qué decir de Isabel la Católica!, que si no hubiese dado crédito a Cristóbal Colón, todavía estaríamos dedicados a la caza y la pesca.
Ya en esta parte del mundo, América, el nombre de Pocahontas hace relación a la simbiosis entre ingleses y nativos de quienes derivará el pueblo norteamericano. Otra aborigen notable fue Malinche, india noble, traductora de Hernán Cortés y enamorada del conquistador. Fulvia salva la vida de Balboa y Doña Luisa Xicontecate de Tlascala, será la fiel compañera de Pedro de Alvarado. Inés Yupanqui Huaylas, influyente compañera de Francisco Pizarro, resulta la hija nada menos que de Huayna Capac y hermana de Atahualpa, con la cual tuvo dos hijos.
Entre las españolas llegadas a la Nueva Tierra, sobresale el nombre de Isabel de Guevara. Otras mujeres de la conquista fueron, Catalina Pérez, Elvira Pineda, María Dávila, Leonor Soleto, Isabel de Quirós, Ana de Salazar y Luisa Torres. “Iban a América, porque América resultaba ser añagaza generosa de las mujeres libres”, decía Cervantes. También encontramos a Isabel de Bobadilla, esposa de Pedrarias Dávila; a Beatriz de la Cueva que llevó a Guatemala “no menos de veinte doncellas para casar”, Doña María Carvajal, esposa del mariscal Jorge Robledo en la recientemente fundada Cartagena; por nombrar algunas nada más.
Americana fue Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695); lo mismo que Santa Rosa de Lima (1586-1617). La primera apostrofó a los hombres con su famoso verso: “ Hombres necios que acusáis/
a la mujer, sin razón,/sin ver que sois la ocasión/de lo mismo que culpáis”; y la segunda será nombrada Patrona del Nuevo Mundo.
Más recientemente, Elena Ivanovna Diakonova, más conocida por Gala, inspiradora de Salvador Dalí, Frida Kalo, artista ella misma. Simone de Beauvoir, novelista y compañera de Paul Sartre.
En la República Argentina, la historia está regada de valiosas mujeres. Desde Juana Azurduy, la mujer de Asencio Padilla; Macacha Güemes, que hacía “inteligencia” para su hermano y Carmen Puch, remedo distante de la Penélope homérica. Juana Moro de López; también espía de Güemes y Juana Manuela Gorriti, escritora de la Independencia. Remedios Escalada de San Martín y su hija Mercedes, ejemplos de patriotismo y amor conyugal y filial. Manuelita Rosas, quien tantas vidas salvara bajo el “Aromo del Perdón” y Damasita Boedo, fiel compañera de Juan Lavalle.
En Salta destaquemos a Lola Mora, adelantada para su época y que pagó el precio de su libertad de pensamiento y de hecho. En el siglo pasado educadoras como Benita Campos, Mercedes Arancibia, Jacoba Saravia y la Hermana Sara Lona. Benefactoras como Corina Lona y María Antonieta Day. Historiadoras como Teresa Cadenas de Hessling y Olga Chiericotti.
Dejo a muchísimas en el camino, desde la misma remota antigüedad como Balkis, la Reina de Saba que tentó a Salomón, hasta Eva Brawn y Claretta Petacci, fieles compañeras hasta la muerte de Adolf Hitler y Benito Mussolini respectivamente. Contemporánea de éstos últimos, cabe nombrar a Edith Stein, de origen judío, filósofa, mística, religiosa carmelita y mártir, conocida también como Santa Teresa Benedicta de la Cruz.
Un acápite especial para la Madre Teresa de Calcuta, Premio Nobel de la Paz y Beatificada por Juan Pablo II.
A esta altura, estará el lector pensando que he olvidado a la más importante de todas las mujeres: María, la doncella que permitió la redención de la humanidad. Si alguna duda quedaba sobre la importancia superlativa de la mujer en la historia humana, es María el excelso ejemplo de la virtud, de la esposa y de la madre, conjunción de categorías que sincretizan la obra de Dios y resumen la Historia del Hombre, proyectándolo hacia los confines de la Eternidad. Es la mujer la que comenzó la historia y es por ella misma que se redime. Es el cristianismo la única doctrina donde la mujer es elevada al estadio supremo de luz extraordinaria que ilumina el caminar del hombre, que lo contempla desde el silencio y el recogimiento para extenderle la mano en el cansancio, para enjugar sus lágrimas y llenar los espacios de duda y angustia con felicidad y amorosa comprensión. Generadora de vida, no sólo biológica sino también espiritual, es el pedestal sobre el que se levantan los grandes hombres.
Ha dicho con razón el obispo chileno Ramón Jara, “Hay una mujer que tiene algo de Dios”. Y como colofón de esta alegoría, digamos también con él: “Hay una mujer que mientas vive, no la sabemos estimar”.
A nuestras madres, esposas, hermanas, hijas y amigas, vaya nuestro saludo cargado de admiración y respeto.-
Ernesto Bisceglia
P/D. Ahora, una pregunta, ¿para cuándo el Día Internacional del Hombre?