Era carnaval y se murió el vecino

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Era carnaval y al vecino se le ocurrió morirse.

Hoy lo escribo y parece una blasfemia, una frase impropia, casi una falta de respeto. Pero así se vivía entonces la muerte en el barrio: con dolor, sí, pero también con ese costumbrismo involuntario que tenía la vida popular, donde hasta la tragedia debía acomodarse a la agenda del día. Y ese día, en Salta, mandaba el carnaval.

Hablo de la década de los sesenta del siglo pasado. Yo tendría unos cinco años. Era un niño de esos que las madres ajenas miraban con ternura y las tías exhibían como trofeo. Me vestían con un cuidado casi ceremonial. Mi ropa se compraba en “El Niño Elegante”, un local conocido en la Galería La Continental. A esa edad uno no sabe qué es la vanidad, pero ya aprende temprano que el barrio también construye sus pequeñas aristocracias.

Vivíamos en la primera cuadra de Santa Fe, a la vuelta del Convento San Bernardo. Mi padre tenía un depósito de alfalfa -un negocio de los que ya no existen- que abastecía a los mateos que se apostaban en las inmediaciones del Mercado San Miguel y también, a las pompas fúnebres de entonces, que todavía trabajaban con carruajes tirados por caballos, hasta que una disposición gubernamental terminó prohibiendo la tracción a sangre.

Aquellos datos no son ornamentales: son el mapa de una época.

Por Santa Fe subían caminando los conjuntos, las murgas, los disfrazados y, especialmente, los integrantes de la comparsa “Los Toykas”, que venían desde Villa Lavalle rumbo al corso de Avenida Belgrano. Pasaban también algunas carrozas y los camiones municipales cargados de utilería carnavalesca, caretones gigantes y tambores que parecían latir como un corazón colectivo.

La calle era un espectáculo permanente, una fiesta en movimiento. Y, como suele ocurrir en los barrios, el carnaval se vivía antes de llegar al corso: era un corso en la puerta de casa.

El juego con agua era una guerra sin tregua. Desde las azoteas se disparaban baldazos y bombuchas hacia las terrazas vecinas. Se mojaba a cualquiera: al que pasaba, al que miraba, al que no quería participar. La infancia de aquellos años era salvaje y feliz. Nadie se quejaba demasiado. Se gritaba, se corría, se reía. Y cuando el sol comenzaba a bajar, el barrio se preparaba para ver pasar las comparsas.

Pero esa tarde ocurrió lo impensado.

Al vecino se le dio por morirse.

La muerte, en aquellos años, además de suceso lúgubre, era también una ocasión para la curiosidad vecinal. No por crueldad, sino por costumbre: el barrio era una comunidad y todo acontecimiento era asunto colectivo. La llegada del furgón borravino con letras doradas convocaba al vecindario como si se tratara de una procesión. Los metales de los candelabros tintineaban con un sonido inconfundible, se acomodaban los portacoronas y la gente miraba con una mezcla de respeto y cálculo.

Porque en el barrio la muerte era un duelo, sí, pero también un presupuesto.

Cuando finalmente descendía el ataúd, se escuchaban las frases que se repetían como un rito:

—Ah… es sencillo nomás.

—Mirá el cajón que le compraron…

Si el catafalco tenía bronces, tallas, adornos torneados, entonces la muerte era “buena muerte”. Si era liso, humilde, sin brillo, la muerte era “pobre muerte”. El paso a la eternidad también se medía por cuotas.

Mientras tanto, por la vereda pasaban los gorros de las comparsas esquivando la utilería fúnebre, impasibles, balanceando plumas multicolores. Los cascabeles y el retumbo lejano de las tumbadoras parecían bajar el volumen por respeto, como si incluso la música supiera que debía hablar en voz baja.

Motivo de otra crónica será describir los velorios en las casas, con sus escenas dignas del mejor sainete de enredos, donde el dolor y la comedia convivían como parientes inevitables. Pero aquella tarde lo esencial era el traslado del difunto.

Entre las tres y las cinco, el barrio parecía detenerse. Se suspendían los baldazos, se callaban los gritos y se esperaba el anuncio inevitable, pronunciado con solemnidad popular:

—¡Ya lo llevan!

—¡Ya llegó el coche!

Mi memoria me instala en la terraza, como si todavía estuviera allí, con los ojos abiertos de niño y la curiosidad intacta. Y lo que vi fue uno de los últimos espectáculos de una Salta que ya no existe: el coche fúnebre tirado por caballos.

Porque hasta en la muerte éramos distintos.

Los percherones, enormes, solemnes, venían ornados con correajes de bronce y herraduras del mismo metal que brillaban al sol como si también ellos participaran del ritual. Podían ser blancos o negros. Los blancos eran más caros. Y dependiendo del bolsillo de la familia, el difunto podía ir escoltado por dos, cuatro o seis caballos.

Nuestro vecino de marras tenía cuatro caballos negros: una muerte clase media, digamos. Sin ostentación, pero con cierta dignidad de barrio del centro.

A la hora señalada, el carruaje llegó. Seis hombres vestidos con frac, galera y guantes blancos ingresaron al domicilio y retiraron el féretro. Lo cargaron a pulso con esa solemnidad teatral que tenían las pompas fúnebres de entonces, como si cada muerto fuera un señor importante. El cochero, vestido igual, sostenía un látigo larguísimo que no parecía instrumento de trabajo, sino símbolo de autoridad sobre el destino.

El ataúd fue llevado a pulso hasta la esquina. Los caballos comenzaron a caminar. El cortejo avanzó. Detrás venían los dolientes, los vecinos, los amigos, los curiosos. Y el barrio, que hace minutos era guerra de agua y carcajada, se transformó en una procesión silenciosa.

Pero el carnaval seguía allí.

De pronto, el paisaje se volvió surrealista: una columna lúgubre con difunto incluido, cruzada por gorros comparseros, plumas que se movían como alas, mascarones que reían, y grupos de disfrazados al estilo cabaret de la murga artística “Hollywood Night”, que ensayaba en el Parque San Martín.

Todo convivía en el mismo cuadro: la muerte y la risa, el duelo y la música, la galera del funerario y el caretón del carnaval.

Y entonces ocurrió lo más increíble.

Los chicos empapados, los muchachos de bombucha fácil, los tiradores de baldazos profesionales, detuvieron el agua. Bajaron los brazos. Se hicieron a un lado. Nadie lo ordenó. Nadie lo pidió. Fue automático. El barrio, que podía ser feroz en el juego, sabía de respeto en lo esencial.

Y mientras el coche avanzaba lentamente, escoltado por sus cuatro caballos negros, el sonido de los cascabeles se fue apagando como si alguien bajara una perilla invisible.

El vecino se iba. El carnaval lo dejaba pasar.

Y yo, desde la terraza, entendí por primera vez algo que todavía hoy me acompaña: que la muerte no pide permiso, ni siquiera en carnaval. Que llega cuando quiere. Que no mira calendarios. Que no negocia con la fiesta.

Sin embargo, también aprendí otra verdad más incómoda, más humana y más brutal: que el barrio puede detener la risa por respeto… pero no puede detener la vida.

Porque a los pocos minutos, cuando el carruaje dobló la esquina y el cortejo se perdió calle abajo, alguien -no sé quién- gritó desde la vereda como quien reanuda el mundo:

—¡Ya se fue…!

Y el carnaval volvió a sonar.

Volvieron los tambores. Volvieron los gritos. Volvieron las bombuchas. Volvieron los baldazos. Volvió la alegría como vuelve el agua: sin remordimiento, sin explicación, sin filosofía.

El vecino se había muerto, sí. Pero el barrio siguió vivo, que es otra forma de crueldad.

Y quizás por eso, tantos años después, todavía me parece que aquel hombre no murió del todo por enfermedad o por destino, sino por una imperdonable falta de etiqueta: se murió el día equivocado.

Porque en Salta -al menos en aquella Salta- hasta para morirse había que tener sentido de la oportunidad.

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.