
ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR POR ERNESTO BISCEGLIA. – Desde tiempos inmemoriales, la idea de Dios ha sido el eje de la reflexión filosófica y teológica. Ya los antiguos supieron simbolizar en los mitos esa idea de Creación, de inmanencia y de “religión”, en términos de su etimología de “re-ligare”, volver a unir, la naturaleza de la criatura con lo increado.
El mito reemplazaba a la idea de fe, porque el Universo, los dioses y las cosas se explicaban por la razón. Pero iban encaminados, después de todo, a excepción de que aquellas deidades intervenían entre los humanos de manera física; tanto como para embarazar mujeres y complicarles la vida a los humanos.
Mucho más adelante, a lo largo de la Modernidad, el concepto ha sido problematizado por pensadores que intentaron redefinir su significado, su alcance y su relación con la humanidad. En este ensayo, en un acto de audacia intelectual, intentaremos explorar el desarrollo de la idea de Dios desde el panteísmo de Spinoza hasta la famosa sentencia nietzscheana sobre su muerte.
Para ponernos en contexto, recordemos, que Baruch Spinoza (1632-1677) fue un filósofo neerlandés de origen sefardí, considerado uno de los grandes racionalistas de la Modernidad. Su pensamiento se apartó del judaísmo ortodoxo, lo que le valió la excomunión de la comunidad judía de Ámsterdam en 1656.
Nos ubicaremos en su obra más influyente, “Ética”, donde presenta una visión panteísta de la realidad: Dios no es un ser personal ni trascendente, sino la única sustancia existente, identificada con la naturaleza (Deus sive Natura). En su filosofía, todo lo que existe es una manifestación de esta sustancia infinita, regida por leyes necesarias y racionales.
Spinoza defendió una ética basada en la razón, proponiendo que la felicidad surge del conocimiento adecuado de la realidad y la aceptación de la necesidad del mundo. También formuló ideas políticas avanzadas para su época, abogando por la libertad de pensamiento y expresión en su Tratado Teológico-Político.
Analicemos, aunque superficialmente esta cuestión de Dios como la sustancia única y digamos que Spinoza propuso una concepción revolucionaria de Dios. Para él, Dios no es una entidad personal ni trascendente -decíamos “ut supra”-, sino la única sustancia existente; esto es, la naturaleza misma. En su sistema de pensamiento, todo lo que existe es una manifestación de esta sustancia infinita, lo que eliminaba la distinción tradicional entre creador y creación. La consecuencia filosófica de este pensamiento es que la divinidad no es un ente separado del mundo, sino que se identifica con la totalidad del ser.
Una primera pregunta que nos asalta en este punto, es inquirirnos si TODO es una manifestación de la misma sustancia, entonces ¿Las rocas, los elementos, por ejemplo, tienen conciencia de sí? Y diremos que, aunque para Spinoza todo lo que existe es una modificación de la única sustancia, esto no significa que TODO tenga conciencia de sí mismo al modo de la que tienen los seres humanos.
Hallamos aquí una diferencia cualitativa importante, porque si Spinoza sostiene que la sustancia se expresa a través de atributos, y los dos que conocemos son el pensamiento y la extensión, y si todo en el universo es una manifestación de estos atributos, bien es cierto que las rocas, el agua, los animales y los seres humanos son modos de la sustancia única, pero no todos tienen conciencia propia.
Lo que distingue a los humanos es que poseemos ideas y somos capaces de reflexionar sobre nuestra existencia. Sin embargo, Spinoza sí sugiere que toda la naturaleza tiene algún grado de actividad interna. No en el sentido de una conciencia reflexiva, sino como una forma de ser determinada por la necesidad de la Naturaleza. Podríamos indicar incluso que la Tierra misma tiene conciencia de sí, de ser, pues de otro modo ¿no existiría?
Para resumirlo, podríamos resumir que, en la visión de Spinoza, todo es expresión de Dios/Naturaleza, pero no todo tiene conciencia de sí mismo. Sólo los seres con una organización mental compleja, como los humanos, pueden alcanzar el conocimiento de su propia existencia y de Dios. Sólo que el Dios de Spinoza es un todo inmanente, tal vez muy cercano a Tales de Mileto que señalaba que “Todo está lleno de dioses”. Coligiendo de esta última aseveración, ergo, los humanos, somos dioses…, o al menos participamos proporcionalmente a nuestro alcance y desarrollo racional de los atributos de Dios. Uno, por decirlo así, sería del pensar proviene el crear. Toda creación humana antes fue concebida en su mente.
Nos hallamos evidentemente, inmersos en un buceo racional donde la idea de poder conocer a Dios talla, hasta aquí, entre el mito, la inmanencia y la conciencia en el marco de un TODO sustancial que propone Spinoza, pero que colisiona con el pensamiento de un casi contemporáneo suyo, como Immanuel Kant (1724-1804), que desafía la posibilidad de conocer a Dios mediante la razón pura. Precisamente, en su “Crítica de la Razón Pura”, Kant, sostiene que el conocimiento humano está limitado a los fenómenos. O sea, conocemos sólo por el mundo fenomenológico que otorgan los sentidos. No compartimos esta visión dado que acota -a nuestro humilde comprender- la extensión infinita de la Razón. Incluso, aún con un margen de error, diríamos, que incluso eso restringe la Libertad del Espíritu de elevarse desde la conciencia a la supraconciencia.
Luego, para Kant, la existencia de Dios es un postulado moral más que una realidad accesible a la razón. Para Kant, la idea de Dios era necesaria para la estructura ética del mundo, pero no podía demostrarse de manera racional. Obviamente, a Kant, le faltaba el estadio de la fe que constituye el gran problema de los racionalistas puros.
Que, dicho sea de paso, nos permite una gragea de comentario sobre la situación de los ateos, que, desde una óptica puramente racionalista, precisamente, no existen. No puede existir el ateo porque no se puede negar lo que se conoce. Esto es, para decirlo más claramente, si planteada la idea de Dios, sobreviene a la mente el concepto de una divinidad superior a todo lo natural, luego, racionalmente no se lo puede negar toda vez que la idea de Dios es asequible a esa razón. Negarla o no, ya es un acto racional. Pero en esencia, el ateo no existe.
Cercano en el tiempo, Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), aporta desde el idealismo alemán una idea de Dios desde una perspectiva dialéctica. En su obra “Fenomenología del Espíritu”, trata sobre el desarrollo de la conciencia humana a través de una serie de etapas dialécticas, donde la realidad y la subjetividad se interrelacionan y se resumen -podría decirse- en un concepto complejo de asimilar a prima facie, como es el del Absoluto, relacionado con el progreso de la libertad del hombre a través de la historia. Adelantemos que no compartimos la visión hegeliana porque precisamente, entendemos que encorseta la libertad espiritual del hombre.
No resulta sencillo expresar un resumen de la conceptualización de Hegel sobre Dios, para quien no es una entidad estática, sino el resultado de un proceso histórico de autoconciencia del Espíritu Absoluto. Según este filósofo, a través de la historia, la humanidad se acercaba progresivamente al conocimiento de sí misma y, con ello, al entendimiento de la divinidad. En este esquema, Dios es tanto inmanente como trascendente, un principio dinámico que se desarrolla en la historia.
Una disquisición sobre la Libertad, la Razón y el Absoluto hegeliano
Obviamente, que nos hallamos en un ejercicio racional propio y por lo tanto no estamos exentos del error; sin embargo, el intento de opinar sobre conceptos de la filosofía establecida es un derecho propio de nuestra Razón y Libertad.
Por lo tanto, en este punto nos preguntamos si acaso el concepto de divinidad que plantea Hegel, no termina restringiendo a la Libertad del hombre. Esta idea amerita profundizar un poco la concepción de Hegel.
Esa idea del Absoluto en Hegel es central en su filosofía, y está estrechamente vinculada con su concepción de la libertad del espíritu (o Geist). En términos generales, el Absoluto es la realidad última, una totalidad en la que todos los aspectos de la existencia, la conciencia y la historia se integran y se reconcilian. Es el proceso dinámico en el que la razón se manifiesta a través de la historia, alcanzando su realización plena: Todo nace en el UNO y se resuelve al final de la historia en el UNO. A excepción del trato de la Razón y la Libertad, esta concepción de Hegel nos recuerda la sentencia del Libro de la Revelación: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Ap. 22:13), una declaración de Jesucristo, que se presenta como el principio y el fin de todas las cosas, simbolizando su eternidad y divinidad.
Desde la óptica de Hegel, el Absoluto no es algo estático o predeterminado, sino un proceso de autodesarrollo y autoconciencia. Y aquí, tal vez, hallemos una cercanía con el pensamiento cristiano, porque para Hegel, la libertad del espíritu no es algo simplemente individual o aislado, sino algo que se realiza en relación con la totalidad del mundo y la historia. La libertad no se entiende de forma inmediata, como una simple capacidad de elección individual, sino que se alcanza a través de la participación en el proceso histórico y la autocomprensión dentro de la dialéctica.
Debemos aquí reconocer que nuestra pregunta sobre si desde la concepción de Hegel, nuestra Razón y Libertad no se ven restringidas, la respuesta es compleja. Tal vez, la relación entre el Absoluto y la idea del Estado nos prevenga negativamente, siempre que la Libertad del individuo se resume en la evolución del Absoluto y la lectura política de su filosofía nos llevaría a considerar un estado totalitario donde el individuo sirve a los fines últimos de esa organización.
Hilando más fino, hasta podríamos pensar en el contrasentido de cierto “liberalismo” autocrático que más allá incluso pensando en la disolución del Estado, de donde la Libertad del individuo cae a un incomprensible abismo…
Nietzsche y la Muerte de Dios
Siempre recordando que estamos realizando un ejercicio dialéctico en atrevido tono literario-especulativo, diremos de antemano que rechazamos la idea de tildar a Nietzsche como un irredento ateo. Su famosa frase “Dios ha muerto”, suele utilizarse alegremente extraída del contexto. Y abordamos estas osadas pinceladas tras levantar la vista hacia una sociedad cada día más desacralizada, donde justamente, esa frase no puede, no debe, ser tomada literalmente.
Lejos de tratar a Nietzsche como un ateo y denostarlo, en realidad, en lo profundo, podría decirse que se trata de un eslabón que, desde un punto de vista existencial, no aleja, sino que une -re-liga-, el concepto de divinidad con el hombre. Claro está, que éste resulta un concepto apriorístico, porque el “superhombre”, ese individuo que crea sus propios valores sin necesidad de una moral impuesta por una divinidad ausente, no justifica el calificativo de ateo, sino de vínculo entre la criatura y la divinidad, en tanto esos valores y categorías son participación de las Categorías y Valores inmanentes.
Nietzsche, el «ateo» que denuncia la muerte de Dios
En efecto, no se puede predicar de Nietzsche que sea un “ateo militante”, menos un negacionista. Su afirmación “Dios ha muerto”, no es un rechazo ni mucho menos una sentencia, sino una denuncia del vacío existencial en que el hombre occidental cayó al abandonar su natural constitución espiritual, su fe, para erigirse en su propio modelo. Profética anticipación de la realidad a la que asistimos donde el hombre procura ya suplantar al propio hombre. En consecuencia, no es Nietzsche el ateo sino el hombre moderno en su caso, el posmoderno y ahora el hombre digital.
Se equivocan aquellos que tratan la afirmación de Nietzche como un grito de triunfo, porque el filósofo no celebra la desaparición de Dios, sino que advierte que es el hombre quien lo ha ultimado. Diremos más, la crisis existencial contemporánea y sus consecuencias fueron advertidas por Nietzche. ¿Qué le queda al hombre sin fundamento existencial? El suicidio es una de las “salidas”. Un suicidio que no es individual sino colectivo, social.
Entonces, lejos -repetimos- de las afirmaciones ligeras sobre el ateísmo de Nietsche, mientras la sociedad actual se empeña en su autoeliminación embriaga por un falso concepto de “superhombre”, en el fondo del pensamiento del filósofo, campea una luz de esperanza, ya que no elimina la dimensión espiritual, sino que en todo caso la reconfigura.
Claro está que esta reconfiguración colisiona sobre todo con el pensamiento religioso más ortodoxo toda vez que trasciende al plexo de valores que la moral y la religiosidad tradicional ha impuesto y que la dinámica de la historia ha hecho caer en la decadencia. Con Nietzsche, cae toda la estructura espiritual occidental y se propone un nuevo modelo, un nuevo arquetipo de trascendencia, donde quizás, el nuevo hombre retoma su relación con la divinidad en el marco de una relación más pura y destilada, pero con una fuerza creadora y transformadora potenciada. No ideal sino más real.
En ese punto, no vienen a la memoria aquellas palabras de los escritos de Qumrán, donde dice que: “Dios no habita en templos de piedra ni de madera, sino en el corazón del hombre”. Pues bien, el “superhombre” de Nietzsche no cree en una entidad separada de su ser, sino como una potencia creadora dentro de sí mismo. Vale decir, que Nietzsche, en realidad potencia la idea de Dios que ahora habita y opera desde el mismo hombre. Cae la idea de sumisión a un Dios invisible y nace el concepto de un nuevo individuo que encarna una fuerza vital.
Frente a una sociedad mediocre y decadente, el “superhombre” viene a superar ese estadio de postergación y marasmo, proponiendo un individuo en un estadio más elevado de su conciencia. Repetimos, lejos de ser un pensamiento ateo, el de Nietzsche, es un pensamiento superador que hace carne el remanido concepto de “chispa divina” que enseñó la religión que dominó el Occidente
Así, y siempre dejando en claro que el presente se trata apenas de una aproximación a un tema tan profundo, podríamos afirmar a modo de colofón, que lejos de mirar o considerar a Friedrich Nietzsche como el ateo absoluto y más lejos todavía de alguna concepción extraviada que lo ubica como inspirador de las concepciones nazi-fascistas, el pensamiento del alemán contiene una lección para salvar la crisis espiritual de un mundo realmente ateo y desacralizado.
En un tiempo donde las religiones, particularmente la católica, se baten en retirada, y donde aún el mismo Dios está siendo combatido y rechazado, la frase “Dios ha muerto” no es una aseveración sino una advertencia, mientras que el “superhombre”, no es el dios humano del ego, sino la fórmula racional para reencontrarse con los valores existenciales más profundos y elevado.
En definitiva, estas líneas han intentado ser una demostración muy osada, sin duda, de que Dios, como se lo conciba, no sólo habita en los libros sagrados, sino también en la profundidad de un pensamiento racionalista. –