Ensayo sólo para iniciados: Sobre las razones ontológicas, metafísicas y esotéricas de la supervivencia del peronismo

ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Creemos que la política argentina asiste al final de un periodo que se podría afirmar que dio comienzo con la Revolución del Parque en 1890. Significamos en esa revolución las raíces de la política contemporánea porque el fruto de aquellos muertos fueron los primeros líderes políticos de masas, como Leandro N. Alem y el Dr. Hipólito Yrigoyen; el primero, el primer pensador de la filosofía política criolla y el segundo, el primer estadista del siglo XX, que promovió las primeras leyes sociales, que décadas más tarde el peronismo tomaría para sí y resignificaría con el mote de justicia social.

Cualquier político, o aspirante a tal, que se precie, debiera meditar en el contenido del “Discurso de la Cancha de Pelota”, de Alem, donde se concentran expresiones de alto sentido político ético, social y patriótico, donde plantea la necesidad de una política basada en principios éticos, la transparencia y el respeto por la Constitución. Rechaza la política basada en el enriquecimiento personal y el uso del Estado como una herramienta de privilegio para unos pocos.

En las décadas siguientes, la Unión Cívica Radical, le daría al país hombres, ideas y gobiernos notables, tanto que la amenaza de que sus revolucionarias disposiciones sociales ponían en riesgo el sistema y los privilegios de la clase conservadora, tradicionalmente apátrida, enriquecida desde 1810 por sus tratos comerciales con Inglaterra. Para esos señores de la Sociedad Rural, el peón y el obrero tenían menos valor que las vacas de sus campos. El radicalismo vino a restaurar la dignidad del hombre y la mujer argentinos.

Precisamente, este concepto de dignidad es un sustantivo reñido con la mentalidad de las clases dirigentes de este país. Entonces fueron los estancieros y patrones, hoy son los empresarios y sus esbirros empleados de las corporaciones multinacionales. En esto, nuestra historia no ha cambiado…, excepto con el peronismo.

Se puede afirmar así, que la Unión Cívica Radical, hiló, dio la primera puntada para formular un pensamiento verdaderamente revolucionario, nacional y popular, aunque no tuvo la fuerza política para poder anclar esas reformas desde el poder y tampoco sembrarlo como una mística en los espíritus argentinos, cosa que efectivamente lograría el peronismo.

Es necesario dejar en claro la diferencia de orígenes de ambas corrientes: la Unión Cívica Radical, es el primer Movimiento verdaderamente revolucionario que reconoce antecedentes puramente populares. Aquello fue una chispa que encendió una vocación de cambio político y social, cuyo primer saldo fue nada menos que la Ley que consagró el Sufragio “universal, secreto y obligatorio”, que aunque no llegó a ser del todo secreto ni tampoco universal porque la mujer no votaba, significó la piedra fundacional de la participación popular en las decisiones políticas del país.

Suele afirmarse que el peronismo a diferencia del radicalismo tuvo un origen faccioso y golpista; en los hechos es verdad que su mentor, el entonces, coronel, Juan Domingo Perón, fue uno de los líderes de esa secta autotitulada “Grupo de Oficiales Unidos” (GOU), que derribó mediante un golpe de Estado al gobierno conservador de, Ramón Castillo, para iniciar otro periodo de usurpación del poder y violación de la Constitución Nacional. Pero también hay que decirlo, quizás, ni el propio Perón tenía conciencia de que aquel acto insurgente sería el papel canson donde germinaría el poroto de otro Movimiento político: el Movimiento Nacional Justicialista.

Hay que reconocer que la habilidad, formación y visión de Perón, no la tuvo ningún otro personaje político, ni antes ni después. Esa habilidad de Perón consistió nada más que en reunir en un corpus dialéctico y político todo cuanto se había dado en el país y el mundo en materia de cuestión social. Con la base de la encíclica, Rerum Novarum, de León XIII, la encíclica, Quadragesimo Anno, de Pío XI, en las que se abordaba cuestiones de justicia social, la relación entre capital y trabajo, y la necesidad de una reestructuración económica basada en principios cristianos.

A la doctrina social de la Iglesia, Perón, sumó los principios sociales de Yrigoyen, las ideas de Lisandro de la Torre, de Juan B. Justo y Alfredo Palacios, de feministas como Juana Manso, Cecilia Grierson, Julieta Lanteri, Elvira Rawson de Dellepiane y sobre todo, Alicia Moreau de Justo, médicas y sociólogas, que aportaron las primeras reflexiones sobre los derechos de la mujer, su acceso a la educación y sobre todo, como en el caso de Alicia Moreau, que presentó el primer proyecto -1911- al Congreso para que la mujer pudiera votar.

Todo este batido estaba tocado con la influencia de las ideas del nacionalismo italiano -Mussolini-, de quien copió el uso de la radio, hasta entonces sólo utilizada (desde 1920), para transmitir fútbol, turf y radioteatros; Perón le dio un uso político logrando sembrar en las mentes de las más humildes ideas de derechos sociales, igualdad ante la ley, inclusión y demás, conceptos que se convertirían en un legado más genético que político.

Obviamente que podríamos decir mucho más, porque el peronismo como doctrina es bastante más rico que su acción política, por eso es que el peronismo trasciende lo meramente político y se convierte en un fenómeno casi metafísico, una entidad que sobrevive a sus propios líderes, fracasos y metamorfosis. Por eso es que el peronismo, sobre todo para los antiperonistas resulta un fenómeno incomprensible.

En este punto diremos que efectivamente, hay que realizar un esfuerzo mental para superar la mera consideración política de lo que significa el peronismo. Lo escribe alguien que durante décadas militó en el más furioso antiperonismo, hasta que, la evolución intelectual y la elevación de la conciencia permiten que se pueda ver a la sociedad desde un punto equidistante de donde se observan con mayor claridad los matices y los claroscuros. Bien nos enseñaba el Dr. Félix Luna: “El hombre que durante más de veinte años sigue pensando lo mismo, es un imbécil”.

El Peronismo como esencia y no solo como Movimiento

Más allá de los avatares históricos, el peronismo sobrevive porque encarna una necesidad humana fundamental: la búsqueda de justicia social, comunidad y trascendencia. Este es un punto fundamental para comprender la vigencia del peronismo y donde radica el Talón de Aquiles de personajes como el presidente, Javier Milei, que sostiene que la “justicia social es un robo. Porque hay que robarle a alguien para darle a otro”. Quienes piensan así, no han comprendido la entidad del mito fundante y la “espiritualidad” de esta “Religión Cívica”. He aquí, en esto último, la explicación a la idealización y amor de los más humildes por la figura de Eva Duarte, quien tuvo la habilidad y la viveza de interpretar y encarnar ese mito fundante.

Porque en esa capacidad de adaptarse y regenerarse es donde se encuentra la explicación a esta “rara avis política” que se parece más a la de una fe que a la de una ideología. El pueblo peronista cree, aun cuando su fe se ponga a prueba.

El Peronismo y el Tiempo Circular

Hay que pensar en la concepción de los antiguos griegos para comprender la vigencia del peronismo a pesar de los trágicos avatares que su existencia representó para los argentinos. Porque en la Argentina, la historia no avanza linealmente, sino que se repite en ciclos, como una eterna dialéctica entre orden y caos, pueblo y oligarquía, donde el peronismo es el motor de ese eterno retorno. Ya lo señalaba Aristóteles: “Episodios como la guerra de Troya, pueden volver a repetirse”. Y eso es lo que viene aconteciendo en este país desde 1945; cambian los personajes, pero las tensiones sociales se repiten y representan sin solución de continuidad, porque la verdad es que, en la Argentina, los problemas sociales de fondo no se resuelven. Bueno, en este país, no se resuelve nada trascendente.

Con lo dicho, podemos preguntarnos entonces, al final, ¿Qué es el peronismo? ¿Es una doctrina? ¿Una forma de ser nacional? ¿Un destino? El peronismo no muere porque no es solo un partido, sino una forma de interpretar la realidad. En esa insólita capacidad de reinterpretarse en donde se puede comprender esa característica de «ineliminable» del peronismo, porque no es sólo una estructura, sino un conjunto de valores y emociones que laten en la conciencia colectiva. Sobre todo eso, de emociones, porque el “pueblo” peronista todavía hoy está lejos de comprender a la política como una herramienta de progreso.

1. Ontología del Peronismo: Ser y Permanencia

El peronismo es «ser» más que «estar»: no depende de una estructura formal para existir, sino de un modo de sentir y pensar la justicia social. Porque la justicia social continúa siendo una necesidad intrínseca, vital, para alcanzar la proclamada igualdad e inclusión de que habla la Constitución Nacional. Perón y Evita fueron catalizadores, pero la esencia peronista los trasciende y se reconfigura en cada generación.

De allí, que aún en sus derrotas, el peronismo continúa presente en la memoria del pueblo, en su modo de concebir el Estado, la política y la comunidad. Al ser un “pensamiento”, una “entidad ontológica” que sobrevive per se, es que el peronismo puede renovarse. El problema es que al ser un sentimiento popular y no necesitar de un líder en particular, el peronismo termina siendo apropiado por oportunistas que lo utilizan como herramienta para manejar el poder y transformarlo en una posibilidad de enriquecimiento, generalmente ilícito.

2. Su trascendencia: el peronismo como religión cívica

La República Argentina es un país tradicional y esencialmente católico, lo mismo ocurre con el peronismo, ya es una tradición en la política contemporánea y una vivencia esencial y existencial en un gran sector del pueblo. Hoy, yace destruido, pero institucionalmente. Bastaría que apareciera algún líder carismático que volviera a montar la celebración del culto peronista con sus símbolos, rituales y una narrativa adecuada para que las mases renovación la devoción en esta fe política.

La ontología peronista radica en esa liturgia que representa la Marcha, la Unidad Básica, que en el sentimiento del Movimiento representaba ese templo cívico donde se reunía el pueblo a consolidar su integración popular. Como los fieles que concurren a la misa a dar gracias y a pedir, la Unidad Básica, representaba el nexo, la malgama política entre las bases y el poder. De allí su permanencia más allá de lo electoral.

Esta “religión cívica”, incluso tiene su profeta fundacional -Perón-, que hay que decirlo, estaba más allá de los tiempos porque supo advertir los cambios que sobrevendrían en el mundo cuarenta años antes. Si la dirigencia pos-Perón, hubiera sido inteligente y no tan viciosa, este país sería una potencia.

También tiene su propio martirologio representado en los muertos de los basurales de León Suárez y el sádico fusilamiento del General Juan José Valle; los “mártires políticos” de la resistencia peronista abatidos durante las décadas siguientes a la caída de Perón, hasta los “30.000” desaparecidos que no eran más de 7mil, más o menos; de todas maneras, una aberración.

Y esos mártires se subliman en la figura de “Evita”, su muerte temprana y la infame profanación de su cuerpo, su desaparición con la complicidad de El Vaticano y la redención con el retorno de su cadáver al país, donde se convirtió en objeto de culto en la capilla abierta en la Quinta de Olivos.

3. La resiliencia del peronismo y su carácter de “fenómeno ineliminable”

Permítasenos el neologismo de “ineliminable”, pero resulta el más apropiado para etiquetar un fenómeno político cuya desaparición ha sido la obsesión de más de un gobierno sin que pudieran realizarlo; justamente, porque no se trata de una organización, de un partido ni de una logia siquiera, sino de un organismo vivo, resistente y resiliente; casi como esos bichos a los que se les amputa una parte y la misma continúa viva. De la misma manera, el peronismo, muta y vuelve a aparecer bajo otras formas. Pero ahí está.

En su casi octogenaria historia, ha sido proscripto, demonizado, fragmentado, pero siempre ha encontrado la forma de regresar. Ya absorbiendo crisis, propias y ajenas, ya regenerado o mimetizado en otras expresiones. ¿Qué no se ha intentado para eliminar al peronismo? La vía judicial, cultural, incluso la electoral, todos intentos que terminaron fallando irremediablemente.

Inclusive, rozando lo insólito y hasta esotérico, el peronismo, cada crisis la absorbe y la transforma en regeneración. Algo que, por ejemplo, el radicalismo no pudo hacer; las crisis fueron mutilando al partido hasta su actual estado de extinción.

Sus opositores han intentado derrotarlo por la vía militar, judicial, electoral y cultural, pero nunca han logrado eliminarlo del todo.

¿Cómo se explica esto? Se podría decir que está en su génesis, en su identidad política y hasta en su marginalidad al representar a los “border”, que por obra de las políticas de los gobiernos antiperonistas se multiplican. Es paradójico y tragicómico, siempre que los gobiernos, ya militares, ya opositores, fueron los grandes contribuyentes a la expansión del peronismo al hundir en la periferia de las oportunidades a esos millones que toman revancha cuando pueden votando masivamente al peronismo. Incluso, sin importar que quien lo represente sea tan o más marginal que ellos mismos, como lo enseña la historia más reciente.

En conclusión

Se podría concluir que este fenómeno “ineliminable”, resiliente, es así porque no es una institución sino un modo de ser nacional. Es como un organismo vive que tiene memoria, valores (a su modo a veces), cuyo hilo vivencial es el concepto de justicia social; luego, al multiplicarse las necesidades en la población, ese concepto de justicia social vive subyacente en el imaginario colectivo de las clases más postergadas, por eso su esencia no se destruye, sino que muta, se transforma.

Así, el peronismo es un enigma filosófico, es una fuerza telúrica, un latido subterráneo con razones metafísicas, y decimos así, porque el peronismo no es un cuerpo político; no se puede eliminar porque es un espíritu. En esa tensión histórica entre quienes han querido destruirlo y la resistencia peronista, se halla la explicación metafísica de su supervivencia porque no es ni siquiera un Movimiento, esa, en todo caso, es su forma material política, pero en el fondo, el peronismo es la persistencia de una idea que se niega a ser doblegada.

El peronismo es una entidad metafísica porque al afirmar que ni siquiera es un Movimiento, estamos afirmando que en la realidad NO EXISTE, sino que es un acontecimiento permanente. Por eso, sobre viene la pregunta ¿Cómo matar algo que no es tangible?

Se han asesinado a los creyentes en el peronismo, pero por cada caído se han multiplicado varios.

El radicalismo yace literalmente extinguido porque cumplió su tiempo en la historia, pero el peronismo se mantiene porque es un código genético. Los radicales tuvieron una ética política irrenunciable (hasta que sus “dirigentes” decidieron renunciar y vender los colores, claro), pero a diferencia, el peronismo es una adaptación constante a la realidad social.

Véase nada más lo acontecido en los últimos 30 años, pasó de ser neoliberal con Carlos Menem hasta convertirse en socialista y filocomunista con los Kirchner. Fue violento en los setenta y formuló invitaciones a la paz social. El peronismo es como el agua: cuando lo bloquean, se filtra. Cuando lo contienen, se evapora y vuelve como tormenta. Cuando lo dejan correr, lo inunda todo.

Su ontología se explica en decir que no es lo que se ve sino lo que se siente ¡Y aquí está el desafío de la dirigente “peronista” actual!

En las últimas dos décadas, por lo menos, el partido justicialista, fue asaltado por dirigentes que lo convirtieron en un negocio de grupos o personales. Paulatinamente desde Menem, toda la mística de esa “misa cívica”, fue desapareciendo: la Marcha, las fotos de Perón y Eva, los principios, todo. El peronismo fue despojado, desplumado, de toda la parafernalia partidaria, incluso, hasta de la militancia al desaparecer las unidades básicas.

Entonces, fue ganado por oportunistas y salteadores que negociaron el nombre del peronismo en nefandos acuerdos de cúpulas. Pero se han olvidado de algo, no negocian al peronismo sino al sello, el pueblo sigue siendo peronista, y más todavía, justicialista.

En este error descansa la confianza de los “dirigentes”, en pensar que podrán continuar manipulando los sellos alegremente, mientras abajo, en las bases crece el descontento espiritual y las necesidades materiales.

Desde la peregrina idea de la autotitulada “Revolución Libertadora”, el sueño de dirigentes y gobiernos ha sido destruir al peronismo, una idea bastante estúpida siempre que han ido por las cabezas de los dirigentes, por los militantes, por el cierre y confiscación de las casas peronistas, pero nunca han podido destruir esa mística que continuaba la práctica criptopolítica de practicar el culto peronista en las casas, en las reuniones familiares, de transmitirlo a los hijos y a los nietos.

Por eso, quienes no adherimos combatimos al peronismo, más nos convendría consensuar, o bien, ir pensando otra alternativa, porque a los fantasmas es imposible eliminarlos.

Piensan otros, que congraciarse con la masa en tono populachero es ganarse al peronismo. Los simples gustan de ese tipo de payasadas, pero han evolucionado y tienen conciencia de sus necesidades y de su futuro. Se aproxima la hora en que cada voto sea una guillotina.

Por fin, el devocionario místico del peronismo es la justicia social, y esa dirigencia que utiliza al peronismo para encaramarse en el poder, ha transigido con los destructores del bienestar popular. Los pueblos que toman conciencia de su postergación y de la privación de su futuro, terminan reclamando la cabeza de los traidores.

El peronismo continúa siendo emocional, y eso se halla la utilidad que hacen de las masas más postergadas los políticos. Pero se confían, porque los “dirigentes” peronistas, de lo que menos saben es de cómo entender y vivir al peronismo, por eso, olvidan aquella sentencia de Perón, y no está lejano el día en que las masas marchen con los dirigentes a la cabeza, o con la cabeza de los dirigentes”.

En el campo dirían, “Jueguen con el coya, pero no con las alforjas”.