ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – ¿Cuántas brujas asesinó realmente la “Santa” Inquisición? La respuesta, lejos del mito, es incómoda: ninguna. No porque fueran inocentes a los ojos del poder, sino porque el verdadero enemigo de la Iglesia no era el Diablo, sino el pensamiento libre. La mujer, además, llevaba siglos condenada de antemano; no por hechicera, sino por el pecado de existir. No en vano, hay quienes sostienen que incluso se debatió en concilios si tenía alma.
En realidad, no hay evidencia histórica que respalde la existencia de un concilio oficial de la Iglesia que haya debatido si las mujeres poseían alma, una falacia que se ha perpetuado a lo largo del tiempo. Es cierto que, en algún momento de la Edad Media, se hablaba de una discusión sobre la naturaleza del alma femenina, pero este mito ha sido alimentado por interpretaciones erróneas o, en muchos casos, malintencionadas de ciertas discusiones teológicas.
La verdadera raíz de este falso debate radica en el temor y el desconcierto que las mujeres generaban con su actitud “resuelta” e incluso “díscola”, como algunas fuentes apuntan, un comportamiento que inquietaba a los purpurados, cuyas preocupaciones eran más sobre el control social que sobre una cuestión filosófica o teológica genuina.
Existen, no obstante, algunos escritos de monjes divagantes y misóginos que, con la pomposidad de su arrogancia, atribuían a la mujer la responsabilidad de todas las calamidades humanas, basándose en la falaz y distorsionada idea de que su “pecado original” al haber comido del fruto prohibido en el Paraíso fue la causa primordial de la caída de la humanidad. Una absoluta estupidez, sin duda, que no merece más que el desprecio, pues refleja no una reflexión teológica, sino la infame necesidad de cargar sobre los hombros de la mujer las culpas de un mundo que jamás fue suyo.
El culmen de esos delirios calenturientos que emanaban de las mentes perturbadas de algunos eclesiásticos fue, sin lugar a dudas, el Malleus Maleficarum (1487), un “tratado” escrito por los monjes dominicos Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, que rápidamente se convirtió en el manual más vicioso para la caza de brujas en Europa.
En esa abominación literaria, que debería haberse reducido a cenizas junto a sus autores, se sostenía que las mujeres, por su naturaleza débil, lujuriosa y manipulable, eran más propensas a caer en la brujería, lo que servía como justificación para su persecución, tortura y muerte. El Malleus no era más que un caldero burdo y tóxico de superstición, misoginia y paranoia religiosa, que ofrecía “métodos” para identificar, juzgar y castigar a las supuestas brujas. Un delirio misógino disfrazado de teología, nacido del miedo profundo y visceral de dos fanáticos ante el poder de las mujeres, a quienes, en su estrecha visión del mundo, temían más que al mismo Diablo.
Lo que realmente estuvo en disputa durante siglos fue el papel de la mujer en la Creación y en la Iglesia, un asunto que, ante la magnitud liberadora del Evangelio —tan deslumbrantemente expuesto en el Evangelio de San Juan— desveló y perturbó a las mentes de teólogos y pensadores cristianos. Para hombres de la talla intelectual y espiritual de San Agustín (¡sobre todo!) y Santo Tomás de Aquino, la cuestión de si la mujer era un ser «imperfecto» en relación con el hombre era un tema recurrente, pero jamás negaron la existencia de su alma. En ciertos debates eclesiásticos, se argumentaba que las mujeres eran «inferiores» en términos de razonamiento y moralidad respecto al hombre, pero no se tiene constancia de que se cuestionara su condición de seres dotados de alma.
Un ejemplo de esta inquietud teológica se presenta en el Concilio de Mâcon (siglo VI), cuando un obispo planteó, como si fuera un dilema fundamental, si la palabra «hombre» —homo en latín— incluía también a la mujer. Tras horas de una discusión ridícula y ajena a cualquier sentido común, se llegó a la conclusión, a regañadientes, de que la mujer sí formaba parte de la humanidad; es decir, que poseía alma y dignidad. Un escarceo que hoy nos parece risible, pero que en su tiempo fue un largo y tortuoso camino hacia el reconocimiento básico de la humanidad femenina.
Es imperioso observar, en el tejido de esta absurda cuestión, el abismo de ignorancia y hasta de malignidad que destilaban aquellos obispos, pues lo que en el fondo se intentaba imponer no era sólo que la mujer carecía de alma, sino que, al carecer de alma, carecía también de dignidad. De ser aceptada tal premisa, habría sido rebajada al mismo nivel de los seres irracionales. Dicho de manera cruda, habría quedado ubicada al mismo plano que un perro, un ave o cualquier otro ser que, en su ignorancia, se arrastra sobre la Tierra. Desopilante, por decir lo menos.
Lo realmente escalofriante es que en los Concilios se discutieran estos temas con semejante seriedad, mientras que la mujer, a diferencia del hombre, según el mito del Génesis, no fue formada de la materia, del humus —razón por la cual somos humanos— como lo fue Adán. No, la mujer, en su origen, provino directamente de la mente de Dios. Si esta interpretación fuera correcta, podríamos, con total justicia, concluir que la mujer, en su esencia, posee una dignidad superior, incluso, a la del hombre. Un pensamiento radical que pone en evidencia cuán profundamente se equivocaron aquellos que intentaron rebajarla a la categoría de lo irracional.
En última instancia, podríamos afirmar que en esos debates tan insostenibles germina el nacimiento de un problema cultural profundamente arraigado, un problema que hoy aún persiste y que conocemos como «machismo». Este mal, que ha marcado a la sociedad con su sombra interminable, tiene su origen innegable en el catolicismo institucional, que relegó a la mujer a la categoría de ser inferior, limitado y subordinado al varón, como si su existencia misma fuera una concesión al hombre y no una igual creación de Dios.
De hecho, a 17 siglos de existencia de la jerarquía católica, la mujer sigue siendo excluida de un lugar de igualdad dentro del culto. Las monjas, por ejemplo, continúan confinadas a labores serviles como la limpieza de templos y la atención a los purpurados, y al propio Papa, como bien demuestra la triste realidad en la residencia papal de Santa Marta. La Iglesia, pese a su inmenso poder y su influencia sobre el mundo, parece seguir atrapada en las mismas estructuras de opresión y menosprecio hacia la mujer, como si, en su esencia, nunca hubiera superado los prejuicios de aquellos concilios medievales.
La Mujer y la “Santa” Inquisición
Es fundamental precisar que la Inquisición no fue una invención salida de la mente perturbada de algún pontífice, sino el resultado de un proceso que se gestó bajo la influencia de Inocencio III (1198-1216). Aunque este Papa no fundó la “Inquisición” como tal, fue él quien sentó las bases para lo que se convertiría en un proceso sistemático y cruel. Fue bajo su papado que la Iglesia Católica se volcó de manera decidida en la lucha contra la herejía, especialmente contra movimientos como los cátaros y los valdenses, considerados amenazas para la pureza de la ortodoxia religiosa. La figura de Inocencio III resulta fascinante de estudiar; bajo su liderazgo, la Iglesia no solo consolidó su poder, sino que también dio reconocimiento oficial a la Orden Franciscana, una de las más influyentes de la historia, fundada por el propio San Francisco de Asís, nada menos.
Sin embargo, la monstruosidad en la que se transformó la Inquisición medieval no fue más que la culminación de un proceso que tomó forma oficial en 1231, bajo el papado de Gregorio IX. Fue este pontífice quien autorizó la creación de tribunales eclesiásticos con el objetivo explícito de identificar y erradicar las herejías. Con mano de hierro, Gregorio IX delegó la misión en inquisidores, principalmente monjes dominicos, quienes recorrían las regiones, acusando a los presuntos herejes con una implacable y despiadada rigidez. Una institución que, en nombre de la fe, sembró terror y opresión, y que marcaría con su sombra a generaciones por venir.
Desde aquel oscuro inicio, se puede trazar el rastro de la Inquisición romana, española y portuguesa, una red demoníaca extendida con una sola misión: cazar y exterminar a los herejes, magos y, por supuesto, a las “brujas”, así como a todo aquello que osara desafiar la “fe” católica. La palabra “fe” entrecomillada es necesaria, pues la verdadera creencia en una Divinidad es un acto profundamente libre y personal, nunca un dogma impuesto por la fuerza.
En el vasto tapiz de la historia, resulta casi imposible encontrar otra institución que haya organizado con tal meticulosidad y desdén la persecución, la tortura y la represión. La Inquisición no sólo exterminó a los «herejes», sino que aplastó el pensamiento libre, castigó el conocimiento y sembró una sombra de terror que se extendió por toda Europa y América. Desde nuestra perspectiva liberal, entendemos que la Iglesia Católica, al llevar adelante esta monstruosidad, es responsable de al menos mil años de retraso en la elevación de la conciencia humana, particularmente desde la instauración de la Inquisición, que literalmente sumió al Occidente en una ignorancia profundizada por el más espeso oscurantismo.
Es, quizás, gracias a la presencia de los árabes en la Península Ibérica durante casi 700 años que no seguimos hoy atrapados en la antiquísima creencia de que el sistema solar gira alrededor de la Tierra. ¡Voto por Galileo Galilei! Con su valentía inquebrantable, desafió las doctrinas que, en su época, representaban la más temible amenaza para la verdad. Galileo se erige como un faro de la lucha por el pensamiento libre, un baluarte que se alzó contra la oscuridad impuesta por siglos de ignorancia.
Tampoco debemos olvidar a Giordano Bruno, quien, con su audacia y su profundo entendimiento de un cosmos infinito, se adelantó a su tiempo más allá de lo imaginable. Su visión del Universo como un espacio en constante expansión, lleno de infinitas posibilidades, le costó la vida a manos de la misma institución que se veía amenazada por su brillantez. Bruno, al igual que Galileo, desafió el poder de la Iglesia, y pagó el precio más alto: la condena a la hoguera. Su sacrificio se convirtió en un símbolo de la lucha por un pensamiento científico libre, por la posibilidad de pensar más allá de los límites impuestos por la dogmática religiosa.
La “Santa” Inquisición fue, sin lugar a dudas, el aparato represivo de control más abyecto jamás concebido por esas mentes eclesiásticas desviadas. Usando el terror como su principal herramienta, criminalizó a aquellos que osaban cuestionar los dogmas religiosos, persiguió a las mujeres portadoras de saberes ancestrales y persiguió implacablemente a todos aquellos que representaban una amenaza para el poder absoluto de la Iglesia.
Aunque la humanidad ha sido prolífica en inventar todo tipo de atrocidades, desde dictaduras hasta genocidios, la Inquisición fue pionera en institucionalizar la persecución, disfrazándola de justicia divina, como si la sangre derramada fuera un acto sagrado y la tortura una bendición. La perversión de la fe, al servicio del poder, nunca alcanzó tal grado de desviación mental y moral.
1. El mito de la bruja y la construcción del enemigo
Lo dicho, la Inquisición no quemó brujas; quemó mujeres. Mujeres que pensaban, que hablaban, que sanaban, que creaban. La «caza de brujas» fue una falaz excusa, un pretexto cínico para suprimir la energía vital, la creatividad y el poder transformador de la mujer en la sociedad.
En realidad, la bruja no era un ente maligno, sino una construcción perversa del poder religioso y patriarcal, cuidadosamente orquestada para justificar la represión más salvaje. Estos monjes y frailes, con sus mentes corroídas por el dogma y la superstición, fabricaron un estereotipo de «enemigo» que debía ser perseguido y erradicado a toda costa. Así, en sus crueles llamas, ardieron las ancianas sabias, las curanderas, las mujeres de carácter fuerte, las que no se sometían a los rígidos moldes de la obediencia femenina.
La Iglesia Católica, al erigir esta construcción demoníaca, no solo condenó la «brujería», sino que atacó a aquellas mujeres que poseían conocimientos profundos sobre la naturaleza, la sexualidad y la medicina; conocimientos que, para la estructura de poder, representaban una amenaza incalculable para el orden establecido. De esta forma, se construyó un mito, un chivo expiatorio que permitió, bajo el disfraz de la moral y la fe, el exterminio sistemático de la sabiduría ancestral femenina.
2.- El verdadero objetivo de la Inquisición: la energía femenina
En aquellos tiempos lejanos, pedirle a la sociedad que reconociera el manejo de las energías, y en particular el poder latente de la energía femenina, era una utopía. Era una quimera, una aspiración irrealizable. Aquellas sociedades, hundidas en la ignorancia, atrapadas por mitos y por el terror a lo sobrenatural, vivían en un mundo de sombras. Los seres infrahumanos y los fantasmas que acechaban a los vivos eran sólo un reflejo de una mente colectiva sumida en el miedo. Esta ignorancia, exacerbada por siglos de dogmatismo religioso, alimentaba un caldo de cultivo envenenado que producía mentes resecas y endurecidas por el peso de la teología que sin duda puede iluminar el intelecto pero termina resecando el alma. Recordemos que Santo Tomás de Aquino, al final de sus días, clamó porque quemaran sus escritos, proclamando que «todo eso es paja».
Así, más que un fervor religioso, la Inquisición se erigió como una herramienta de control social, una maquinaria diseñada para frenar cualquier disidencia. En este oscuro juego de poder, las mujeres fueron reducidas a meras «brujas», seres despojados de su humanidad y convertidos en figuras monstruosas que, según la acusación, obtenían sus conocimientos a través de pactos con el Demonio. Estos saberes, relacionados con la farmacopea, la medicina natural y la curación, representaban una amenaza directa a la supremacía del conocimiento y el poder eclesiástico. ¿Saber? ¿De verdad dijimos saber? La verdadera amenaza no era el conocimiento, sino la autonomía que estas mujeres representaban.
Se penalizó también y sobre todo a las que pensaban y cuestionaban las ridículas imposiciones de los dogmas eclesiásticos porque la duda es la enemiga de todo dogma. La duda desestabiliza a todo poder. En nuestros días, todavía hallamos eclesiásticos quienes ante alguna pregunta responden “Todo está previsto”.
Se atacó a la mujer porque no se comprendía su alto grado de pensamiento proveniente del don de la intuición. Jamás pensaron que el Creador les había otorgado la posibilidad de recrear la Vida lo que supone una potencia energética diferenciada. Porque la energía femenina es la que da vida, sostiene y transforma, y por eso fue vista como una amenaza.
Por eso, podemos decir hoy, que el feminismo es el peor enemigo de la mujer ya que no la potencia sino que la atomiza y la convierte en un elemento de una lucha absurda, haciéndola perder su capacidad creadora.
3. La mujer como sostén del Estado y la sociedad
La represión inquisitorial sobre la mujer no sólo respondía a un impulso fanático, sino que también tenía un fin político muy claro: debilitar la estructura misma de la sociedad. Porque, en el fondo, los inquisidores sabían perfectamente del poder latente de la mujer, de su capacidad transformadora. Para mantener su dominio, era necesario someterla, paralizar su potencial, y para ello, recurrieron al terror como herramienta fundamental. ¿En qué medida superan los asesinatos de mujeres durante la Inquisición a los de los hombres? ¿Acaso no fue la figura femenina la principal víctima de esta caza de brujas, condenada no sólo por su sexualidad, sino por el desafío que representaba su independencia?
¿A quiénes eliminó, en última instancia, la “Santa” Inquisición? A esas mujeres fuertes, autónomas, intelectualmente libres, que representaban una amenaza directa al orden establecido, porque sus acciones alteraban el equilibrio de poder dentro de la familia, la comunidad e incluso el Estado. Un caso paradigmático lo encontramos en Santa Juana de Arco, una joven capaz de desafiar todo un imperio para asegurarle al rey de Francia el derecho legítimo de sentarse en su trono. Y, sin embargo, él, aconsejado por algunos de sus consejeros eclesiásticos, la entregó a la hoguera. Este acto es el reflejo más claro de la incomodidad que provocaba una mujer con poder: no sólo político, sino también moral e intelectual. Juana de Arco, como tantas otras, fue una víctima no sólo del fanatismo religioso, sino de un sistema que veía en las mujeres la capacidad de trastocar la hegemonía masculina, y por ello, su eliminación fue vista como una necesidad.
4. En conclusión, no hubo brujas, hubo mujeres poderosas
No fueron «brujas» quienes murieron en la hoguera, sino mujeres que representaban la fuerza del cambio. No fueron «seres malignos», sino como víctimas de una estructura de poder que temía su energía. En esta razón se asienta todavía el mal llamado “machismo”, que en realidad no es otra cosa que una cobardía subyacente en el inconsciente masculino cuya soberbia le impide al varón aun “evolucionado”, reconocer que la mujer es el pedestal o la lápida de un hombre.
Sobre la necesidad de un pensamiento liberal
La religión y la espiritualidad son realidades profundamente distintas, separadas por un abismo de significado y trascendencia. En los tiempos que corren, se hace imprescindible abrir los ojos y trabajar sobre un concepto esencial: el de la supraconciencia, esa dimensión que se eleva por encima de la conciencia ordinaria. Vivimos una era de transformaciones vertiginosas, un cambio de época que demanda de nosotros la capacidad de leer el signo de los tiempos y de trascender el horizonte limitado de la percepción cotidiana. No basta con existir, hay que elevarse.
La supraconciencia no se circunscribe a las fronteras estrechas de los pensamientos y emociones personales. Es un estado expandido de conciencia universal, una sabiduría profunda que conecta a todo ser con una realidad mayor, trascendiendo lo tangible y lo inmediato. Nos habla de una percepción de la existencia mucho más allá de las religiones, un plano superior de comprensión que, al ser abrazado, derrumba toda estructura dogmática, toda creencia restrictiva que nos enajene de lo vasto y lo infinito.
Buscar el entendimiento de la supraconciencia es ir más allá de lo impuesto por las limitaciones humanas, superar todos los dogmas, todas las reglas religiosas que acotan nuestro pensamiento. Es, en esencia, un llamado a abrazar un estado mental liberal en su más absoluto sentido: uno que permita que la razón fluya sin ataduras, que no se vea constreñida por ningún molde, ninguna restricción. Porque los dogmas no emergen de la supraconciencia, sino de la conciencia de seres atrapados en creencias limitadas, las cuales, por naturaleza, corresponden al ámbito de lo terrenal, no a lo divino ni lo eterno.
El desafío del hombre del siglo XXI es elevarse hacia una conciencia transcendental, que está en un plano más elevado, donde se accede a verdades, intuiciones o conocimientos que normalmente no están disponibles para la mente racional o el subconsciente.
Resultaría extraño a la hipótesis central de este trabajo desviarnos hacia este terreno, pero digamos, no obstante, que, a la luz de esta historia tan terrible, hoy, la mujer debe ser revalorizada desde este pensamiento suprarracional, reconociéndole su capacidad diferenciada de mirar la Vida y la Historia.
La “Santa” Inquisición es además el contrasentido más repugnante de la doctrina católica, siempre que, si tomáramos como origen que la mujer -Eva- fuera la responsable de la caída de la humanidad, a su vez -y es dogma de fe-, por la mujer se redimió al mundo con María.
En los Evangelios, es posible encontrar varias referencias a las mujeres que acompañaron a Jesús en su ministerio y que desempeñaban roles importantes en los relatos. Los Evangelios mencionan a las mujeres en varios contextos, y en muchas ocasiones se las describe como seguidoras cercanas de Jesús, a menudo como parte de su círculo de apoyo, junto con los apóstoles.
Algunas de las mujeres más destacadas que se mencionan en los Evangelios incluyen a María Magdalena, María, la madre de Jesús, Marta y María de Betania, y otras mujeres que acompañaban a Jesús durante su predicación y que estuvieron presentes durante su crucifixión y resurrección.
“In Fine”
Si la Inquisición persiguió, torturó y asesinó mujeres con el pretexto de cazar brujas, fue porque temió lo que ellas representaban: sabiduría, independencia y una fuerza que no podía ser domada con dogmas. Y si la historia del pensamiento occidental ha intentado por siglos rebajarlas a un papel secundario, es porque el miedo a su poder nunca desapareció del todo.
Paradójicamente, la misma historia que buscó sofocarlas les ha dado la razón: la mujer ha demostrado a lo largo del tiempo que no sólo tiene alma (como si hiciera falta discutirlo), sino que tiene la capacidad de cambiar el mundo, de desmoronar estructuras y de desafiar los paradigmas impuestos por esos inquisidores de sotana y cruz, o por sus equivalentes modernos de traje y corbata.
Las llamas de la hoguera no pudieron quemar la esencia de la mujer libre. La Inquisición, con todo su poder y crueldad, fracasó en su intento de someterlas, porque lo que intentaron erradicar sigue vivo. Y hoy, a siglos de distancia, quizás el verdadero temor de aquellos inquisidores se está haciendo realidad: la energía femenina no sólo sobrevive, sino que resurge. Y en ese renacer, quizás haya una justicia histórica que no necesita fuego ni torturas, sino simplemente la verdad. –