ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – La agnostología, es un concepto muy poco conocido aunque aplicado bastante más allá de lo que cualquiera pudiera imaginar. De hecho, desde unos años a esta parte este término -agnostología- parece haber sido incluido como el ideario tutor de los planes de estudio de los países emergentes donde el totalitarismo o populismo totalitario ha hecho de la ignorancia una verdadera política de Estado.
En sentido estricto, la agnostología se refiere al estudio de la ignorancia y ha tenido a lo largo de la historia una evolución insólita. Lo que alguna vez fue una disciplina para comprender las limitaciones del conocimiento y los mecanismos de la desinformación, hoy ha dado paso a un estadio superior que culmina en la «feliz ignorancia», como se atribuye a Voltaire. No se trata ya de desconocer, sino de enorgullecerse de ello.
Este “orgullo” por sentirse y ser ignorante, lamentablemente, alcanza tal vez su pináculo de exposición pública en las Cámaras legislativas, donde en los últimos tiempos venimos observando discursos donde algunos legisladores hacen gala de su brutalidad, falta de educación básica, ausencia de modales y por supuesto, carencia de conocimientos amplios.
Es un dato reciente ver cómo en los recintos de los “representantes” del pueblo, legisladoras se prometen “bajarse los dientes” mientras otros dirimen diferencias con un trompis. Cuando se desciende a estos niveles subterráneos de la educación, es porque la cultura se ha ausentado de las mentes.
Pero bueno, vivimos en tiempos paradójicos y contradictorios, donde el acceso a la información nunca fue tan sencillo y sin embargo, la resistencia a la verdad nunca fue tan fuerte. Antes, el ignorante tenía el acto de vergüenza de esconderse temiendo ser expuesto por su falta de conocimiento. Hoy, en cambio, la ignorancia y el uso de la fuerza bruta se exhiben con orgullo como si fueran una declaración de principios.
Así, el discurso político transita por el no saber, pero opinar igual. Por no conocer, pero pontificar con autoridad. Por no entender, pero rechazar cualquier intento de explicación. Por votar leyes y DNU sin tener idea de qué se trata. Total…, parece que suponen que los ciudadanos de a pie son tan asnos como ellos.
Y digo mal asnos, porque los pollinos están considerados como las bestias más inteligentes.
Ahora bien, las que más pierden con esta situación son las generaciones más jóvenes que enfrentan dos problemas: primero, que la ignorancia es una política de Estado, como anticipamos, y luego, que las redes sociales y la sobrecarga de información han contribuido a esta era de la «feliz ignorancia», donde cualquier intento de análisis serio es tildado de elitismo y donde los datos se descartan si contradicen las emociones. La verdad se ha convertido en una cuestión de percepción, y los hechos, en obstáculos para la opinión.
Un dato lacerante y que ejemplifica lo inmediato anterior es por ejemplo, el convencimiento que ha ganado legiones de que la diferencia de sexos no es ya biológica sino psicológica. Hasta nuestra generación nacíamos nenes o nenas, según qué conformación genital teníamos apenas abandonar el vientre materno. Ahora -según esta nueva forma de “feliz ignorancia”-, hay que esperar ocho o diez años para saber qué clase bicho resultamos. Y digo “bichos”, porque no se comprende que una “mujer” deba ser asistida por un proctólogo, y que un “varón” deba recurrir a una ginecóloga. Debe ser por eso que los extraterrestres prefieren mandarse al fondo de los océanos que cohabitar en la superficie con nosotros.
Este concepto de «feliz ignorancia» se corresponde con su agudo sentido crítico y denunciaba en otras épocas la superstición, la censura y la manipulación de las masas mediante la ignorancia. En su obra «Cándido, o el optimismo« (1759), Voltaire, satiriza la idea de que la ignorancia puede traer felicidad, mostrando cómo el protagonista sufre por su ingenuidad y su educación basada en la confianza ciega en que “todo sucede para bien”.
Sin embargo, la idea de que «la ignorancia es una bendición» tiene raíces más antiguas. En la filosofía griega, Sócrates ya señalaba que el conocimiento trae consigo dudas y preocupaciones, mientras que el ignorante puede vivir sin angustia. Desde este punto de vista, podría explicarse la calma y pasividad del otrora creativo pueblo argentino que hoy yace resignado a su sino, votando y aguantando a cuanto mequetrefe decide llevarlo a este u otro lado del abismo.
Más tarde, ya en plena Ilustración, en el siglo XVIII, Rousseau defendería la idea de que el hombre en su estado natural, sin el peso del conocimiento impuesto por la sociedad, era más feliz. No debe haber sido tan feliz cuando la tendencia de la humanidad siempre ha sido hacia el conocimiento. De hecho, está en su esencia; ¿Qué fue sino el ansia de conocimiento lo que llevó a Eva a comer “del árbol del bien y del mal”? Despierta como se ve que era Eva, capaz hasta de desobedecer a Dios, no iba a perder el Paraíso por una manzana. Ahora, la sociedad domesticada por la ignorancia y en estado feliz, pace amablemente mientras la esquilan.
En tiempos más recientes, la noción de que «la ignorancia es felicidad» se popularizó con la famosa frase «La ignorancia es fuerza» en la obra “1984” de George Orwell, donde la manipulación de la información es clave para el control social. Se puede encontrar, precisamente, en ese engendro llamado “Gran Hermano”, la expresión más acabada de la sociedad amansada, decadente y confortada con mendrugos. No por nada ese “reality” es lo más visto de la televisión.
Así que, aunque Voltaire criticó la ignorancia y mostró sus efectos negativos, la idea de la «feliz ignorancia» como concepto filosófico tiene varias influencias a lo largo de la historia. Lógicamente, esa paradoja es brutal y describe perfectamente la época en la que vivimos. Gobiernos de todo el mundo han aprendido que un pueblo ignorante, pero feliz en su ignorancia, es mucho más fácil de manejar.
A propósito, Voltaire señalaba que “quienes pueden hacerte creer absurdos, pueden hacerte cometer atrocidades”. Hoy, esos absurdos se multiplican a velocidad digital. La sobreinformación ha logrado lo impensado: que la verdad pierda valor y la gente elija creer lo que más le conviene o lo que menos la incomode. El consumo masivo de “Tik Tok”, por ejemplo, no sólo atrapa horas de los individuos convirtiéndolos en poco menos que mutantes, sino que les “informa” barbaridades que nadie tiene la solvencia de constatar. Decíamos sobre esto en otra nota que, por ejemplo, el Papa había fallecido varias veces en la última semana, estamos a punto de chocar con la Galaxia Andrómeda y Javier Milei es reptiliano…, bueno, no sabemos aún qué es.
No es casual que los discursos políticos se basen cada vez más en emociones y cada vez menos en hechos. La posverdad -término que amerita todo un análisis- ha reemplazado a la realidad, y la ignorancia dejó de ser un problema para convertirse en una virtud socialmente aceptada. Lo comprobamos en las aulas y el diálogo de los jóvenes-adultos que no manejan más de 300 o 400 palabras ¡Con un idioma tan rico como el castellano!
En este contexto, la «feliz ignorancia» es la consecuencia lógica de la agnostología como política pública. Ya no se trata de prohibir el conocimiento ni de censurarlo que ya es cosa del pasado, porque hoy, basta censurar algo para consagrarlo. Ahora, basta con enterrarlo en un océano de información irrelevante o directamente falsa, como decimos “ut supra”. La gente, bombardeada por datos, fake news y entretenimiento vacío, termina agotada y prefiere no pensar. «Si todo es relativo, nada importa», y así la ignorancia se convierte en un refugio cómodo. Es la “Sociedad líquida” de Zigmund Bauman.
La gran paradoja de nuestra era es que hemos logrado democratizar el acceso al conocimiento, pero también hemos aprendido a despreciarlo. Las élites ya no necesitan imponer la ignorancia por la fuerza, porque los pueblos la han abrazado por voluntad propia. Y lo más preocupante es que, como advertía Orwell, cuando la ignorancia es la norma, la verdad se convierte en un acto de rebelión.
Y lo peor, los que dicen la verdad, en subversivos o terroristas.
Por eso es que observamos cómo en este contexto florecen discursos simplistas, demagógicos que reducen problemas complejos a eslóganes vacíos, y una masa que aplaude cualquier idea que no la obligue a pensar demasiado. El esfuerzo intelectual ha sido reemplazado por la gratificación inmediata de la certeza fácil. Es muy común escuchar la expresión “Salió en la tele…, o lo vi en Facebook” y así la calesita de la estupidez continúa girando.
La agnostología solía alertar sobre la manipulación del desconocimiento. Hoy, en cambio, asistimos a un fenómeno más peligroso: la glorificación de la ignorancia voluntaria. No se trata ya de un problema de acceso al conocimiento, sino de una renuncia consciente a él. Y cuando la ignorancia deja de ser un problema y se convierte en un estado deseable, el futuro de una sociedad se vuelve incierto.
La pregunta sería entonces, ¿Podrá revertirse este fenómeno? Tal vez, quizás… quién sabe. Si algo impredecible existe es el ser humano, que como se ve, en toda la Naturaleza es el único capaz de degradar su propia condición, y lo peor, a conciencia.
De pronto, podría ser también que nos halláramos frente a la gran utopía de pensar que alguna vez la sociedad podría convencerse de que saber sigue siendo mejor que ignorar. Pero esto, como vemos las cosas, es una quimera. Porque, ¿para qué pensar? Pues cuando pensamos advertimos la duda, y la duda es cruel. Entonces, continuemos felices y contentos siendo cada vez más alienados. Al fin de cuentas, en un mundo donde saber conlleva tanto sufrimiento, ser un ignorante manipulado, sodomizado por el Estado, es una opción más feliz.
Y de última, Aristóteles, enseñaba que el fin último del Estado era hacer felices a los ciudadanos. Y convirtiéndolos a todos en ignorantes, ya lo ha conseguido. –