ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Los argentinos tenemos un serio problema con nuestra historia. Desde 1806, que es cuando puede decirse que comienza a escribirse, pasaron casi 80 años de ir formando esa historia inicial, amasándola con hechos y personajes. Y desde entonces venimos etiquetando los sucesos según un criterio de conveniencia política. Por ejemplo, nos enseñan que el 25 de Mayo de 1810, fue una “Revolución” y nuestra memoria asocia con una imagen bucólica de damas de miriñaque y caballeros de galera bajo una pertinaz llovizna, cubiertos con paraguas que para la época no existían. Apenas había sombrillas para proteger a las damas del sol cuando iban a misa y que portaban los esclavos. Aquella, no fue ninguna “Revolución”, sino el primer Golpe de Estado de nuestra historia.
En efecto, porque la caída de Baltasar Hidalgo de Cisneros, ocurrió luego de una conspiración urdida en la Jabonería de Vieytes, en las oficinas del brigadier general potosino (no boliviano), Cornelio Saavedra, Comandante de Patricios y desde los confesonarios de las iglesias donde el bajo clero, criollo en su gran mayoría aspiraba a liberarse de España. Estos conciliábulos fueron protagonizados por elementos de las tres grandes corporaciones que manejarían al país: los hacendados y comerciantes, en el siglo XX, llamado el capital internacional; el ejército y la Iglesia Católica. De hecho, hasta que Saavedra no puso a los Patricios en las calles no hubo 25 de Mayo y él fue el presidente de esa Primera Junta de Gobierno.
En los diez años subsiguientes no pudimos consolidar un gobierno firme. Y desde 1817, cuando el General José Francisco de San Martín -No Juan José-, inició el Cruce de los Andes y hasta 1824, con la Batalla de Ayacucho, nos desangramos con la Guerra de la Independencia, que dicho sea de paso, sin el concurso del General Martín Miguel de Güemes (que fue herido en un acto de guerra y no por estar en cama ajena) y sus Gauchos, tal vez, la historia hubiera sido distinta. Esto, sin olvidar el estratégico triunfo del General Manuel Belgrano (que no era homosexual) en los Campos de Castañares, el 20 de Febrero de 1813.
Así, podríamos escribir todo un libro donde la Historia puja con la memoria y el relato, que nos dejan finales abiertos, como por ejemplo, la Batalla de Pavón, del 17 de septiembre de 1861 entre las fuerzas de Bartolomé Mitre (Buenos Aires) y Justo José de Urquiza (Confederación Argentina), donde el Ejército Grande que conducía el segundo y que tenía asegurada la victoria se retiró dejando a Mitre el triunfo. Se cuenta de la intervención del ilustre masón, Roque Pérez, quien apeló a los grados y al expediente de no confrontar entre Hermanos. Y nos preguntamos ¿Si Urquiza aplastaba en esa Jornada a Mitre, nuestra historia hubiera sido distinta? ¿El federalismo cacareado desde 1853 en la Constitución Nacional, hubiera sido aplicado? Chi lo sa…
Lo que sigue hasta la Generación del ’80, es historia más o menos desconocida. ¡Ni qué hablar del insigne Julio Argentino Roca! Tenido por la memoria y el relato como un genocida, sin que nadie conozca que fue un liberal que sentó las bases del progreso que hicieron de este país una de las primeras potencias hacia el Centenario. ¿Qué conocen de Roca sus detractores? Nada, porque hasta antes del relato kirchnerista, la gran mayoría ni siquiera sabía bien de la existencia del tucumano.
Para no entrar en los detalles que harían de este escrito un semi “Códex”, vamos desde la Revolución del Parque de 1890 hasta el Golpe de Estado del salteño, José Félix Uriburu -alias “Von Pepe”, para sus amigos-, cuya foto autografiada se halla en la sala de reuniones del Club 20 de Febrero en Salta. Este militar tiene el dudoso honor de haber cometido el primero de los nefandos agravios al uniforme militar y a la Constitución Nacional derrocando al Dr. Hipólito Yrigoyen. En la foto donde se lo ve en el automóvil que lo transporta a la Casa Rosada, a su lado, se destaca, de pie, un joven teniente… Juan Domingo Perón.
Saltaríamos desde esa infausta fecha hasta el 4 de junio de 1943, cuando un grupo de facciosos aglutinados en una logia militar autotitulada “Grupo de Oficiales Unidos” (GOU), derroca al presidente, Ramón Castillo, instalando en la presidencia al general Rawson. Promediada la Segunda Guerra Mundial y el Ejército Argentino estaba dividido entre aliadófilos y germanófilos, a estos últimos adherían los insurrectos del GOU, obviamente. Como Rawson tenía simpatías aliadófilas, duró menos que una pompa de jabón y fue reemplazado 48 horas más tarde por el general Pedro Pablo Ramírez. El jefe del GOU, era un coronel llamado, Juan Domingo Perón.
Demos otro brinco hasta el 17 de Octubre de 1945, cuando el pueblo autoconvocado protagoniza la segunda movida espontánea para pedir por un líder en el gobierno. La primera ocurrió el 6 de junio de 1815 en Salta, cuando el pueblo llenó la plaza vivando el nombre de “Guemes”, como gobernador. Testimonios que protagonistas de aquel momento presentes en la Casa Rosada supieron relatarle a este escriba, detallan que llegó Perón, traído desde el Hospital Militar y el entonces presidente, Edelmiro J. Farrel, le habría dicho: “¡Haga algo, que se callen!”, refiriéndose a la multitud que colmaba la Plaza de Mayo, gritando “Perón, Perón”. Dirían aquellos relatores que Perón, con su consabido sentido del humor, le respondió: “Y bueno, general, qué se yo… hágalos cantar el Himno Nacional”.
Aquella noche, “¡Compañeros!” mediante, nacía la fuerza política más poderosa de la historia argentina contemporánea, que tendría su certificación electoral el 24 de febrero de 1946, cuando se escribiera en las paredes: “Sube la papa, sube el carbón, el 24 sube Perón”.
Analizar el peronismo no viene al caso y sería también demasiado extenso. No obstante, digámosle a los jóvenes que pretenden ser políticos, que nada serán sin leer a Perón. Sin conocer el “Manual de la Conducción”, “La Comunidad Organizada”, “Las Veinte Verdades Peronistas”, etc, etc. Por ahí vagabundean unos llamados “Pibes Libertarios” creyendo que hacen política cuando no hay leído ni siquiera el Patoruzú. Perdón por la antigüedad.
La cuestión, es que Perón, finalmente caería víctima de su propia maquinación. Una conspiración urdida en el Jockey Club, la Sociedad Rural Argentina, Campo de Mayo y la Curia Metropolitana, lo derrocaría el 16 de setiembre de 1955. Las tres Corporaciones que habían manejado el país desde 1810, volvían a mostrar los colmillos en sus fauces abiertas.
No se puede comprender los sucesos de la década del ’70, sin revisar la Historia desde 1955
El general Eduardo Lonardi, era un nacionalista católico que pensaba que el mal de la Argentina era Perón, y que derrocado, había que devolverles el poder a los ciudadanos. Sus pares, los miembros de la Sociedad Rural y la Curia no pensaban lo mismo. Y a Lonardi le serrucharon el piso sus camaradas, los estancieros y el alto clero argentino. En su lugar, asumió el general Pedro Eugenio Aramburu, secundado por el siniestro almirante, Issac Rojas.
Estos dos eran los líderes de la infame “Revolución Libertadora” que inició el baño de sangre que cubriría durante más de medio siglo al país con los fusilamientos de peronistas en los basurales de León Suárez, las detenciones arbitrarias, las torturas, la censura férrea y la destrucción de todo símbolo y nombre que recordara a Perón.
Un capítulo aparte merece la profanación, el secuestro y desaparición del cadáver de Eva Perón, que terminó oculto en un cementerio de Milán con la complicidad de El Vaticano. Apasionante capítulo, sin duda.
Hay que decirlo así, sin eufemismos, fueron unos insanos que pensaron que esa ordalía terminaría con el peronismo. Jamás advirtieron que estaban convirtiendo a Perón y a Eva Duarte, en un mito, en una Causa nacional, cuya liturgia se celebraría en las criptoasambleas peronistas. Habían sembrado el germen de la posterior violencia de los setenta.
La resistencia, Puerta de Hierro y la subversión
El capítulo que media entre la caída de Perón y su retorno, es donde se desmadró todo porque como en otros capítulos de la historia argentina, la Justicia no actuó. No existió. No hubo tribunales para los asesinados por la “Libertadora”, nadie pagó por la ofensa a Eva Perón, No hubo juicio y castigo ni siquiera por haber violado la Constitución Nacional. Nada.
Los sesenta fueron un tiempo netamente revolucionario: El Mayo Francés, la Primavera de Praga, la toma de la Universidad Nacional de México; todos prolijamente aplastados por el palo y el fusil. En la Argentina, “El Cordobazo”, fue la manifestación más clara de que algo estaba bullendo en las mentes juveniles.
Por eso, un troglodita, con poca lucidez mental -lo decían sus propios camaradas- como Juan Carlos Onganía, destruyó a la universidad argentina en la “Noche de los bastones largos”, cuando la policía federal apaleó sin piedad a profesores y alumnos. Onganía es el responsable de la muerte de la inteligencia en el país. Un alto prelado decía en aquellos días (Ver la “República Perdida”): “Entre en un obrero y un estudiante, prefiero un obrero. Porque un obrero tiene un ideal en la vida, trabajar todos los días. En cambio, un estudiante, piensa”. Nada más que decir.
Mientras los militares colocaban y bajaban presidentes de la talla intelectual y moral de don Arturo Frondizi y don Humberto Illia; Perón, desde España, fogoneaba el ambiente con sus cartas y emisarios. La resistencia peronista se fortalecía con las “Formaciones Especiales” y otros grupos de choque que libaban de la Revolución Cubana, idolatraban a Ernesto “Che” Guevara, un delirante y acunaban la idea de la patria justicialista y socialista. Esta visión se respaldaba con la prédica de los curas del “Tercer Mundo”, inspirados en el documento de Medellín y la opción preferencial por los pobres. Para ellos, Cristo, en lugar de una bolsa, portaba una ametralladora.
Esos “jóvenes idealistas” como los llamara la saqueadora del país, Cristina Fernández de Kirchner, comenzaron a militar esa revolución armada. Se iniciaba la década del setenta con el general Alejandro Agustín Lanusse, en la presidencia de la Nación. Lanusse había comprendido el signo de los tiempos, sabía que había que volver a la democracia, pero sin Perón. Su discurso en el Colegio Militar de la Nación, en enero de 1972, desencadenó los hechos posteriores: “Si Perón quiere volver, que vuelva. Pero en mi fuero íntimo digo que no le da el cuero”.
Y a Perón sí le dio el cuero y retornó fugazmente el 17 de noviembre de 1972 (Día del Militante), dejó “organizadas” las cosas y regresó a Madrid. Mientras tanto, el país se bañaba en sangre con atentados diarios, secuestros extorsivos, ataques a unidades militares, bombas en casas particulares y empresas. Demandaría otro libro desgranar las tropelías que cometieron los terroristas agrupados en organizaciones como Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), las FAP, el EMT, y otros grupos que recibían apoyo económico y de armas de Cuba, principalmente.
Todos los días, repito, todos los días, las páginas de los diarios daban cuenta de asesinatos de militares, policías, voladuras de bancos, secuestros y ejecuciones dejaban muertos en los basurales y a la vera de los caminos. Fueron asesinados líderes sindicales, dirigentes políticos, ex funcionarios del gobierno nacional. Uno de los crímenes más espantosos fue el asesinato del capitán de Ejército, Eduardo Viola, ametrallado junto a sus hijas pequeñas, falleciendo la menor de tres años y otra con una bala en la cabeza. La bomba colocada en el edificio donde habitaba el almirante Lambruschini, que destruyó el edificio y mató a su hija Paula.
La bomba que colocó la amiga de la hija del comisario general, Cesáreo Cardozo, bajo su cama que literalmente hubo que despegarlo del techo. La voladura del comedor de la policía federal que mató a 23 personas, y así cientos, miles de actos violentos contra la ciudadanía y el gobierno legítimamente elegido de Perón y su esposa María Estela Martínez.
Dos hechos son puntuales, el secuestro y asesinato del general Aramburu y el asesinato del líder sindical, José Rucci, al día siguiente de asumir Perón su tercera presidencia. Rucci era el “hijo político” de Perón. Fue “un vuelto” de Montoneros para decirle al viejo líder que ellos no iban a transigir con la política de pacificación que pretendía Perón.
Perón diría textualmente en las horas siguientes al asesinato de Rucci, que: “El reducido número de psicópatas que va quedando, sea exterminado, uno a uno, para bien de la República”. Más tarde, fallecido Perón, su esposa, ya presidente, firmaría el Decreto que autorizaba a las Fuerzas Armadas a “aniquilar” a los elementos subversivos. Ese decreto se cumpliría literalmente.
Se iniciaría el “Operativo Independencia”, que habilitaría la propia presidente Isabel Perón yendo a Tucumán, provincia en la que los elementos terroristas se habían formado en el monte con la intención de hacer de Tucumán una zona marxista liberada, un país dentro de un país. Por esos días el desmadre en la Argentina era absoluto. La economía vaciada, desabastecimiento, las universidades tomadas, organizaciones de ultraderecha y paramilitares que ejecutaban operaciones secuestrando, torturando y despareciendo elementos marxistas y terroristas. Fábricas tomadas o cerradas. Bombas cazabobos que se dejaban en cochecitos de bebés en una plaza, el caos imperaba en las calles. Llevar un uniforme era convertirse en un objetivo militar de los terroristas.
Ante ese escenario, las tres corporaciones que manejaron el país decretaron la caída de “Isabelita” el 24 de marzo de 1976.
El Feriado más “Abzurdo”
La represión, el secuestro y la desaparición de personas comenzó antes de esa fecha. Bajo el gobierno constitucional de la viuda de Perón, la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), supuestamente liderada por el entonces ministro de Bienestar Social, José López Rega, ejecutaba indiscriminadamente a todo elemento de izquierda. Decimos “supuestamente liderada”, porque en realidad estaba formada por elementos del Batallón de Inteligencia 601 “Domingo Viejo Bueno”, que ya operaban bajo el mando del mismo Juan Domingo Perón. Allí formaban elementos de la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado), paramilitares, elementos de la policía federal y bonaerense, y policías locales, obviamente.
El 24 de marzo de 1976, el país quedó “bajo el control operacional de las Fuerzas Armadas”, según rezaba el “Comunicado Nro. 1”, leído por el salteño, Vicente Mentesana, locutor de la presidencia durante medio siglo. El presidente de esa Junta Militar que se autotituló “Proceso de Reorganización Nacional”, el general Jorge Rafael Videla, confesaría en un libro que eran unos siete mil los que había que eliminar, pero que las FFAA no estaban dispuestas a pagar el costo de tantos muertos. Allí se instrumentó la infame política de secuestros, centros clandestinos, tortura sistematizada, asesinatos y desapariciones.
Estos mal nacidos que traicionaron el espíritu Sanmartiniano del Ejército Argentino, violaron la Constitución Nacional y cometieron todos esos crímenes de lesa humanidad, fueron formados en la “Escuela de las Américas”, en West Point, donde recibieron instrucción en base a las políticas de guerra urbana aplicadas para combatir insurgentes en Argelia.
Constituyeron una masa de delirantes mesiánicos, apoyados por el alto clero católico argentino que les daba la Comunión, los confesaba y los “perdonaba” porque estaban ejecutando “actos patrióticos”, mientras la economía era entregada a las multinacionales a través del ministro de Economía, Alfredo Martínez de Hoz, nieto del fundador de la Sociedad Rural Argentina. Nuevamente, las tres corporaciones históricas, hundían al país.
La Historia, la Memoria y el Relato
El kirchnerismo, un régimen formado por los terroristas vencidos en esa “guerra sucia”, tomaron revancha política destruyendo a las Fuerzas Armadas y dejando al país indefenso. La ministro, Mirta Garré, había revistado como la “Comandante Teresa” en el batallón “Rosa Monte” en el monte tucumano. El ministro, Jorge Taniana, cargaba con varios muertos en atentados. Se instrumentó una política de negación de la verdad histórica para instalar un relato teñido de una “memoria” adulterada.
Para las generaciones pos kirchneristas, la “historia” comenzó en 1976 y los militares fueron los malos y perversos que mataron a mansalva a “30 mil” de esos “jóvenes idealistas” que sólo querían una “patria justa”. La destrucción del sistema educativo sumó a fijar un relato tijereteado de la historia, parcial y mentiroso.
Hay que decirlo claramente, lo que hicieron los militares NO TIENE JUSTIFICACIÓN ALGUNA. Esas promociones del Colegio Militar de la Nación, deshonraron el uniforme y salvo casos destacados, en Malvinas demostraron su inutilidad profesional. Fueron los soldados, los conscriptos, los que se batieron con fiereza contra el enemigo inglés.
¿Cuál es el problema por el que hoy seguimos exhumando muertos del pasado? Que tampoco hubo justicia. Porque el Juicio a las Juntas mandó a prisión a los jerarcas del genocidio, pero faltaron en esos tribunales los jefes de Montoneros, del ERP, de la Iglesia Católica, los dirigentes políticos que azuzaron esta masacre.
Esa falta de Justicia y Verdad Histórica, permite que un gobierno que se dice “liberal” (habría que ver qué dice Alberdi de eso), con una vicepresidente -Victoria Villarruel- y un hato de fanáticos piense en la liberación de asesinos como Astiz y otros que están en la cárcel. Que piensen en la reivindicación de personajes que deben morir tras las rejas. Que piensen en reiniciar el proceso de caza de brujas yendo “a buscar allí donde estén” a los que no piensan como ellos.
Quieren continuar el cíclico proceso argentino donde el mejor enemigo es el enemigo muerto. Los países europeos, después de dos guerras mundiales en medio siglo, en menos del medio siglo siguiente comandaban el mundo porque habían aplicado la justicia y estudiado la historia.
Nuestra Argentina continuará postergada mientras haya individuos en el poder que se consideren tocados por “Fuerzas del Cielo”, o mesiánicos que pretenden volver a pintar sus vehículos con la nefanda frase “Cristo Vence”, que ostentaban los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo en junio de 1955.
Son retrasados mentales e históricos que siguen pensando en la dicotomía “derecha vs izquierda”, mientras el país continúa hundiéndose.
Nuestra generación ha sido testigo presencial de los hechos sucedidos aquellos días. Vimos los vehículos sin patentes con individuos sacando armas largas por las ventanillas. Presenciamos operativos con personajes armados de civil que pateaban puertas. Vimos los volantes que los subversivos dejaban en los asientos de los taxis. Vimos la caja de lata con la sangre donde asesinaron al coronel Ibarzábal al que tuvieron en cautiverio más de un año. Vimos las bombas preparadas con un cajón de dulce y trotyl, lleno de tachuelas, clavos, tornillos y tuercas para producir un efecto metralla. En Buenos Aires, escuchamos cada noche las sirenas, los disparos y la explosiones. Vimos los frentes de las empresas volados por una bomba. Supimos de familiares caídos por la ráfaga de los terroristas.
A nosotros, que fuimos protagonistas de aquellos días, quieren venir a contarnos la historia.
Repetimos, nada justifica lo que se hizo desde ese 24 de marzo de 1976. Pero exigimos la Historia completa, no el relato subjetivo e ideologizado.
Es hora de recuperar la Historia y eliminar el relato. El revisionismo histórico es positivo, pero cuando se busca la verdad histórica y no la revancha.
Personalmente, siempre he tenido un Ford Falcon, de todos los modelos, menos verde. Quiero un Falcon verde ahora, pero para viajar por el país disfrutando de sus paisajes, de su gente maravillosa, de los pueblos que luchan a diario por sobrevivir. Quiero un Falcon verde para llenar el baúl con las frutas de los Valles Calchaquíes, con las artesanías de la Puna…
Deseo un país que tenga memoria histórica donde el pasado sirva para no repetir lo sucedido, pero que de una vez deje de exhumar muertos para tirárselos al otro bando. Quiero un país con argentinos sin grieta.
Quiero un Ford Falcon verde como el color de la esperanza… Quiero un Ford Falcon verde para viajar hacia el futuro. –