En el mismo lodo, todos manoseaos (Discépolo dixit)

POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ

Jefe de Redacción – www.ernestobisceglia.com.ar

Inefablemente —y casi como una maldición pedagógica— puede afirmarse que en Salta las aguas bajan turbias, como enseñó aquel viejo cine argentino. No porque el río sea malo, sino porque arrastra todo lo que encuentra a su paso. Cuando la calamidad natural golpea a los desposeídos y la política entra en escena, el agua deja de ser infortunio social y pasa a ser utilería. El barro baja turbio, sí; pero hay manos que lo revuelven un poco más para mejorar el encuadre.

La imagen circula sin pudor, replicada hasta el hartazgo: el ministro de Desarrollo Social de Salta, Mario René Mimessi, cual “Aquaman” a la criolla, enfundado en gesto grave, avanza dentro del agua marrón del Bermejo desbordado. La pose es solemne; la escena, inequívoca y grotesca. El funcionario se ofrece como prueba viviente de compromiso, como si el Estado —tarde, otra vez— necesitara mojarse para existir.

Permítaseme la aclaración, por elemental que resulte: Aquaman -como sabéis- es un personaje de fantasía. Tanto como el ministro que camina dentro del río, rodeado de familias que no se internan en el agua por vocación performática, sino porque no tienen dónde quedarse. Triste contradicción trágica de este país, unos se queman inmisericordemente sin ayuda del Estado nacional, y otros se inundan pero con un ministro “in situ”, con los brazos en jarra, en típica pose de “No puedo hacer nada”. Salvo nadar, claro.

La escena pretende ser elocuente. Lo es. Pero no en el sentido que su protagonista imagina. Lejos de constituir un acto político, se convierte en un sainete grotesco, una astracanada hídrica, un esperpento cuidadosamente ensayado. Y una bofetada calumniosa a una ciudadanía que repite -parafraseando- a Cicerón “¿Hasta cuándo Catilina?

El barro llega a la cintura, pero la ironía, bastante más arriba

La ejecución de esta farsa no sólo abruma: provoca una náusea cívica, una repugnancia institucional difícil de disimular ante la obscenidad de ver al ministro “asistiendo” a los inundados. El verbo —inevitablemente— exige comillas. No se trata de asistencia, sino de “acting”. El cuerpo del funcionario se ofrece a la cámara como sustituto de políticas ausentes, mientras el desastre real permanece intacto fuera de cuadro. Un cuadro desbordado por la calamidad.

Vaya, sí, en bonificación del bochorno, decir el riesgo asumido por el ministro, cual Moisés, echado a las aguas, expone bajo el nivel sus partes pudendas en esa zona donde como cantan “Las Voces de Orán”, “un dorado voraz salió de caza”. O sea…

Nadie piensa que esta fantochada es inocua. Este mamarracho daña la imagen del gobierno provincial y confirma la pedagogía perversa largamente perfeccionada por la política argentina: cuanto mayor es el fracaso estructural, mayor es la teatralización del auxilio. El agua, en este esquema, no es tragedia sino recurso narrativo. El barro, certificado moral.

Conviene recordar -pues la memoria también es una forma de higiene pública- que este Mimessi no es un improvisado en el arte de llegar tarde para certificar desastres sociales. Recordad cuando fue intendente de Tartagal que dejó a ese municipio incendiado, literal y políticamente. Hoy, con una coherencia que roza lo patológico, avanza en las aguas fangosas del Bermejo. Cual dios Jano, tiene dos caras: el Nerón que incendia su propia ciudad y el Poseidón que pretende gobernar las aguas.

No inaugura nada. Continúa una lógica: llegar siempre después y llevarse la foto. Entre un episodio y otro, queda fijado el ridículo. Y de ese territorio, bien se sabe, no se vuelve.

“En el mismo lodo, todos manoseaos”

Pero el tango también enseña algo más fino: no todos se manosean igual. Algunos están en el barro porque la crecida los arrasó. Otros, porque eligieron entrar con las botas del poder, sabiendo que el barro rinde mejor que cualquier discurso. Pero ¡cuidado hombres de nefandos procederes!, el fangal suele tragarse a los ineptos. Para unos, el agua es pérdida. Para otros, oportunidad simbólica.

¿Cuándo estos impostores de la cuestión social comprenderán que la calamidad de los pueblos no necesita ministros empapados? ¡Necesita políticas secas, sólidas y previas! Lo demás es coreografía barata: barro hasta la cintura, solemnidad impostada, bolsón salvífico y memoria corta.

El agua bajará. La foto quedará. Y el lodo -ese que no se ve- seguirá manoseándolo todo… y a todos.

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