POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
“Lo único que se puede hacer en América es emigrar”.
La frase, atribuida a Simón Bolívar en su vejez amarga, suele citarse como gesto de desencanto personal, casi como una confesión privada de derrota. Pero leída con cuidado, no es un llamado a la huida sino una sentencia sobre la imposibilidad de gobernar pueblos que se niegan a madurar. Y la imposibilidad de crecer en lugares donde a los gobernantes no les interesa que el pensamiento colectivo florezca.
Bolívar no hablaba de pasajes ni de valijas. Hablaba de exilio intelectual.
Después de haber soñado repúblicas, constituciones, ciudadanía y ley, Bolívar descubre que América no fracasa por falta de héroes sino por exceso de caudillos; no por ausencia de ideas sino por rechazo sistemático a la inteligencia. Su desaliento no nace del cansancio físico, sino del hartazgo moral: la lucidez no encuentra lugar donde anclar.
Han transcurrido dos siglos desde que se pronunciara aquella frase y todavía resuena con crudeza, sobre todo, en las provincias del Norte argentino, donde la emigración no es geográfica sino mental.
En estas aldeas, el que piensa se va; el que cuestiona estorba; el que lee es sospechoso. No se expulsa al disidente con violencia, sino con asfixia cultural.
El Norte no es pobre: está empobrecido. Y no por fatalidad histórica, sino por una combinación letal de clientelismo, caudillismo tardío, cerrojos eclesiásticos y resignación aprendida. La política no gobierna: administra la quietud. La educación no emancipa: adormece. La cultura no incomoda: entretiene, la religión no libera, encadena a las almas.
En ese contexto, la frase de Bolívar deja de ser profecía y se vuelve rutina. Los jóvenes más lúcidos deben emigrar a Buenos Aires, a Córdoba, incluso a Tucumán, donde la afluencia de estudiantes de varias provincias a sus universidades le ha dado un matiz un tanto más liberal. Deben emigrar en una posibilidad de máxima al exterior. Y los que se quedan, muchas veces, deben emigrar hacia adentro: callar, adaptarse, fingir mediocridad para sobrevivir. Es el exilio sin pasaporte.

La cultura y el pensamiento no fluyen, no florecen, porque las universidades locales son guetos que se retroalimentan. No están integradas social ni políticamente como ocurre en las provincias centrales, donde sobre todo los municipios trabajan con los estudiantes. En nuestras aldeas, el pensamiento permanece envasado en los claustros mientras los gobiernos practican su autismo político, ya porque los funcionarios no son eficaces en materia académica, ya porque no les conviene integrar los equipos con gente pensante.
No se fomentan publicaciones universitarias de carácter científico, filosófico o pedagógico. Las universidades no tienen presupuesto para eso, y los gobiernos prefieren derivar millones para mantener un pseudoperiodismo flácido, sumiso, mediocre, ocupado en publicar “El diario de Yrigoyen”.
Se dice que en la guerra la primera víctima es la verdad. En estas aldeas, la primera víctima es la cultura. Véase el ejemplo de la Universidad Nacional de Salta que eliminó la orquesta que se había constituido y que tenía un nivel muy aceptable para ser un ensamble de reciente creación. ¿El pretexto? El presupuesto…, que no insumía entonces más de dos millones de pesos.
En un tiempo pasado, la UNSa, publicaba trimestralmente «Andes«, una publicación que contenía investigaciones de toda índole de alto valor académico y científico. El Instituto Güemesiano de Salta, publicaba mensualmente «El Boletín del Instituto Güemesiano», con investigaciones de los más reputados historiadores y estudiosos. Esto era una obligación del Estado en virtud de un Decreto del año 1972. El último Boletín -su borrador- está esperando ver la luz en una imprenta desde el año 2005.
Los proyectos culturales de jóvenes valores no hallan fomento en los gobiernos, mucho menos en los municipios; sencillamente porque la mayoría de los intendentes cuando encuentran un libro buscan dónde está el botón de “play”, o son literalmente verdaderos ágrafos. El festival local ha reemplazado toda otra posibilidad de expresión cultural o intelectual.
Pero atención: Bolívar no se fue porque América fuera irremediable; se fue porque América no quería ser república. Prefería la obediencia al pensamiento, el jefe al sistema, el favor a la ley. Esa tensión sigue intacta.
He allí el drama del Norte argentino -y de buena parte del país-, no se trata tanto de la falta recursos sino de la hostilidad hacia la lucidez. Al fin de cuentas, Sarmiento tenía razón cuando renegaba de los caudillos, porque los municipios son tales en su forma orgánica, más en la realidad son feudos administrados por caudillos que todavía practican el derecho de pernada.
¿Qué idea puede prosperar allí donde -como ya hemos advertido-, se confunde la cosa pública con la cosa púbica?
Se tolera al artista mientras no piense; al intelectual mientras no moleste; al docente mientras no eduque demasiado. Todo aquel que introduce complejidad es visto como una amenaza al orden chato de lo conocido.
Por eso emigrar, hoy como ayer, no es sólo irse: es la única estrategia de supervivencia de la inteligencia en territorios donde pensar implica quedar solo.
La pregunta, entonces, no es si hay que emigrar, sino si algún día estas provincias estarán dispuestas a pagar el precio de lo contrario: aceptar el conflicto que trae la inteligencia, soportar la incomodidad del pensamiento crítico y renunciar a la tutela permanente del caudillo de turno.
Hasta que eso ocurra, la frase de Bolívar seguirá vigente, no como consejo, sino como epitafio anticipado de cada talento que hace las valijas. –
