POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El 3 de julio de 1933, una Buenos Aires gélida fue testigo de uno de los fenómenos de fervor unánime más impactantes de nuestra historia. Aquel día no se enterraba simplemente a un expresidente derrocado; se despedía al hombre que había mudado el alma de la República. Una multitud inabarcable, desbordando calles y balcones, arrebató el féretro de la carroza fúnebre para llevarlo en andas, hombro a hombro, hasta su descanso final. El pueblo llano, aquel que Don Hipólito Yrigoyen había redimido, dictaba en silencio el veredicto definitivo que las armas del golpe de 1930 habían pretendido sepultar.
La figura de don Hipólito Yrigoyen emerge en el devenir nacional con la fuerza de un apostolado. Antes que un líder de masas, fue un conductor ético. En tiempos donde el ejercicio del poder se refugiaba en los salones de una oligarquía que miraba a Europa y temía al arrabal, el «Peludo» eligió la mística de la austeridad franciscana. Desde su modesta casa de la calle Brasil, donde atendía a menesterosos y ministros por igual, dictó la primera condición innegociable de la función pública: la decencia absoluta y el despojo personal. Quien donaba sus sueldos no acumulaba riquezas materiales; edificaba una autoridad moral indestructible.
Esa autoridad fue el motor de la «Reparación Histórica». Yrigoyen no concebía la democracia como un mero formalismo electoral, sino como una causa sagrada de restitución de la dignidad popular. Su intransigencia y su perseverancia civil forzaron la apertura de las urnas y, en 1916, el «pueblo secreto» ingresó por primera vez a la Casa Rosada. Se iniciaba una era donde el voto dejaba de ser un privilegio de casta para convertirse en el escudo de los desposeídos.
Pero su civismo no se agotaba en la frontera doméstica. Don Hipólito plantó la bandera de la soberanía nacional con una firmeza que todavía estremece. Sostuvo la neutralidad argentina frente a las presiones de las potencias globales en la Gran Guerra y, con una visión estratégica de futuro, fundó Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Comprendió, antes que nadie, que la emancipación política es una ficción si no se defienden con uñas y dientes los recursos de la Patria.
El epílogo de su vida pública conoció el calvario: la traición infame del golpe, la prisión en la isla Martín García, el saqueo de su humilde mobiliario por el odio de los conversos. Sin embargo, la historia, que suele ser justa cuando descansa en la memoria de los pueblos, transformó aquel dolor en inmortalidad.
Hoy, ante los desafíos de un tiempo que a veces parece desdibujar los faros institucionales y la identidad colectiva, la memoria de Don Hipólito Yrigoyen no debe ser un bronce inerte.
Su legado nos interpela como una llama votiva. Recordarlo este 3 de julio es volver a mirar al hombre que caminaba entre la gente común, que gobernó para los postergados y que demostró que el destino de una Nación sólo es grande si se construye sobre las bases gemelas de la soberanía nacional y la decencia cívica.
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