POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Los políticos no visitan los cementerios. No los recorren, no los conocen ni los meditan. Nuestra cultura nos ha enseñado -o diseñado- para ir a los cementerios a depositar a los difuntos queridos, cercanos o conocidos. Nos han programado volver a los camposantos para “visitar” a los que ya no son, casi una cortesía póstuma, un tanto extraña porque el homenajeado ya no está. Muy ajustada al caso es aquella frase de Groucho Marx: “Disculpe que no me levante a saludarlo”.
Hay quienes recorremos los cementerios en busca de la historia y de las historias. Lo hacemos desde una visión académica, si se me permite el término, porque es una forma de hallar el pasado, de verlo, de tocarlo. La otra es abrir un libro y leer la historia. En los cementerios la vemos y podemos conocer el carácter, el gusto, la posición social y si uno es detallista, hasta las excentricidades de los que guardan sus despojos allí. Quienes investigan la historia desde esta óptica, en el futuro próximo se hallarán con el problema de que los cementerios dejarán de existir porque los cuerpos ahora se creman, se volatilizan.
Ahora, el hombre ya no muere, sino que es biodegradable, lo mismo que un detergente. Ni rastros de su paso por esta Tierra quedan.
Pero hay incluso, otra manera de recorrer esas callejuelas que parecen solitarias, pero aunque parezca delirante, están habitadas. Se aprende a desarrollar una sensibilidad tal que permite comprobar que aquello es un vecindario espiritual muy animado. Si, parece una afirmación demencial, pero es contundentemente veraz. Esa, es la visión ética y moral de mirar aquella historia amortajada en los mausoleos.
Cuando miramos la ciudadela de los difuntos advertimos cómo hasta en la muerte somos socialmente diferentes. Y aquí es donde se encuentra la razón por la que los hombres del poder debieran visitar los cementerios; porque advertirían que toda ansiedad y codicia por la acumulación, toda lujuria cárnica y dineraria, es lo que San Pablo advierte: “Lo que el mundo llama… (acumular, asegurar, blindarse) ante Dios es pura insensatez” (1Cor. 3, 18-19).
Debieran contemplar los “poderosos” la riqueza y los oropeles de bronce que ornan el mausoleo de quien en vida tuvo “la suma del poder y del dinero”. Contemplar el féretro lujoso, con el Crucificado en bronce resplandeciente sobre la tapa, el anillo trabajado del mismo metal que lo ciñe; y luego, caminar unas cuadras hasta el sitio donde yacen los que nada fueron, los que nada tuvieron, ahora abrazados por la tierra inerme, sólo señalados por una cruz desvencijada y ya sin nombre siquiera. Como dice la sentencia de la fosa común: “Sólo conocidos por Dios”.
En el cementerio, los poderosos comprenderían por fin lo que es la democracia. Allí es donde verdaderamente se cumple para todo el principio griego de la isonomía (igualdad). Allí es donde se cumple a rajatabla el Artículo 16 de la Constitución Nacional: todos iguales ante la ley. Y como una paradoja tragicómica, también la condición de “idoneidad” para ser aceptados. Todos -ellos los primeros-, somos idóneos para morir.
¿Cuál es la diferencia entre el encumbrado que se pudre entre mármoles y aquel ignoto que lo hace bajo tierra? Al menos en este mundo, ninguna.
Debieran los poderosos recorrer los cementerios para meditar con Pablo también aquello que dice “Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.” (1Tim. 6, 7-8).
Porque sepan que los lujos y los placeres, una vez ingresados en la ciudadela de Tanatos, serán una pesada carga cuando el Padre pida cuentas de lo que hicieron con lo que tuvieron.
La diferencia estará, según advierte el texto del Requiem en el descanso posible según aquella frase final pronunciada antes de ser depositados: “Descansarán en paz de sus trabajos, porque sus obras lo acompañan” (Ap. 14).
¿Descansarán en paz quienes dejan a los suyos bolsas rebosantes de dinero, pero llegan “Allá” con las manos vacías de obras?
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
