ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTOBISCEGLIA. – “Tutto è compiuto” (“Todo está cumplido”), fueron las palabras de Jesús en la cruz, y son también las que algunos de los colaboradores más próximos al papa Francisco han susurrado en los pasillos vaticanos. Internado en el Hospital Gemelli de Roma debido a una neumonía bilateral, su estado de salud ha encendido todas las alarmas. Aunque los partes médicos intentan ser cautos, la realidad es que una recuperación plena parece una posibilidad ya remota. Aun si sobrevive a esta crisis, su pontificado, en los hechos, podría considerarse terminado.
Un pontificado en su ocaso
Desde su llegada al trono de Pedro en 2013, Francisco ha intentado imprimir un carácter reformista a la Iglesia Católica, encontrando una feroz oposición dentro de los sectores más conservadores del Sacro Colegio Cardenalicio. Las resistencias no han sido sólo teológicas sino políticas: reformas que afectan privilegios, influencias y el control sobre las finanzas vaticanas han encontrado un muro infranqueable.
Con la avanzada edad del papa y su frágil estado de salud, el Vaticano ya ha puesto en marcha el protocolo de sucesión. La gran incertidumbre es si Francisco sigue ocupando su habitación en el Gemelli con plena capacidad de decisión o si, en términos operativos, la Iglesia ya lo ha congelado en la memoria institucional.
El protocolo de sucesión y los nombres en danza
La gravedad del estado del pontífice ha acelerado las especulaciones sobre su sucesión. Entre los llamados «papables» figuran el cardenal filipino Luis Antonio Tagle, el italiano Matteo Zuppi y el secretario de Estado vaticano Pietro Parolin. Tagle, cercano a Francisco, representa una línea de continuidad con su visión progresista, mientras que Parolin podría equilibrar tendencias. Zuppi, por su parte, es una figura que podría atraer a sectores moderados.
El próximo cónclave será, sin duda, una batalla de poder que definirá si la Iglesia sigue el camino aperturista que intentó Francisco o si regresa a posturas más conservadoras. De todas maneras, se repetirá el relato de la asistencia divina, cuando en realidad y como ha sido siempre, el Espíritu Santo no estará invitado ni siquiera a estar sentado en las puertas de la Capilla Sixtina.
¿Un tiempo de profecías?
La inminente transición en el Vaticano ocurre en un contexto de crisis global. Las tensiones geopolíticas, el deterioro ambiental y la pérdida de valores tradicionales en la sociedad han llevado a algunos a ver en estos tiempos una coincidencia con las profecías bíblicas. En este marco, la elección del próximo papa podría ser interpretada no sólo como un evento político eclesiástico, sino como un signo de los tiempos.
¿Qué le espera a la Iglesia Católica?
Con la partida de Francisco, la Iglesia enfrenta un desafío crucial: redefinir su papel en un mundo donde su influencia está en franco retroceso. La pugna entre progresistas y conservadores se recrudecerá y el nuevo pontífice deberá elegir entre adaptar la institución a las nuevas realidades o reforzar su carácter tradicional para preservar su esencia.
La pregunta ya no es sólo quién será el próximo papa, sino qué Iglesia recibirá y qué Iglesia intentará construir. La sociedad actual, dominada por lo inmediato y lo digital, impone desafíos inéditos a una institución milenaria. ¿Será posible atraer a las nuevas generaciones, que han reemplazado la búsqueda espiritual por la retroalimentación constante de sus pantallas?
En este mundo secularizado, la Iglesia tiene dos caminos: o renuncia a las estructuras de poder que han empañado su mensaje evangélico, o se resigna a convertirse en una institución meramente testimonial. ¿Es el tiempo de la Iglesia que quiso Juan Pablo I y que le costó la vida? ¿Se concretará finalmente el sueño de Francisco de «¿una Iglesia pobre y para los pobres”, como supo afirmar al asumir el Trono de Pedro?
Lamentablemente, desde la perspectiva argentina y latinoamericana, su legado quedará marcado por su complacencia con los dictadores de izquierda del continente sudamericano y por haber convertido al Vaticano en algo más cercano a una unidad básica que a un Estado con influencia global.
El reloj avanza y el Vaticano ya mueve sus fichas. La historia de la Iglesia está a punto de entrar en un nuevo capítulo. Quizás el definitivo.