POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
¿Qué nos ha pasado? ¿Dónde quedó aquella Argentina que se pensaba -y se pensaba a sí misma- como uno de los países más cultos de Sudamérica? Tal vez el más ambicioso en ese terreno, al que llegaban estudiantes de distintos confines para formarse.
En los años sesenta del siglo pasado existió una juventud con un nivel académico notable, atravesada por debates, lecturas y una idea exigente de lo público. No exagero si digo que ese tiempo se quebró, simbólicamente, en la Noche de los Bastones Largos, bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía.
Hoy, los intelectuales de fuste parecen una especie en retirada. Ya no encontramos en los quioscos -como ocurría antes- a Bunge, Ingenieros, Korn o Quesada. Tampoco resultan habituales las conferencias de figuras como fueron Félix Luna, Armando Raúl Bazán o José Ignacio García Hamilton. Hubo un tiempo en que promovíamos esas charlas, las organizábamos y hasta el Estado provincial colaboraba con pasajes y estadías para que esos hombres pudieran estar en Salta. Incluso a personajes tan controversiales como Jorge Asís supimos convocar. Hoy no hay respaldo ni para montar un teatro de títeres en una plaza.
Pero no fue la censura, ni la persecución, ni siquiera el exilio lo que marcó el verdadero ocaso del intelectual público. Fue algo mucho más eficaz y menos visible: el aplauso convertido en like. El intelectual desplazado por el influencer.
Durante buena parte del siglo XX, los pensadores fueron incómodos para el poder. No porque buscaran provocar, sino porque no hablaban para agradar. Pensar era exponerse (y sigue siéndolo). La palabra crítica implicaba un riesgo real. Hubo excepciones, claro: quienes pusieron su saber al servicio de gobiernos de turno. Pero, en términos generales, la incomodidad era una marca constitutiva del pensamiento.
Hoy asistimos a una mutación silenciosa. El intelectual no ha desaparecido: se ha adaptado. Se volvió previsible, cuidadoso, estratégicamente tibio. Sigue hablando, pero ya no arriesga. Cambió la incomodidad por la aceptación, la disidencia por la estadística, la palabra crítica por el rendimiento del post.
Las ideas incómodas ya no circulan, no porque el Estado las prohíba, sino porque dejó de tolerarlas en el espacio público. En este proceso, el algoritmo cumplió un papel decisivo, instaurando una forma de censura -y autocensura- elegante, casi imperceptible. Hoy los gobiernos no necesitan prohibir: les alcanza con ignorar.
Este clima, sumado a un deterioro general del conocimiento, ha dado lugar a una nueva clase de “intelectuales” que hablan dentro de los márgenes de lo aceptable, opinan allí donde saben que serán celebrados y evitan los territorios que generan fricción. No los mueve la convicción, sino el cálculo. No los guía la verdad incómoda, sino la reacción esperada.
Hay algo particularmente inquietante en este proceso: la transformación del pensamiento en performance. El intelectual ya no interviene para abrir una grieta, sino para sostener una identidad. Opina para reafirmarse ante su audiencia, no para interpelarla. El pensamiento crítico se vuelve entonces una pose, una estética, un gesto reiterado que ya no duele.
No se trata de nostalgia ni de idealizar un pasado heroico. Se trata de constatar un desplazamiento. Antes, el riesgo era político o social; hoy es algorítmico. Antes se pagaba con persecución; ahora, con invisibilidad. Y el precio de esa invisibilidad resulta, para muchos, demasiado alto.
Tal vez el problema no sea que ya no existan intelectuales públicos, sino que el espacio público dejó de ser un lugar para el pensamiento incómodo. En ese vacío, la crítica no muere: se repliega, se disfraza o se vuelve un murmullo. Y el like, obediente y puntual, certifica cada día esa derrota silenciosa. –