El Norte Grande o la resurrección de una gran Idea

POR ERNESTO BISCEGLIA. – En varias ocasiones nos hemos referido al significado que tiene para Salta y la Región, el Norte Grande, aquella idea gestada por Roberto Romero que sobrevivió durante décadas sólo en los papeles, pero nunca alcanzó entidad de realidad. De hecho, si los gobiernos subsiguientes hubieran mantenido el impulso que el Norte Grande necesitaba, consolidándolo como un verdadero bloque comercial, quizás no sea desatinado decir que el Mercosur no habría existido y Salta hubiera sido el epicentro político y comercial de ese enorme mercado.

No es una sobrevaloración exagerada plantearlo así, porque -también lo hemos tratado en varias ocasiones-, la provincia de Salta mantiene una posición geopolítica estratégica desde los tiempos del Imperio Inca; incluso, si se quisiera ahondar, hasta en materia metafísica, pues, esta zona pareciera tener alguna impronta espiritual. Los incas caminaban hasta 500 kilómetros para realizar sus ofrendas en las altas cumbres de estas latitudes. La mayor celebración Cristocéntrica de la Región tiene un origen portentoso que inicia en el Alto Perú y se deposita en Salta.

Todo pasaba por Salta en tiempos de la colonia. Luego de las reformas de los Borbones (Carlos III) en 1776, cuando se dividió el virreinato en Alto Perú y Río de la Plata, fue necesario ubicar un punto estratégico entre ambas capitales (Lima y Buenos Aires), y por mandato del Virrey Francisco de Toledo, luego de algunas fundaciones fracasadas, Hernando de Lerma, consiguió establecer Salta, que rápidamente se convirtió en el enclave más importante económico, político, militar y cultural. La cría de mulas y el pastaje fueron los mayores negocios de la época, con un tráfico de intercambio de minerales, mobiliario, imaginería, etc., de alto grado comercial.

Desde esos lejanos tiempos precolombinos, sobresale ya el nudo de caminos que atravesaba a Salta, desde el Alto Perú a Buenos Aires, y desde el Chaco Gualamba hasta el Pacífico. Ese articulado nodal se mantiene hasta el día de hoy. Pero claro, el centralismo porteño terminó fagocitando para sí toda posibilidad de desarrollo de esta Región.

Incluso durante la Guerra de la Independencia las batallas decisivas y los combates que detuvieron al ejército que había vencido a Napoleón, fueron obra del gauchaje salto-jujeño y altoperuano. Después del Combate de San Lorenzo, del 3 de Febrero de 1813, ninguna otra acción de armas tuvo lugar más allá de los límites de Salta. Buenos Aires, más es lo que estorbó la labor del General Martín Miguel de Güemes, que lo que pudo colaborar. De allí que no sea exagerado entonces decir que la libertad de la Sudamérica y esa idea de la Patria Grande de nuestros Padres de la Patria, se fraguó en Salta.

Antecedentes demás explícitos para reclamar hoy la restitución histórica que el país le debe a Salta y a la Región, para decir también que el federalismo tiene que dejar de ser una aspiración que provenga de Buenos Aires porque jamás llegará, sino que el federalismo tiene que construirse desde Salta para el país. Por su aporte histórico y económico y porque la Región es anterior al país, Buenos Aires, debiera estar viniendo a pedir con la mano extendida a Salta y no al revés, como todavía sucede.

En los días pasados, el gobernador, Gustavo Sáenz, en un lúcido discurso le dio tono político a toda esta cuestión del Norte Grande, señalando que hay que pasar de la faz declamativa a la acción política. Y añadió un punto que tal vez sea el más importante: Sin la participación de todos, el Norte Grande no será posible.

En su llamado a una unidad de criterio que ponga en valor estas ideas, Sáenz, señaló algo que venimos proponiendo desde distintos escritos nuestros: que la hora reclama un gesto de grandeza de toda la dirigencia política, de los sectores sociales y productivos, donde converjamos en torno a una mesa multipartidaria de diálogo en un marco de CONSENSO establecido a partir de las COINCIDENCIAS. Diferencias tenemos todos y de todo tipo, por eso es momento de buscar las coincidencias porque está en juego nuestra existencia vital y la herencia que dejemos a los venideros.

Entendemos también con el gobernador, que sin conocimiento no podemos hallar esas coincidencias. Cuando decimos esto, hablamos de que hoy podemos tener diferencias políticas, pero nos une el pasado común, la historia y la cultura. El problema es que Salta todavía adeuda una pedagogía de la Gesta Güemesiana y Belgraniana y una tarea cultural que nos encuentre a todos.

Para comprenderlo mejor, necesitamos una tarea de desarrollo cultural que enhebre desde el artesano aborigen hasta la Orquesta Sinfónica de Salta. Porque Cultura, no es lo uno o lo otro, sino lo uno y lo otro. En el camino todo, tal como lo señala la definición más clásica: “Cultura, es el hombre que camina.”

En nuestro caso particular, hemos dicho también que hay que formar un encuentro multipartidario inspirado en aquella frase de Don Hipólito Yrigoyen: “No venimos en contra de nada ni de nadie, sino a favor de todos”. Quedan dos años de la Gestión Sáenz donde de acuerdo como se ha puesto la situación nacional hay que consolidar la gobernabilidad para que Salta sea sustentable y recupere -como lo viene haciendo- el liderazgo de esta Región histórica como lo hemos señalado “ut supra”.

¿Cómo lo haremos? Inspirados también parafraseando al general Perón: “Porque para un salteño, no hay nada mejor que otro salteño”. Si no salimos cada uno del metro cuadrado de confort, el anarcocapitalismo reducirá las riquezas minerales, agroganaderas, gasíferas, petrolíferas y culturales de los salteños a un valor en la Bolsa.

El problema será que los salteños estaremos fuera de esa cotización. Por estas razones, es necesario que todos los que nos interesa el progreso de la provincia y de la Región, comencemos a pensar en hacer que de una vez resucite esa idea del Norte Grande.

Hay que comenzar a marchar, y parafraseando al Dr. Raúl Alfonsín, decimos “Cuando alguno distraído nos vea marchar y pregunte ¿Por qué marchan?”, respondamos; marchamos para constituir la unidad regional, preservar los valores de nuestra historia y nuestra cultura, afianzar nuestra identidad común; contribuir al fortalecimiento del patrimonio intangible y económico, y asegurar los beneficios de la libertad de mercado, para nosotros y para nuestra descendencia.