POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay imágenes que no deberían existir. Porque laceran el alma y dañan la conciencia. El espíritu se estremece frente a la instantánea que muestra a un animal calcinado, detenido para siempre en el gesto inútil de huir. Un árbol centenario convertido en humo en cuestión de horas. Y la peor de todas, aquella que grafica la impotencia de un niño, de una anciana, mirando cómo el agua se lleva su casa, su escuela, su mañana.
Toda esa tragedia humana condensada fríamente en titulares que resumen el dolor en la expresión “catástrofe natural”. ¡Pero mienten! Porque el negocio de lo morboso impera antes que la desesperación de miles que lo pierden todo y millones que miran impávidos como la destrucción es una noticia más.
Nadie toma conciencia de que no se trata “de aquel bosque que arde”, de “ese río que inunda una comarca”. Porque la distancia no nos hace extraños ¡Es nuestro bosque! ¡Es nuestra comarca! ¡Es nuestro país y son nuestros hermanos!
La naturaleza no arrasa por placer, no castiga, no especula, cumple ciclos y siempre son para renovar; porque la Tierra es generosa. Por algo nuestros ancestros la llamaron “Madre Tierra”. La Pacha, entre nosotros, los del Norte. El que quema, el que desmonta, el que drena, el que contamina, el que lucra con la tierra ajena tiene nombre, rostro y firma. Es el hombre. Ese que aprendió a llamarse civilizado mientras perfeccionaba su capacidad de destruir.
Los incendios no solo devoran hectáreas. Devuelven a cenizas el derecho más elemental: el derecho a existir. Mueren animales que no conocen de balances, ni de mercados, ni de elecciones. Mueren árboles que daban sombra antes de que existieran los cargos, los títulos y las excusas. Muere un equilibrio que no se puede votar ni indemnizar.
Y mientras tanto, el hombre mira… o peor, aún, prende fuego. Inunda, depreda.
Estos “desastres naturales” tampoco son castigos divinos. Son la consecuencia de ríos violentados, humedales asesinados, bosques borrados del mapa para que entren máquinas, soja o negocios que duran lo que dura un mandato.
Cuando el agua avanza, no distingue ideologías. Pero siempre golpea primero a los mismos: a los que menos tienen, a los que no decidieron, a los que jamás firmaron el permiso para ser arrasados. Y paradojicamente, a los que siempre cuidaron aquello que ahora los destruye.
Ahí, en ese barro espeso, en las cenizas que tiznan rostros inocentes, se violan derechos humanos básicos: el derecho a la vivienda; a la alimentación; a la salud; a un ambiente sano; a un futuro posible. Y sin embargo, seguimos llamándolo “desastre natural”, como si eso nos absolviera.
El problema no es la naturaleza. El problema es una cultura que convirtió al otro en obstáculo y al territorio en botín. Porque el hombre ya no es hermano del hombre. Es su competidor, su depredador, su verdugo silencioso.
Y lo más grave: pareciera que hemos aprendido a no llorar. Hemos perdido el significado profundo de la palabra compasión. La apatía generalizada desnuda que la solidaridad pareciera haber sido también incinerada entre esas llamas.
No nos damos cuenta que los derechos humanos comienzan con la tierra, con lo que ella nos da. Porque somos humanos, precisamente, porque provenimos del humus. ¡Somos la Tierra!
Ella es la garante de nuestra existencia y en un tiempo donde pontificamos y sacralizamos los derechos humanos, paradójica y cruelmente, somos la causa de la primera y más grave de las violaciones a los mismos, aquella de dañar el medio ambiente, sin darnos cuenta de que nos estamos suicidando colectivamente. Lentamente. Violando así el primer y más elemental derecho a la Vida.
El llanto no apaga incendios, no anega pueblos, apenas es un insignificante consuelo por el monte que ya no está. Por los animales que murieron sin entender por qué. Por las familias que perdieron todo sin haber provocado nada. Debemos llorar por nosotros, que sabemos lo que pasa y aun así seguimos adelante, como si no fuera con nosotros.
Porque cada incendio tolerado, cada inundación anunciada y no evitada, cada bosque entregado, es una renuncia ética. Y en ese renunciar a la ética estamos comenzando a perder la condición humana.
Es hora de comprender que los derechos humanos no terminan en el cuerpo humano. Empiezan allí, pero se proyectan en la tierra que habitamos, en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en la vida que compartimos con otras especies.
Defenderlos no es una consigna: es una forma de llorar a tiempo, antes de que ya no quede nada porque llorar. Porque cuando el Creador dijo “aprópiense del mar y los peces, del aire y las aves, y de cuanto hay en la Creación”, no mencionó apropiarnos del hombre. Ese límite ya ha sido superado por una humanidad que ya no sabe mirarse sin vergüenza.
Cinco siglos antes de Cristo, en Grecia, Plauto sentenció: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit.”, es decir: “El hombre es un lobo para el hombre, no un hombre, cuando no sabe quién es el otro.”.
Hoy, aquella sentencia clásica asume la condición de una observacion amarga sobre la desconfianza, la astucia y la crueldad entre desconocidos.
El problema, es que no hemos comprendidos que aunque no conozcamos a los que depredan y a los que sufren, al fin de cuentas, ellos y nosotros, somos lo mismos. Porque ante el desastre todos somos Uno solo.