¿El Hitler de Trump? Stephen Miller, el ideólogo que convierte el odio en política (Video)

REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar

No se trata de una comparación histórica literal, sino simbólica. Stephen Miller no desfila entre antorchas ni lidera multitudes hipnotizadas, pero piensa el poder con la frialdad del doctrinario. Es el ideólogo en las sombras del universo Trump, el hombre que no gobierna pero diseña, que no grita pero redacta, que no dispara pero ordena el terreno donde otros lo hacen. Llamarlo “el Hitler de Trump” funciona como una alarma retórica: detrás del showman hay doctrina, y detrás de la doctrina, una idea peligrosa de mundo.

Miller, asesor central de la Casa Blanca y enemigo declarado de los migrantes, es señalado como el autor intelectual de las políticas más inhumanas del trumpismo. Desde la separación de familias en la frontera hasta las redadas masivas del AIS, pasando por el encierro de niños en jaulas y la criminalización sistemática del extranjero, su firma ideológica atraviesa cada decreto que convierte la xenofobia en política pública. Para él, la migración no es un fenómeno social: es una amenaza existencial.

La obsesión viene de lejos. Ya en su adolescencia, Stephen Miller mostraba una furia identitaria precoz: detestaba oír español, proclamaba que América debía ser sólo para los americanos y repetía sin pudor consignas de pureza nacional. Lo que entonces era resentimiento juvenil hoy se expresa como poder de Estado. Su credo es simple y brutal: orden, fuerza y exclusión.

Pero Miller no se conforma con levantar muros. Su visión del mundo es abiertamente imperial. Ha defendido la idea de que Estados Unidos tiene derecho a tomar Groenlandia si así lo exige su interés estratégico, bajo una lógica decimonónica donde el territorio vuelve a ser botín y la soberanía ajena un detalle negociable. En esa misma clave se explica su rol en la política hacia Venezuela, donde integra el reducido círculo encargado de supervisar la transición y garantizar, bajo el ropaje del orden, el control de los recursos.

El dato que incomoda es otro. Stephen Miller, criado en una familia judía acomodada, abraza sin rubor la teoría conspirativa del “gran reemplazo”, un relato que imagina a los migrantes como invasores y a la diversidad como conspiración. En esa paradoja —origen y doctrina en conflicto— se revela el núcleo del problema: no se trata de identidad, sino de poder. El supremacismo no es étnico; es jerárquico.

Stephen Miller no es Hitler. Es más funcional a nuestro tiempo. No necesita un partido único ni una estética totalitaria: le basta con el lenguaje técnico, el decreto administrativo y la naturalización del odio. Es el burócrata del autoritarismo contemporáneo, el arquitecto de un orden donde la violencia no se declama, se gestiona.

Y ahí reside el peligro. Porque los grandes desastres políticos de la historia no siempre comenzaron con discursos incendiarios. A veces empezaron con un asesor discreto, una idea “razonable” y una pregunta que nadie se animó a frenar a tiempo.