POR ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El presidente, Nicolás Avellaneda, en ocasión del traslado de los restos del General Manuel Belgrano al mausoleo que los custodia hoy, expresó que: “Los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de su destino, y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor preparan su porvenir.» Es un texto que en esta fecha adquiere un altísimo valor simbólico y político, ya que expresa con claridad cómo Avellaneda concebía la relación entre memoria histórica, identidad nacional y proyecto de país.
Cuando el país celebra otro Aniversario de la llamada “Revolución de Mayo”, el gobierno nacional publica los decretos 345 y 346/2025 que disuelven el Instituto Nacional Belgraniano, el Browniano, los que preservan y difunden archivos y piezas históricas de Jorge Newbery, además de los institutos nacionales Eva Perón, Sanmartiniano, Yrigoyeneano y Juan Manuel de Rosas; la Conabip, que articula una red federal de bibliotecas populares que garantizan acceso gratuito al libro y al conocimiento a miles de argentinos y la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos.
Evidentemente, hay que leer bajo el agua y hallaremos que estos decretos reflejan una decisión política que va mucho más allá de una reestructuración administrativa: es una redefinición del papel del Estado en la promoción y preservación de la memoria colectiva, la identidad cultural y el conocimiento histórico. Es un atentado a la conciencia y cultura de los argentinos.
Si a esto le sumamos que el sistema educativo está destruido y no se enseña nada, particularmente en materia de historia y lengua, debemos concluir que estamos subidos a una nave que va al garete y con destino a convertirse en una factoría de los imperios. Es tan siniestra la maniobra que la gran mayoría de los Institutos que tocan a su fin representan el pensamiento de nuestros Próceres y grandes personajes de la historia argentina que defendieron a la Patria de las garras transnacionales, particularmente de Inglaterra.
Estas Instituciones, algunas centenarias, cumplieron un papel clave en la educación argentina, preservando, investigando, educando y democratizando el acceso a la cultura y a la historia. Instituciones como el Instituto Belgraniano, el INT o la Conabip no son meras oficinas: son el reflejo institucional de una voluntad de país que valora su pasado y su diversidad cultural. Degradarlas a meras “unidades organizativas” sin dirección colegiada ni federalismo, o convertir sus consejos en cuerpos ad honorem, es quitarles voz, peso y rumbo.
Somos un país empequeñecido porque insistimos en elegir como gobernantes a homínidos con serias alteraciones mentales, pero sobre todo espirituales. Desde mi reconocido antiperonismo, hoy, debo admitir que fue Juan Domingo Perón el último presidente que hizo de la conciencia nacional y de la memoria histórica una verdadera política de Estado, con museos, escuelas y una narrativa que rescataba el ser argentino con orgullo.
Vamos a contrapelo de lo que hacen las naciones desarrolladas. Francia, por ejemplo, tiene un Ministerio de Cultura fuerte y muy estructurado, con múltiples direcciones especializadas, como el Institut National d’Histoire de l’Art, con total independencia académica y presupuestos sostenidos, dedicado exclusivamente a preservar, investigar y promover la historia y el arte nacionales.
Alemania, con la amarga experiencia de la Segunda Guerra, construyó un aparato estatal para garantizar que el pasado no se repita con oficinas descentralizadas como las Stiftung Aufarbeitung (Fundación para el Estudio de la Dictadura Comunista), con presupuesto propio y un compromiso de investigación histórica crítica que se enseña en las escuelas.
En México, se halla el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que es un organismo autónomo con enorme peso académico, cultural y político, responsable de museos, monumentos y estudios históricos. El INAH tiene poder de decisión técnica y científica sobre el patrimonio cultural mexicano.
Más abajo en el mapa, Chile y Colombia, también han institucionalizado la memoria histórica a través de museos de la memoria y comisiones especiales de verdad, muchas veces nacidas del dolor, pero sostenidas por el Estado para educar a las nuevas generaciones.
Estos entre muchos otros ejemplos que podríamos nombrar como en Rusia, Italia, Japón o China. Mientras continuemos eligiendo gobernantes desquiciados mental y moralmente, nada quedará de esta Patria para los venideros.
Porque reducir estos organismos equivale a desmantelar la infraestructura simbólica y educativa del país. La excusa de la reducción del gasto es frágil cuando hablamos de instituciones que funcionan con presupuestos ínfimos en relación al gasto total del Estado, pero con un valor simbólico y pedagógico incalculable. Tan aficionado a lo privado que este gobierno nacional, bien podría convocar al sponsoreo de privados que con gusto sostendrían a estas organizaciones.
Lo digo desde la experiencia propia, unos de mis libros “Masones, liberales y jacobinos, la otra guerra de Belgrano”, que fuera premiado por el Instituto Belgraniano de Salta y el Instituto Belgraniano Nacional y que cuenta con prólogo del Dr. Félix Luna, fue publicado con financiación privada en aquel momento. Y tantas cosas hemos visto suceder de la misma forma.

Aquí enfrentamos una medida no económica sino ideológica que busca limitar la posibilidad de que las nuevas generaciones accedan a una lectura crítica del pasado desarticulando las redes culturales que garantizan federalismo y pluralidad.
En resumen, esto no es búsqueda de eficiencia administrativa sino aplicación de una ideología orientada al olvido. Un país que borra sus instituciones de la memoria, se vuelve más vulnerable al autoritarismo, a la repetición de errores históricos y a la pérdida de sentido de comunidad.
Pero poco o nada podemos esperar de un individuo que tiene a Margaret Thatcher en su oficina y estaría feliz de repartir ya mismo pedazos del país a las potencias extranjeras a cuento de inversiones y prebendas. Una cosa es la eficiencia económica, evitar el latrocinio oficial y encausar la economía, y otra muy distinta es fomentar que los argentinos pierdan la memoria histórica.
Como una burla hacia la historia, estos decretos se firmaron el día 22 de mayo pasado, cuando se cumplían 215 años de que Manuel Belgrano, Juan José Paso y otros próceres, se revelaban en el Cabildo Abierto contra la dominación extranjera.
No se puede gobernar el presente si se destruye el espejo del pasado, y bien lo día el propio, Manuel Belgrano: “Sin educación, en balde es cansarnos. Nunca seremos más de lo que somos”. –