El Fin de Año y la Decepción: Réquiem por una Patria que llora

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Los balances a nivel de los presupuestos son económicos, donde las matemáticas resultan lapidarias, hay déficit o superávit. Esta es la medida del éxito. Pero a nivel humano los balances son espirituales, emocionales y sociales. Dentro de esta última categoría cabe el balance cultural. Desde esta óptica los resultados son subjetivos.

Creo, en este aspecto, que hay dos clases de argentinos, los que sufren y los que son fanáticos. En el medio, existe una delgada capa de los que somos afortunados pero nos gana una sensación de tristeza profunda.

Somos afortunados por despertar cada mañana con un proyecto de vida en curso, por saber que nuestro trabajo depende sólo de nuestra creatividad y esfuerzo. Afortunados porque tenemos salud y hasta nos damos el lujo de derrocharla. Afortunados porque tenemos un techo, una cama caliente, “la panza llena”, como decían los viejos. Afortunados porque todavía no hemos perdido nada de esperanza.

Pero cuando por nuestro trabajo nos toca leer, revisar TODAS las noticias, indagar en los índices, los nacionales, los del exterior, el alma se ensombrece ante la contemplación de un país que va siendo ganado por las sombras. Una sensación de derrota invade el ánimo ante lo incomprensible: porque veníamos mal y ahora estamos peor.

Opino -y esto es lo bueno- desde la objetividad de un pensamiento liberal en serio. Liberal de LIBRE, no de libertario. La etimología de libertario dice “el que milita lo liberal”. El liberalismo auténtico no se milita, se es LIBRE o no se es. Y este pseudoliberalismo caníbal nos está enrejando a todos, colocándonos cadenas que nos reducen a una esclavitud cívica, limándonos las bases de la República, apagando las luces del conocimiento, hundiéndonos en el oprobioso fango de una decadencia subdesarrollada a niveles anteriores a la Ley 1420 (1884).

Votamos a Javier Milei, pensando en echar afuera a esa inmundicia que se llamó kirchnerismo. Pero nos estafaron. Yo me siento estafado y repito, quiero que me indemnicen el voto.

Me reclaman algunos “¿Qué no ves el progreso?”, otros me espetan “¿Qué no ves todo lo que se está haciendo?” Si, veo el progreso de los más ricos, de los más encumbrados, de los ociosos mentales y de los prebendarios del Estado. De esos a los que Milei prometió desalojar. Veo, también, lo que se está haciendo: Reduciendo el país a una factoría con esclavos. Está faltando nada más que comiencen a llegar barcos ingleses para traficar argentinos como esclavos.

Veo instalar un discurso de odio donde si no pensás como ellos sos automáticamente “Kuka tirapiedras”, enemigo, “zurdo de mierda”. Veo que el presidente de la Nación reclama que “No odiamos lo suficiente a los periodistas”.

Como docente, he visto la destrucción sistemática del sistema educativo desde Carlos Menem y la profundización a niveles degradantes durante el kirchnerismo, pero el análisis del proyecto de la “Ley de Libertad Educativa” que están proponiendo es devolvernos a tiempos anteriores a Domingo Faustino Sarmiento. Piensan convertir al país -parafafraseando al sanjuanino- en los “Veinticuatro ranchos”.

Como hombre que pasó por las Fuerzas Armadas, que tembló de emoción al pronunciar el “¡Si, juro!”, a la entonación de la fórmula “Juráis a la Patria, seguir constantemente su Bandera y defenderla hasta perder la Vida”, me azota el alma comprobar que han puesto en ejecución un siniestro plan de entrega del territorio nacional y sus recursos naturales estratégicos.

Los que en las mañanas saltábamos pidiendo ir a Malvinas y el destino nos dejó aquí, que vimos caer a nuestros Camaradas, que vimos a las madres preguntando dónde buscar el cuerpo de sus hijos, que vimos a los muchachos partir en el tren que los llevaba a embarcarse en el Crucero General Belgrano, no puede menos que hervirnos la sangre al contemplar el vasallaje amoral y rastrero de un presidente que salta como cachorro faldero ante el presidente norteamericano y tiene en su despacho un cuadro de Margaret Tatcher, la asesina de 344 argentinos muertos a traición.

Yo, que admiro a Manuel Belgrano y tengo cinco libros escritos sobre el Prócer -uno prologado por el Dr. Félix Luna-, reflexiono ante su frase: “La Bandera no será atada jamás al carro de ningún triunfador de la Tierra”, y veo a este enajenado decir que “Para mí la bandera es un muro. Yo veo la bandera y veo un muro”. Pido perdón, pero no puedo menos que decir que nos gobierna, como dice la Constitución Nacional “un infame traidor a la Patria”.

Los ingleses, en 1806/7, se llevaron el oro a Londres, ahora, el mafioso de Mauricio Macri y estos cipayos que gobiernan se lo llevan y lo entregan como prenda de sumisión.

Pero lo que más consterna es contemplar a los viejos llorando, haciendo fila en los comedores con los niños para comer un mísero plato de comida. Yo crecí con padres jubilados que tuvieron una vida digna, que con sus pocos pesos me dieron una educación en establecimientos privados, desde la primaria hasta la universidad. Mi madre, jubilada docente y mi padre, cobrador de la Universidad Católica de Salta (Cuando era una universidad), por lo tanto, sé de lo que hablo. Hoy, los reprimen y el presidente dice riéndose junto a esa jauría de infames en un streaming que “no trabajan y son sucios y hay que bañarlos con la caprichosa”. La prudencia y el decoro me impiden calificar a su madre.

Lacera el alma hallar hombres que lloran porque no saben cómo llevar algo a la mesa familiar. Niños que en los comedores de las villas de aquí, de la Capital de Salta, juntan migas y retazos de pancito para llevar a los padres. ¡Hay que ser muy miserable para levantar la mano apoyando los delirios de un sujeto privado de toda empatía y piedad!

El fin de año suele venderse como una fiesta, pero también es un espejo. Y en ese espejo, muchos no vemos brindis sino grietas; no vemos futuro sino intemperie. No se trata de nostalgia ni de ideología: se trata de humanidad herida.

Tal vez por eso la decepción no sea sólo política, sino moral. Decepcionan los gobernantes, sí, pero más duele la naturalización del desprecio, la pedagogía del odio, la risa frente al dolor ajeno. Duele comprobar que se puede ganar una elección y perder el alma colectiva.

Llegamos a este fin de año siendo, todavía, afortunados. Pero no felices. Aferrados a nuestros proyectos, sí, pero con la conciencia inquieta. Porque mientras haya un viejo humillado, un niño con hambre y un país arrodillado, ningún crecimiento individual alcanza para acallar la vergüenza.

Quizás el verdadero balance no se haga con números, sino con preguntas. Y la más incómoda de todas sea esta:

¿Qué clase de sociedad estamos dispuestos a ser cuando el sufrimiento ajeno deja de dolernos?