El federalismo está que arde

POR: LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar

No se incendia la Patagonia, no se queman miles de hectáreas y se pierde irremediablemente la flora y la fauna “allá lejos”. Se quema una de las partes más valiosas del país, o sea, se arruina un patrimonio común, porque para un argentino el mismo valor tiene la tierra en La Quiaca que en Tierra del Fuego. ¿Cuándo aprendimos que el país somos -por ejemplo- los salteños y su circunstancia? Siendo que al fin de cuentas “su circunstancia” no son los límites provinciales sino nacionales.

Hoy nos sacude una tragedia, y así como el patrimonio es común, el dolor también lo es. Miramos arder esos bosques desde una pantalla lo mismo que vemos una película a la noche, descuidadamente, sin pensar que esas llamas consumen el trabajo de una vida de familias enteras, sin tener en cuenta tampoco los traumas que dejan como secuela en niños y mayores el ver arder la vivienda, el ver carbonizarse a los animales, a los cultivos. No, no es “allá” la tragedia, sucede en cada corazón sensible que comprende el sentimiento de hermandad argentino.

En tiempos en que hablamos, declamamos y reclamamos federalismo, hemos de comprender que ese federalismo no es sólo económico o económico, sino que también es cívico y humano. No habitamos secciones de una país como compartimentos estancos, somos pobladores de una experiencia vital íntegra que se llama República Argentina.

Es la hora de rescatar y resaltar las acciones positivas, las movilizaciones desde las provincias que se organizaron, de las decenas de hombres y mujeres que con exiguos sueldos buscaron el modo de llegar a combatir las llamas.

Es el momento de saludar a las provincias como Santiago del Estero, que envió su avión hidrante, el más grande de Sudamérica, a los bomberos de Córdoba, a los brigadistas que  siendo menos que los dedos de una mano “hicieron una vaca” desde las provincias del norte para estar allí, al lado de otros argentinos que lloraban no sólo por el humo sino por el dolor de ver convertidos en cenizas los esfuerzos de una vida.

Es pensar también en los miles que por distintas razones no pudieron ir, que se quedaron con las ganas, mirando imaginariamente a la distancia, mordiendo los labios por la impotencia económica o de recursos. Todos esos argentinos, de alguna manera están allí. Y para los que comprendan, esa energía también colabora.

Se puede contra todo en este mundo, menos contra la naturaleza. Porque allí, donde el fuego arrasó, debajo, el humus ya prepara el recambio. Demorará, sí, pero es irrefenable que suceda, porque en la esencia de la tierra el reverdecer es un mensaje de esperanza.

El pasto que surge tras el incendió es más verde, más firme. De los desastres también se aprende y hoy, una buena parte del país está dando la gran lección de la solidaridad, de la argentinidad que una y otra vez, tras los desastres políticos vuelve a reverdecer, diciéndole a la historia que los argentinos todavía conservan aquellos que nos hizo un país libre: la idea de un proyecto común.

Sí, pues, el federalismo no es un artículo de la Constitución Nacional que declama una forma de gobierno. No es un discurso político. El federalismo es un sentimiento, es un gesto, es una forma de decirnos que los argentinos de la Puna, los del litoral, los del Chaco agreste, los de los confines bañados por el Bermejo. Aquellos que miran las nieves de los Andes, los que se mojan con el mar, los cercanos al frio antártico, no importa dónde estén, dónde habitan, todos, saben que cuando el enemigo de la tragedia social es común, el club de barrio, la parroquia, el centro vecinal, la casa de la vecina, no importa qué sea, cada lugar se convierte en una guardia presta a recolectar ayuda, a enviarla como se pueda. El problema no es dónde ni cómo. La cuestión es estar.

Cuando el fuego avanza, el país no se fragmenta: se reconoce. En cada gesto solidario, en cada ayuda enviada, en cada hombre o mujer que parte sin preguntar a quién pertenece la tierra que arde, el federalismo deja de ser una palabra y se vuelve acto.

Y mientras haya argentinos capaces de entender que ninguna tragedia es ajena, aun entre las cenizas, seguirá latiendo la esperanza de una Nación posible.