El Estado como corral y los gobiernos de “pillagallinas”

POR: WISTON PEREIRA  – www.ernestobisceglia.com.ar

Quienes venimos del campo, de una vida humilde y hemos podido crecer y educarnos, debemos agradecer la buena disposición de un escritor consagrado como Don Ernesto Bisceglia, que tiene la generosidad de cedernos estos espacios para expresarnos.

Mis padres, todavía cultivan la tierra heredada de los abuelos, allá en los Valles Calchaquíes, donde la naturaleza nos enseña cómo los humanos hemos hecho nuestros procedimientos que para nosotros son comunes y con fines lícitos, como es mantener a la familia y devolver a la Pacha el agradecimiento en trabajo fecundo.

Vuelvo a decir, los que hemos podido graduarnos, viajar, conocer otros espacios, notamos cómo este hermoso país está degradado a causa de gobiernos de medio pelo, compuestos por funcionarios que más que gabinetes parecen organizaciones en banda y que llegan a la función pública para “pillar gallinas”.

Porque han hecho del Estado un corral y para entrar en uno a pillar gallinas -diré- eso, no es un acto menor ni menos improvisado: es una coreografía aprendida antes del lenguaje. El hombre de campo no irrumpe, se desliza. Se encorva apenas, no por humildad sino por cálculo; sabe que el ruido es traición y que el apuro siempre juega para el lado de las plumas.

Si transmutamos la escena a la realidad política, podemos decirlo así: Las gallinas (el pueblo), que hasta ese instante picoteaban la eternidad del suelo, presienten el desequilibrio y arman un desorden instantáneo, histérico, casi político (manifestación, por ejemplo). Una corre, otra se hace la muerta, una tercera grita como si la estuvieran degollando antes de tiempo (dirigente sindicalista).

El brazo (del funcionario) sale rápido, seguro, sin épica: no hay violencia, hay oficio. Pillar una gallina (escamotear alguna plata del Estado, cazar una licitación, etc. ) es restablecer un orden antiguo, doméstico, cruel y necesario (el del señor feudal). Todo dura segundos. Después, el corral vuelve a ser corral (la sociedad) y el hombre (funcionario) vuelve a ser hombre, con una gallina bajo el brazo (coima, negociado, sobreprecio) y la certeza muda de haber repetido un gesto que no necesita explicación (porque la sociedad ha naturalizado que el funcionario está allí para “pillar una gallina”, no espera más que el sueldo el día 2 (el maíz diario). Total, esta vez, no le tocó que le tuerzan el pescuezo (lo despidan o no le renueven el conchabo).

Pero así como en el campo tenemos gallina criolla, bataraza -algunas doble pechuga-, ponedora o carnicera, en el Estado también hay gallinas para todo. Algunos las prefieren criollas (el sobreprecio o el cohecho), otros, buscan a las ponedoras, (comúnmente llamadas “gallina de los huevos de oro), también están los que buscan la carnicera, generalmente los explotadores y por fin los más refinados (encumbrados), que se especializan en las doble pechuga (raza esta siliconada, del tipo salvavidas, las tiran en una pileta y flotan).

Y así, entre cacareos y maíz racionado, la República se va pareciendo cada vez más a un gallinero mal cerrado. No gobiernan estadistas sino pillagallinas profesionales, expertos en el sigilo, la fuga corta y el botín mínimo pero constante. No vienen por el gallinero entero, vienen por una gallina hoy, otra mañana, hasta que ya no queda ni escándalo ni sorpresa.

El problema no es sólo quién entra al corral, sino que el corral ya aprendió a hacerse el distraído. Porque cuando pillar gallinas deja de ser delito y pasa a ser costumbre, lo que está en peligro no es la gallina: es la idea misma de granja, de comunidad, de país.