ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – El buen Dios me regaló la vida cuando mis padres eran, digamos, proporcionalmente, grandes. Sobre todo, mi padre, que a los pocos años de mi nacimiento, se jubiló. Mi madre, ya para entonces, vicedirectora, eligió el camino de la jubilación para dedicarse a mi crianza. En síntesis, crecí en un hogar de jubilados.

Bien es cierto que eran otros tiempos. Otro país. Mi madre con su sueldo de maestra y un préstamo del Banco Hipotecario Nacional, pudo construir su casa a tres cuadras de la Plaza 9 de Julio. Y digo más, proviniendo ella de una familia marcadamente antiperonista, logró ese préstamo por vía de una dirigente peronista, una maestra de apellido López, según recuerdo. Este dato nos dice también de que entonces hasta la política reconocía adversarios pero no como ahora donde el que piensa distinto es enemigo. Algo generalizado en la verba de La Libertad Avanza, lamentablemente.
Supimos en aquel hogar de equilibrio económico, ajustado siempre, pero digamos que nunca faltó nada, al menos lo esencial. En lo personal, pude educarme en los mejores colegios privados, en tiempos en que maestras y profesores tenían un nivel académico superlativo.
Digo así, que fui testigo como muchos del deterioro gradual que en el paso de los años fue observando la sociedad en todo sentido, y particularmente, los jubilados. Aquellos dos ingresos de los viejos nos permitieron una vida digna, en el más amplio sentido del término.
Hoy, un jubilado, literalmente, no puede subsistir; prácticamente está condenado a una muerte lenta y cruel. Ya porque no puede comer bien, ya porque no puede medicarse, o bien, porque el estrés por cansancio moral lo consume inexorablemente. La pena, la tristeza, el abandono, son factores psicológicos que destruyen a la persona.
Entonces, digo, con íntimo dolor como persona, como argentino, que debo asistir al encendido discurso de la diputada nacional, Emilia Orozco, para quien los jubilados son «tres pelagatos delincuentes que van a hace show».
Son palabras miserables, denigrantes, condenables. Pero como se enseña en el estudio de la comunicación -le aconsejaría leer a Lacan-, hay que tener cuidado extremo al calificar a alguien porque en realidad estamos expresando aquello que verdaderamente somos cuando calificamos. Los viejos decían: “La boca dice de lo que está lleno el corazón”.
Invirtiendo los términos y la proporcionalidad en número, desde esta vereda, la de los ciudadanos de a pie, de los que “corremos detrás del mango”, para igualarme a la verba de la diputada, sus conceptos no son meras palabras sino una daga filosa, cortante, que hiere y que hace sangrar. Y que nos otorga el derecho de decir nosotros, que ellos ¡Los que ocupan una banca sufragada en millones gracias a nuestros impuestos, son los “tres pelagatos delincuentes que van a hacer show!
¿No fue acaso un show la exposición de las curitas para justificar la ausencia a votar en un debate clave?
Los antiguos tenían a los ancianos por el mayor tesoro de una sociedad porque eran la memoria, el consejo (De hecho, los reyes consultaban con el consejo de ancianos), eran el refugio, esa memoria histórica. El amor teñido de canas. Cada anciano constituía un pergamino escrito con sangre, sudor y lágrimas, propiamente.
Tal era el valor de los ancianos que el apóstol Santiago, en una carta recomienda «¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor; y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados.» (Stgo. 5:14-15) ¡Qué lejos este concepto de este de “tres pelagatos”.
En fin…, cuando uno observa estas miserias humanas, propias de la soberbia que se informa de la ignorancia, invierte la carga del sentimiento y piensa: No hay que sentir pena por los ancianos, por esos jubilados que dejan sus hogares, pagan con sus pocos mendrugos el transporte y se exponen a las inclemencias de los elementos y a la furia bárbara de los palos, enviados por seres más miserables aun, que ya han perdido todo respeto por la dignidad del hombre. A esos jubilados, les cabe la honra, primero por su veneranda edad, luego, por su valor cívico.
Si…, la lástima, la vergüenza debemos sentirla por esos “tres pelagatos miserables” que se sientan en el Congreso y dicen representarnos. Estas actitudes a mí no me representan.
La verdadera indignidad no reside en el sacrificio de los que luchan por su dignidad, sino en la perversidad de aquellos que, cegados por la arrogancia y la ignorancia, pisotean lo que debería ser la esencia misma de la humanidad: el respeto al prójimo.