REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar
En Davos, ese living global donde los poderosos se dan palmadas por la espalda mientras el mundo real hace fila en la ventanilla del ajuste, Javier Milei decidió sumar a la Argentina a una novedad tan pomposa como cara: el Board of Peace impulsado por Donald Trump. La postal es perfecta: el Presidente argentino celebrando una invitación “de honor” y, horas más tarde, la letra chica revelando el verdadero género del asunto: la membresía permanente cuesta mil millones de dólares por país.
Lo más sintomático no es sólo el número –mil millones, dicho así, suena a ciencia ficción para un país que recorta hasta el oxígeno– sino la lógica: pagar para entrar. No a una alianza defensiva, no a un tratado comercial, no a un organismo multilateral con reglas y contrapesos, sino a un “comité” cuyo diseño, según los propios reportes internacionales, aparece presidido por Trump y con aspiración de “competir” o desplazar el rol de Naciones Unidas. Es decir: la paz como marca registrada y la diplomacia como club de membresía.
Milei, además, jugó a la primicia ansiosa: anunció con entusiasmo que Argentina sería “miembro fundador” y agradeció a Trump en redes antes de que el esquema estuviera del todo expuesto públicamente. Un gesto típico del alumno aplicado que levanta la mano antes de entender la consigna. Después, cuando el costo empezó a circular con fuerza, apareció el operativo “tranquilos”: desde el Gobierno y voces afines se filtró que Argentina no pagaría los mil millones (o que buscaría excepciones).
Pero incluso si la Casa Rosada intenta presentar el episodio como “no pasa nada, no se paga”, el problema ya está planteado: ¿qué se está comprando? ¿Qué gana la Argentina sentándose en una mesa cuya legitimidad internacional es, como mínimo, discutida, y cuyo formato despierta reparos en aliados occidentales precisamente por su potencial de desordenar el multilateralismo? Más aún: ¿qué clase de política exterior es esta que confunde estrategia con devoción, y soberanía con fan-club?
La desgrabación que circula lo dice con crudeza popular: “con la nuestra se está pagando el carnecito para entrar al club de amigos de Trump”. Puede sonar chabacano, pero el diagnóstico es quirúrgico: cuando un país que predica austeridad extrema se entusiasma con un organismo cuyo ticket de entrada equivale a una obscenidad presupuestaria, lo que está en juego no es “la paz”, sino la vanidad geopolítica financiada por el contribuyente.
El detalle final es el más inquietante: si el “Board of Peace” arranca, según se informó, con foco en Gaza, suena noble en el título y espinoso en el mundo real. La paz no se terceriza en un directorio. Mucho menos se terceriza pagando.
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
