ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Mientras la sociedad celebra el “Día de San Valentín”, convertido en un evento comercial más donde flores, bombones y peluches, se convierten en sucedáneos demostrativos de quizás afectos profundos… o no tanto; existe una realidad fracturada que es aquella de los sentimientos virtuosos.
En un mundo en el que las redes sociales nos invitan a coleccionar “likes” y donde las interacciones a menudo se consumen en segundos, la profundidad de la amistad se alza como un oasis en medio de la inmediatez dinámica y electrónica.
Vivimos en una era marcada por la superficialidad de las conexiones, donde el número de contactos en línea parece sustituir la calidad del encuentro personal. Sin embargo, es precisamente en este escenario donde la amistad genuina y el cariño profundo cobran un valor incalculable… y propio ya de incunable.
Las amistades verdaderas son aquellas que, desprovistas de etiquetas y formalidades, florecen a lo largo del tiempo. Se nutren de la complicidad, de los silencios compartidos y de las miradas que entienden sin necesidad de palabras. De los gestos que comprenden y acompañan.
Son refugios en tiempos de incertidumbre, anclas en medio de las tempestades. Este tipo de relaciones no se construyen en un “clic” ni se sostienen con notificaciones; se forjan en la cotidianeidad, en la honestidad de los encuentros cara a cara y en el compromiso de estar el uno para el otro, sin importar las circunstancias.
Hoy, cuando la inmediatez y la superficialidad parecen dictar el ritmo de nuestras interacciones, redescubrir el valor de la amistad se convierte en un acto subversivo. Es un llamado a detenernos, a reflexionar y a priorizar lo que realmente nos enriquece: esos vínculos que trascienden la efímera apariencia de las relaciones modernas y que, a pesar de la velocidad del cambio, se mantienen firmes en su esencia.
La amistad verdadera no es un accesorio en nuestro día a día, sino un pilar fundamental que sostiene nuestra identidad y bienestar emocional. Es el contrapunto que nos permite navegar en un mar de discursos polarizados y noticias fugaces, recordándonos que el cariño puro y sincero es la esencia de lo humano.
En cada risa compartida, en cada gesto de apoyo incondicional, se reafirma la importancia de cuidarnos mutuamente, de construir puentes en lugar de muros y de valorar las conexiones que no se pueden medir en números.
Así, en tiempos de superficialidad, la amistad se alza no sólo como un refugio, sino como un acto de resistencia. Es un recordatorio de que lo verdaderamente valioso no se cuantifica, se siente.
Y en este sentir compartido reside la esperanza de un futuro en el que el Amor –en todas sus formas– siga siendo la fuerza que une, que transforma y que da sentido a nuestras vidas. –