POR ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La muerte ocurre cuando el alma se separa del cuerpo. Lo demás es protocolo: velorio, flores, lágrimas de utilería y algún hipócrita que dice “era tan buena persona”. Así se mueren los hombres. Y así también se mueren los movimientos políticos: cuando pierden su alma y quedan apenas como carcasa, como sigla, como souvenir de museo.
El peronismo no está muriendo ahora. El peronismo ya estaba muerto. Lo que ocurre hoy es que Javier Milei, con su teatralidad de gladiador furioso, está haciendo algo mucho más obsceno que una reforma laboral: está certificando la defunción. Y encima lo hace con goce. No lo oculta. Lo dice con orgullo. Lo grita como quien se jacta de haber pateado un perro caído: “quiero ponerle el último clavo en el ataúd”.
Lo trágico no es que Milei tenga el martillo. Lo trágico es que el peronismo le alcanzó el clavo.
Porque el alma del peronismo -su única razón de existir- fue el trabajador. El obrero. El peón. El hombre común. Ese que antes de Perón no era ciudadano: era herramienta. Era una pieza reemplazable. Era una sombra que producía riqueza para otros. Hasta que desde aquella oscura y subestimada Secretaría de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón comenzó a intervenir donde nadie intervenía: en la frontera brutal entre el patrón y el hambre.
Perón debutó donde la Argentina olía a sangre y exportación: en los frigoríficos. En la carne. En el país que vendía al mundo toneladas de vacas mientras adentro se cocinaba una injusticia estructural. Allí el Estado, por primera vez, dejó de mirar para otro lado y empezó a mirar al obrero a los ojos. Y cuando el Estado mira, el patrón tiembla. Porque el patrón no teme al sindicato: teme a la ley.
Después vino el Estatuto del Peón Rural. Y con él, una idea que en la Argentina siempre resultó revolucionaria: que el peón también es persona. Que el peón también tiene derechos. Que el peón no nació para ser explotado como bestia de carga en una estancia donde la vida vale menos que un caballo.
Perón no inventó la justicia social. No fue un iluminado bíblico. Perón fue un pragmático feroz: tomó proyectos que dormían en cajones desde 1890, los rescató del polvo y los convirtió en ley. Les puso Estado, les puso firma, les puso músculo. Hizo lo que ningún moralista argentino había hecho jamás: transformar el discurso en estructura.
Y así, el sindicalismo argentino -esa famosa “columna vertebral del movimiento obrero”- dejó de ser un grupo apaleado por la policía y se convirtió en factor de poder. El obrero dejó de ser un mendigo de derechos y pasó a ser protagonista de la historia. Con todas sus contradicciones, con todas sus sombras, con todos sus excesos: por primera vez, el trabajador existía en la política nacional.
Ese fue el peronismo.
Pero como suele pasar en la Argentina, la tragedia no viene de afuera. La tragedia viene de adentro. La Revolución Libertadora no logró destruirlo. La proscripción no logró borrarlo. Los fusilamientos no lograron extinguirlo. La demonización no logró matarlo.
¿Y entonces qué lo mató?
Lo mataron los propios peronistas.
Lo mataron los que convirtieron la justicia social en negocio.
Lo mataron los que hicieron del sindicato una empresa.
Lo mataron los que reemplazaron al trabajador por el puntero.
Lo mataron los que dejaron de representar al obrero para representar a su propia burocracia.
El peronismo fue traicionado hasta por quienes lo invocan en actos con bombos alquilados y banderas impresas en serie. Fue vaciado. Fue prostituido. Fue degradado hasta convertirse en un cascarón electoral: una franquicia de nostalgia, un culto sin fe, una liturgia sin pueblo.
Y así llegamos al presente: Milei no está reformando el trabajo. Está desarmando el corazón simbólico del peronismo. Porque lo que se está tocando no es un artículo de la ley. Es un pacto histórico: el de un país donde el trabajador tenía, al menos, un paraguas legal frente al abuso.
Ahora ese paraguas está agujereado.
Tal vez el grueso de la sociedad no lo advierta todavía, porque en la Argentina siempre se entiende tarde. Pero lo que se está gestando es un regreso. No un regreso romántico sino un regreso miserable. El retorno a una época donde el trabajador era un número y la dignidad un lujo. Donde se pagaba con vales para comprar en la proveeduría del mismo patrón que lo explotaba. Donde el empleo no era un derecho sino un favor. Donde el miedo era el sistema de organización social.
Y mientras se discute la reforma laboral, en el horizonte aparece el verdadero verdugo silencioso: la Inteligencia Artificial, la automatización y la robótica. Los robots ya caminan entre nosotros y traen ventajas extraordinarias: trabajan todo el día, no se enferman, no reclaman, no se sindicalizan, no hacen paro… y por supuesto, no son peronistas. El capitalismo del futuro no necesita obreros: necesita consumidores. Y si sobran personas, se las descarta como mercadería vencida.
¿Qué se viene entonces? Inestabilidad social. Frustración masiva. Ira sin conducción. Y un país lleno de descartados mirando cómo el progreso pasa de largo como un tren blindado.
Milei avanza porque no hay liderazgo. Porque no hay dirigencia. Porque los que podrían conducir están ocupados negociando su supervivencia. Porque en la Argentina el heroísmo dura poco y la traición paga bien. Porque el Congreso se convirtió en un teatro donde se promete una cosa en campaña y se vota exactamente lo contrario en el recinto.
La democracia argentina se está pareciendo cada vez más a un ritual: se vota para sentir que se participa, pero se gobierna para otros. Se elige con esperanza y se administra con cinismo. Se habla de libertad mientras se precariza la vida. Se habla de futuro mientras se dinamita el presente.
Y ahí está el punto final: Milei no mató al peronismo. Milei encontró el cadáver tibio y lo usó como trofeo. Milei no destruyó una doctrina viva: vino a rematar un cuerpo que ya estaba entregado.
Por eso su frase es profética: quiere poner el último clavo en el ataúd. Y lo va a lograr. Pero la escena más obscena no es la de Milei martillando con sonrisa. La escena más obscena es la de tantos peronistas mirando, callados, algunos incluso colaborando, como si no se estuviera enterrando una tradición política sino una parte del pueblo argentino.
Porque el peronismo, que nació defendiendo al trabajador, hoy muere de la peor manera: aplaudiendo su propia autopsia.
Y cuando finalmente se cierre el cajón, no habrá que buscar culpables en la Casa Rosada.
Habrá que buscarlos en el espejo. –
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
