POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Los que nacimos entre los ’60 y los ’70 hemos sido testigos de una mutación que la humanidad no había experimentado en siglos. No exagero: el celular no sólo reorganizó nuestra vida práctica; la reconfiguró en su dimensión espiritual. No destruyó la fe, pero sí alteró el modo en que circula.
El algoritmo se llevó muchas cosas. Entre ellas, la arquitectura vertical de la autoridad.
En aldeas como Salta -y en buena parte del mundo latino- la Iglesia Católica fue durante generaciones un poder efectivo que administraba a Dios en cuotas de gracia y advertencia. La autoridad descendía del altar al gobernador, al padre, al maestro. No hablaba Dios: hablaba su intérprete. Y eso bastaba.
Esa estructura hoy se bate en retirada.
Hay una escena que condensa este cambio de era. En un diálogo entre Papa Francisco y el médico español Manuel Sans Segarra -divulgador de experiencias cercanas a la muerte y de una espiritualidad formulada en lenguaje científico-, el Pontífice le dice: “Usted fundamenta la búsqueda de nuestra auténtica identidad de una manera científica, por eso llena un teatro con 2500 personas mientras las iglesias están vacías”.
No es una queja. Es un diagnóstico.
Durante siglos, la autoridad espiritual fue vertical. Hoy es horizontal, viral y cuantificable. El nuevo magisterio no se mide en concilios sino en seguidores. No importa tanto quién posee la Verdad como quién tiene alcance. Es un problema de audiencia antes que de doctrina.
La legitimidad histórica y la coherencia teológica han sido desplazadas por el engagement. La autoridad ya no se hereda ni se ordena: se posiciona.
El problema no es teleológico -no discutimos hacia dónde va el mundo- sino funcional: discutimos cómo circula hoy la autoridad.
Porque el deseo de trascendencia no desapareció. Esa es la ironía. Quien afirma que vivimos en una era descreída confunde silencio eclesial con vacío metafísico. La gente sigue preguntándose por el alma, la muerte, el sentido, la creación. Sólo que ahora prefiere que se lo expliquen con terminología neurocientífica antes que con latín eclesial.
Dos minutos de explicación proyectada en pantalla compiten con una hora de misa. Es una cuestión de ritmo, no necesariamente de fe.
La multiplicación de gurús, coaches espirituales, consteladores y divulgadores cuasi místicos demuestra que la pregunta por el “para qué” sigue intacta. Lo que cambió fue el dispositivo de respuesta. La vela fue sustituida por el proyector. El púlpito por el auditorio. La homilía por el podcast.
La gente ya no quiere respuestas testamentarias sino dopaminérgicas: recompensas intelectuales inmediatas, estímulos que movilicen el circuito de la satisfacción antes que la obediencia al misterio.
Y esta mutación no se limita al ámbito religioso.
También la democracia ha entrado en clave 4.0. Si antes las iglesias se llenaban por la bendición y la medallita, hoy las urnas se llenan por el trending topic.
Gobierna quien retiene atención. La política empieza a parecerse peligrosamente a un canal que mide rating.
La autoridad sacramental ha sido reemplazada por la autoridad algorítmica.
Eso no significa que Dios haya muerto ni que la democracia esté extinguida. Significa que el lenguaje cambió y las instituciones no siempre logran hablarlo. Las jerarquías religiosas continúan admonizando a un mundo que ya no reconoce el derecho automático de nadie a hacerlo. No porque el hombre haya dejado de creer, sino porque ha dejado de aceptar mediaciones incuestionables.
Tal vez el error no sea teológico sino comunicacional.
Aquí conviene recordar a Friedrich Nietzsche. Cuando proclamó que Dios había muerto, no describía un crimen sino una transformación cultural. Quizá no murió Dios: perdió centralidad en el sistema de circulación simbólica. Y el “superhombre” no es una mutación ontológica, sino el individuo que administra su propia verdad desde una pantalla retroiluminada.
Las iglesias vacías no prueban la ausencia de lo divino. Tal vez prueben que la trascendencia migró de formato.
Del púlpito al algoritmo no hay un abandono del sentido. Hay un cambio de escenario. Y quien no comprenda eso seguirá hablando en latín frente a una audiencia que responde en notificaciones y “likes”. –
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
