Del primer Golpe de Estado a la conspiración del algoritmo

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

La historia argentina, como el dios romano Jano, tiene dos caras. Aquella que aprendimos en la primaria y la real, la que los manuales jamás contaron. Crecimos con la idea de que el 25 de Mayo fue una “Revolución”; que el 25 de Mayo, unos cuantos patriotas surgieron como los hongos después de la lluvia y expulsaron al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros.

Tenemos en la memoria aquella bucólica imagen del Cabildo, con una plaza con caballeros y damas de miriñaque ¡con paraguas! No existían los paraguas, apenas las sombrillas para cubrirse del sol. Los hombres usaban para protegerse de la lluvia unos capotes cubiertos de sebo o grasa. Lejos de un Armani, obviamente.

Nos enseñaron que Domingo French y Antonio Berutti, repartían alegremente cintas celestes y blancas, cuando en realidad eran dos “chisperos” que tenían apostados en las esquinas bandoleros que dejaban pasar únicamente a los que iban a votar en favor del cambio de gobierno. Podríamos decir que en la política argentina “hay cosas que fueron para siempre”. Les faltaron los bombos, nomás.

De modo que aquello de “Revolución” no tuvo nada. Fue el primer Golpe de Estado, fraguado en la conspiración urdida en la Jabonería de Vieytes y con el concurso de las tres corporaciones que adelante manejarían el país: Los hacendados (hoy, el Capital, siempre aliado a Inglaterra); los curas (el bajo clero, porque el alto clero estaba juramentado al rey, el obispo Lué, por ejemplo), y los militares, porque hasta que Cornelio Saavedra no puso a los Patricios en la calle no hubo 25 de Mayo; de hecho, él fue el presidente de la Primera Junta de Gobierno.

Doscientos años despues…

Si algo une la Jabonería de Hipólito Vieytes con los chats cifrados del siglo XXI es esa vieja certeza: la política verdadera casi nunca se hace en el escenario, sino en los márgenes.

En 1810 no había “mesas de diálogo” televisadas ni conferencias con fondo institucional. Había una trastienda con olor a grasa, discusiones a media voz y hombres que sabían que conspirar era, literalmente, jugarse la cabeza. Allí se cruzaban Manuel Belgrano, Juan José Castelli y Nicolás Rodríguez Peña, entre otros. Casi todos ellos masones. No buscaban likes; buscaban ruptura.

Hoy, la política se exhibe como espectáculo continuo. Se transmite, se tuitea, se declama en vivo. Sin embargo, las decisiones sustantivas -las que mueven presupuestos, alianzas, destinos-, rara vez nacen en la luz blanca del estudio. Nacen en chats privados, en mensajes que se autodestruyen, en conversaciones que jamás integrarán el archivo público.

La diferencia es sutil pero crucial: en la Jabonería se conspiraba para ampliar la esfera pública; en los chats cifrados muchas veces se conspira para restringirla. Aquellos hombres buscaban fundar una República; los contemporáneos, con frecuencia, buscan administrar una coyuntura o blindar un poder. Ahora, buscan vender a la República, y peor aún, a la Patria.

No se trata de idealizar a 1810, sabemos que los próceres eran hombres, no estatuas, pero sí de advertir el contraste. Allí había riesgo personal y proyecto histórico. Aquí suele haber cálculo y supervivencia.

Tal vez la pregunta incómoda sea esta: ¿qué se cocina hoy en nuestros márgenes? ¿Hay todavía una idea que valga el secreto? ¿O sólo hay tácticas que no soportarían la luz?

La Jabonería de Vieytes olía fuerte, pero estaba al servicio de un nacimiento. Los chats cifrados huelen a desconfianza. Y en esa diferencia -tan pequeña en apariencia -juega, otra vez, la calidad de nuestra política. –

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.