ERNESTOBISCEGLIA.COM.AR POR ERNESTO BISCEGLIA. – La Tercera y la Cuarta Revolución Industrial que se dieron en el lapso de unos treinta años promedio, desde los 80 con la llegada de la globalización que Marshall MacLuhan reseñaba en su definición de la “Aldea Global” y proponía la ilusión de ser “vecinos en un mundo próximo”, vive horas en donde estamos pasando de esa ilusión de un mundo cooperativo a la alucinación de un mundo que comienza a despedazarse. En el medio, un país como la Argentina que en menos de un siglo pasó de ser una de las potencias mundiales a convertirse en un país emergente, se configura como una de las factorías del Nuevo Orden Mundial.
La ilusión de ser los hijos mimados del gran imperio norteamericano, fue siempre eso, una ilusión. La pagamos con sangre en la Guerra de Malvinas cuando el delirante de Leopoldo Fortunato Galtieri, pensó que los Estados Unidos acompañarían la invasión a las Islas, enajenado por la frase del ex presidente, Ronald Reagan, que dijo: “Es el general más pronorteamericano que he conocido”. El mismo Reagan le advirtió que ellos apoyarían a sus consanguíneos ingleses, y así ocurrió. Perdimos esa Guerra.
Durante el califato de Carlos Menem, pasó otro tanto. Las “relaciones carnales” terminaron en la sodomización de la Argentina ante el Banco Mundial y la destrucción del sistema educativo, económico y social. El régimen kirchnerista, a pesar de su inclinación pro soviética y china, terminó de hundir al país, como es público e histórico.
La ilusión de ser otra considerados por el Imperio yanqui retornó con Javier Milei que se ilusionó con que Donal Trump nos tendría como aliados. Milei redobló la apuesta asociando en la pompa de jabón a Inglaterra y a Israel. Su frase “Yo soy judío”, subrayaba el alineamiento con un orden que ya ingresó en la decadencia.
Justamente, la ilusión ha terminado. Ahora, pensar en ser socios estratégicos del tándem capitalista es una alucinación. Sobre todo, porque ese esquema ha ingresado en su periodo de decadencia. Podríamos incluso jugar algunos criterios proféticos sobre los tiempos que vivimos, pero la realidad es suficiente dato de análisis. La bravuconada de Trump sobre recuperar el sentimiento norteamericano, la hegemonía económica con la implantación de aranceles y hasta el poderío militar, han hallado coto en la asociación inmediata de países del sudeste asiático, la templanza rusa que acaricia desafiante los botones nucleares y la realidad de que un país pequeño como Yemen, le deja a Estados Unidos, fuera de combate tres portaviones.
Tal vez, si quisiéramos hacer una lectura profética -como decíamos-, podríamos recordar el tiempo anunciado de preparación del camino para “los reyes del Oriente”, que ha sido interpretado por algunos estudiosos como la llegada de un ejército poderoso desde el Este, en el contexto de la batalla final, el Armagedón. (Apocalipsis 16:12).
A modo de nexo, si se nos permite, podríamos insertar que el gozne de ese delicado equilibrio en que se balancea el mundo, es Irán, país al cual Estados Unidos e Israel, están a punto de invadir. Esa demencial aspiración ha sido avizorada por la Comunidad Europea que prepara a sus ciudadanos repartiendo manuales de supervivencia y aconsejando acumular víveres, y pronunciándose diplomáticamente en contra de ese desvarío universal, más allá de que Francia y Alemania, ya estén en aprestos militares.
¿Y la República Argentina?
En medio, estamos dejando de ser una república, porque la Constitución Nacional, cada vez es menos referenciada por la política. Podríamos hacer un tratado sobre los saltos que la política le da a la Carta Magna, cuya expresión más clara ha sido el intento de colocar jueces en la Corte Suprema vía decreto.
El mal de la política argentina está en la excesiva permanencia de sus protagonistas en el poder y la ausencia de un proyecto histórico de país. Aquí ocurren cosas insólitas, como que una ex presidente, condenada y bailando sobre el filo de la cárcel comande a por lo menos el 30% de un electorado zombie. O que rindamos los legítimos derechos territoriales al capricho de una potencia invasora. En el medio, ya hemos visto de todo.
Por eso, la ilusión de ser un gran país contenida quizás en aquella tan repetida frase “el país que nos merecemos”, hoy da paso a la alucinación de vivir en un país que, según la propia ONU, debería fragmentarse en tres regiones, es decir, desguazarla en tres republiquetas, si se quiere, a fin de aprovechar sus recursos naturales.
Estamos alucinando si pensamos que seremos un país en serio con una juventud que navega en la ignorancia más absoluta. Donde los medios de prensa no forman opinión pública, sino que transmiten una opinión publicada. Donde la política se ha desintegrado al desaparecer los partidos políticos. En Salta, propiamente, estamos a días de un proceso eleccionario con un electoral que no sabe que hay elecciones y mucho menos conoce a los candidatos.
Ciertamente, la ilusión ya se ha consumido. Los que crean que vivimos en un país sustentable, están alucinando.
Al fin de cuentas, como han dicho tantas veces de hace tantas décadas, tenemos “El país que nos merecemos los argentinos”. –