POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El vocablo cementerio proviene del griego (cimitero) que significa “dormitorio o lugar de descanso”. Para una suerte de pedagogía funeraria, recordemos que dentro de ellos solían construirse los mausoleos, palabra derivada del monumento funerario que su esposa le dedicara al rey Mausolo, una colosal estructura con mármoles, estatuas esculpidas por Fidias, etc., hoy desaparecido. Sitios consagrados a depósito de los que ya no son.
Y allí está el problema de la comprensión de la muerte, que en nuestra modesta opinión no existe como tal. Alguien dijo recientemente “Llegará un día en que los cementerios dejarán de existir.” Obviamente que es una metáfora porque no imaginamos guardar en el ático el ataúd con la abuela, o con algún pariente. Suena escabroso porque la imagen lo es; pero sin embargo, en esta cultura líquida (Bauman dixit), se acostumbra llevarse la urna con las cenizas del pariente difunto y ubicarla en el cristalero del living.
Pero tanto en uno u otro caso, ya depositado el familiar en el cementerio, ya conservado en la urna cineraria, desde una mirada racional, debemos preguntarnos ¿Qué saludamos? ¿Qué honramos cuando vamos a los camposantos? Vamos a conversar con una fría lápida o una cruz indiferente. Esto se explica porque el ego se niega al desapego, de allí que el duelo sea el tiempo transformado en distancia (temporal, se entiende) el que cura esa herida.
El Cristo lloró frente a la tumba de su amigo Lázaro (Juan 11,35), pero a la vez le promete a Marta, la hermana: «Tu hermano resucitará.» (Juan 11,23). No estaba muerto: aguardaba la voz que lo llamara.
Obviamente, en estas circunstancias la Fe juega un papel de primer orden. Y decimos Fe -con mayúsculas- en sentido orbital y no esencialmente católico donde la muerte se anima como una tragedia.
Porque hemos de comprender -y es difícil, obviamente-, aquello que realmente somos. Somos energía animada por el Amor que moviliza el alma, y el alma no se entierra; espera que la llamemos. Sólo enterramos la materia, aquello que deja de ser para liberar el alma que está más viva que antes y más cerca nuestro que nunca: “No estaba muerto, aguardaba la voz que lo llamara”.
Así visto, la muerte como final no existe, es un paso, tal vez el más importante en la evolución de los seres. Es un destino inexorable. El estoico Séneca, decía: “Desde que nacemos, empezamos a morir.” Y en el medioevo, el latín afirmaba: “Nascentes morimur (al nacer, morimos).
Esto queda claro, que nuestra cultura nos ha llevado a buscar donde ya no están, privándonos del gozo de saberlos que ahora están más que nunca al lado nuestro, sólo que en otro plano. Por supuesto que es una cuestión de comprensión y aceptación de nuestra conciencia y nuestra supraconciencia (Que es materia de otro análisis).
Nuestros seres queridos parten, pero viven en la intuición, en los sueños, incluso en señales, porque el Amor no se rompe con la desaparición física.
Se trata de evolucionar y comenzar a sentirlos en la conciencia. Cuando podamos superar esa barrera cultural y egoísta, dejaremos de buscar a nuestros muertos en la tierra, en las lápidas y en las urnas.
Tal vez, cuando comprendamos todo esto, los cementerios dejarán de ser necesarios. No porque hayamos vencido a la muerte, sino porque habremos aprendido a no confundir ausencia con inexistencia.
Nuestros muertos no nos abandonan: se trasladan al único lugar donde no pueden perderse, la memoria amorosa que los sostiene vivos en nosotros.
El día en que dejemos de buscarlos donde no están, y empecemos a reconocerlos donde siempre estuvieron -en la conciencia, en la memoria viva, en el amor que no se interrumpe-, ese día los cementerios se volverán lo que siempre fueron: lugares de paso para los cuerpos, no moradas de las almas. Y entonces, quizá, la muerte deje de ser un escándalo para convertirse, por fin, en comprensión.
Nada muere del todo mientras es recordado con amor. –
