Cuando se aplaude al invasor: Manual breve de la mente colonizada

EDITORIAL – www.ernestobisceglia.com.ar

Nunca vienen a salvarte, vienen por lo que tienes. Hay tragedias evidentes y tragedias más profundas. La invasión militar de un país es una de ellas. Pero hay una peor, más silenciosa y devastadora: la invasión mental de sus ciudadanos.

En medio de una crisis regional compleja y dolorosa, resulta inquietante —y francamente alarmante— ver compatriotas celebrando amenazas extranjeras como si fueran una tabla de salvación. A esas personas no hay que hablarles con eufemismos ni diplomacia blanda. Hay que hablarles con brutal honestidad, porque son las grietas del dique por donde se filtra el agua que, cuando cede la estructura, termina ahogándonos a todos.

Abrirle la puerta al invasor no es un acto de liberación. Es un suicidio político y moral. El primer error de la mente colonizada es creer que una potencia extranjera entra a “poner orden” para luego marcharse educadamente. La historia demuestra exactamente lo contrario.

Cuando una potencia entra por la fuerza, no viene a cambiar al gerente: viene a quedarse con la empresa.

¿Llegaron la democracia suiza y la prosperidad a Libia, a Irak, a Afganistán…? No. Llegaron el saqueo, la fragmentación y la devastación. El invasor no viene a salvarte de tu presidente. Viene por tu petróleo, tu litio y tu agua. Y cuando se los lleve, estarás exactamente igual o peor, con un detalle decisivo: ya no tendrás país.

Esperar dignidad de quien históricamente ha asfixiado a la región no es ingenuidad: es síndrome de Estocolmo geopolítico. Es la lógica infantil de creer que, si sonreís lo suficiente, el abusador dejará de golpearte. Pero la violencia imperial no distingue entre “buenos ciudadanos” y rebeldes incómodos. Para el capital transnacional todos somos prescindibles.

Creer que por apoyar una invasión te sentarán a la mesa de los vencedores es una fantasía adolescente. A lo sumo, te dejarán recoger migajas. En democracia se debe disentir, pero hay una línea roja que no admite relativismos: los gobiernos son temporales; la nación es permanente.

Desear que invadan tu tierra por odio a un líder político es como incendiar tu casa con tu familia adentro sólo porque no soportás al padre. El dirigente caerá o no, pero las bombas, el hambre y la destrucción las pagarán tus hijos y tus nietos.

Pedir intervención externa es renunciar a la adultez política. Es admitir que somos incapaces de resolver nuestros propios conflictos. Y cuando el dique se rompe, el agua no selecciona a quién ahogar. La invasión es una aplanadora que no respeta ideologías.

Entender esto no te obliga a amar a tu gobierno. Te obliga a defender tu suelo. Porque en una colonia no hay ciudadanos: hay súbditos. Y a los súbditos nunca les va mejor. Aplaudir las cadenas no te hace libre. –

© – Ernesto Bisceglia