POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La Guerra del Atlántico Sur había comenzado. Un sentimiento jamás antes visto que incluso superó a los enconos que había contra la Junta Militar unió al pueblo argentino demostrando que verdad contenía aquella frase de Manuel Belgrano: “Cuando la Patria está en peligro, todo es lícito menos perderla”.
Había quedado demostrado el 2 de Abril, cuando el presidente, Leopoldo Fortunato Galtieri, que apenas 48 horas antes había ordenado una brutal represión en la Plaza de Mayo contra manifestantes que pedían el fin de la dictadura, salió al balcón de la Casa Rosada se encontró con una multitud que coreaba vivas a los militares que habían recuperado las Islas Malvinas. Desde los tiempos de Juan Domingo Perón que no se veía tal cantidad gente en la plaza.
Seguramente, en su afiebrado criterio, Galtieri, pensó: “Si esto sale bien, me quedo para siempre”. Malvinas se convirtió así en el último -el único- expediente que los militares tenían para no tener que entregar el poder de nuevo a los civiles luego del fracaso en que estaba resultando su aventura facciosa.
En Salta -como en todo el país-, se organizaron colectas para sufragar la guerra. Camiones blindados de bancos recorrían las calles de Salta con un altavoz que propagaba la Marcha de Malvinas y carteles pegados invitando a la gente a donar dinero, joyas, lo que fuere, para sufragar la Causa. Jamás se supo el destino de esas donaciones como tampoco de las mantas, bufandas y abrigos tejidos por miles de mujeres que tenían que ir con destino a los soldados que peleaban en el Sur.
La comunidad siciliana de Salta es la más numerosa de toda la italianidad inmigrante. En aquellos años, quien escribe estas líneas obraba como secretario de la Sociedad Italiana de Salta y en ese trance, los italianos, que había muchos todavía producto de la última inmigración al país, se pusieron a trabajar para colaborar con los soldados argentinos. ¡Porque ellos se sentían argentinos!
Los sicilianos en Salta, mayoritariamente provienen del pueblo de Pettineo, y trajeron y cultivaron su lengua, sus artes y sus tradiciones. Entre ellas estaban dos devociones que se veneraban en el templo de San Francisco: Santa Oliva en el mes de mayo y San Roque en el mes de agosto. Eran fiestas populares que atraían multitudes en cada procesión.
Don Santi Fulco, era el presidente de la Asociación Siciliana de Salta. Conocido sastre y propietario de un legendario local de venta de las que fueron las mejores telas de esa época en la “Sedería Fulco”, frente a Rentas. Hombre devoto, de gran espíritu solidario y comprometido con la ciudad que lo había acogido, en acuerdo con la comunidad, decidieron donar la corona de oro de la virgen Santa Oliva a la Causa de Malvinas.
Así, Don Fulco, pidió audiencia con el entonces gobernador, el capital de navío Don Roberto Augusto Ulloa, y le llevó como ofrenda a la Patria, la corona de la Santa. Porque ellos estaban agradecidos a esta tierra donde habían formado familia y habían tenidos sus hijos. Celebraban las costumbras de la “Patria lontana”, pero cantaban con verdadera unción el Himno Nacional Argentino y sentían insigne orgullo en portar nuestra Bandera Nacional en los actos.
Dicen, que el gobernador Ulloa, agradeció el gesto y quiso extender algún reconocimiento que Don Fulco rechazó, porque no era una liberalidad sino un gesto patriótico. Y la corona de Santa Oliva quedó en poder del gobierno militar de Salta.
Pasó el tiempo, terminó la guerra. Y un par de meses más tarde, Don Fulco, recibió un llamado de la gobernación. El capitán de navío Ulloa, lo reclamaba para una entrevista.
Y allá fue aquel “tano”, que quienes lo conocimos podemos dar testimonio que en su vocabulario no existían las palabras maldad, envidia o soberbia. Era la generosidad caminando con lentes.
Cuando Don Santi Fulco, se sentó frente al gobernador Ulloa, este, abriendo un cajón, extrajo la corona de Santa Oliva y la depositó en las manos del siciliano, diciéndole: “Tome, Don Santi, no hemos usado la corona de la virgen. Ha estado guardada todo el tiempo aquí. Quiero agradecerle personalmente y a toda la comunidad siciliana este gesto de alto valor patriótico. Usted y su gente son un ejemplo”.
Y la corona regresó a la cabeza de la imagen de Santa Oliva que se encuentra en el templo de San Francisco, ingresando por la mano derecha.
Dos ejemplos de hombres íntegros y decentes. Porque al fin y al cabo, la corona de la Santa ya había sido donada y nadie iba a tener la ocurrencia de solicitar cuentas de cuál había sido su destino, por lo cual el gobernador podría haber dispuesto maliciosamente de la misma.
Y aquellos italianos -sicilianos- ya habían cumplido con su deber de agradecimiento a la tierra que tanto amaron que dejaron hasta sus huesos en la misma.-
© – Ernesto Bisceglia