POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Vivimos tiempos en los que opinar se confunde con saber y señalar se confunde con pensar. La proliferación de micrófonos, cámaras y redes ha democratizado la palabra, sí, pero también ha empobrecido peligrosamente el debate público. Hoy cualquiera puede denunciarlo todo sin comprender casi nada, y aun así presentarse como voz autorizada.
En ese contexto aparece un youtuber libertario -cuyo nombre no viene al caso- que ensaya video tras video señalando con dedo acusador a gobiernos provinciales y municipales. Las críticas abundan; las ideas de fondo, las propuestas alternativas o el más mínimo esfuerzo por comprender los problemas estructurales que denuncia, brillan por su ausencia. Mucha cáscara y pocas nueces. O, más precisamente, ninguna.
Para este nuevo “periodismo”, hacer política parece consistir en agarrar un teléfono y grabarse diciendo qué está mal. Está bien que lo hagan: la crítica es necesaria. Pero la crítica sin conocimiento, sin contexto y sin alternativas no es política ni periodismo; es apenas ruido. Como suele decirse con sabiduría popular: con la boca y el dedo se hace un potrero.
En sus últimas entregas, este influencer se ocupa de un tema sensible y real: las inundaciones en la ciudad de Salta. Es cierto: con lluvias intensas, la ciudad se inunda. También es cierto que pasan los intendentes y el problema persiste. Lo que no se dice -o no se sabe- es que durante la gestión de Gustavo Sáenz como intendente se ampliaron cañerías de desagüe y se incrementó la capacidad de la cisterna de Plaza Gurruchaga. Y, sin embargo, Salta sigue inundándose.
La explicación no está en la ineptitud coyuntural de tal o cual funcionario, sino en algo bastante más profundo y antiguo: la historia y la geografía. Salta fue fundada siguiendo las especificaciones de Felipe II, que recomendaban emplazar ciudades donde hubiera agua y población originaria para evangelizar. Hernando de Lerma fundó la ciudad en un cuadrado rodeado de cursos de agua.
Hacia el norte corría el Tagarete del Tineo (actual avenida Belgrano); hacia el este, el Canal del Este que recogía las aguas del río La Caldera (hoy avenida del Bicentenario, tras otra torpeza de concejales poco afectos a la historia); hacia el sur, el arroyo de los Sauces (actual avenida San Martín). La zona de Plaza Gurruchaga, por su parte, era una laguna natural.
En mi libro Martín Miguel de Güemes. Fundador de la democracia participativa y padre de la justicia social en la Argentina, cito una ordenanza de 1795 -año del nacimiento de Güemes- que ya entonces destina fondos para levantar un muro de contención y proteger a la ciudad de Salta de las inundaciones del río Arias, que dejaban como saldo calles destruidas, canto rodado y perros muertos. Es decir: las inundaciones en Salta no son un fenómeno nuevo ni un invento de esta gestión. Son estructurales e históricas.
La topografía del terreno convoca inevitablemente al agua, que -como suele decirse- tiene memoria y cada tanto vuelve a reclamar su cauce. Podrá ser intendente el Mago Mandrake, pero la ciudad seguirá inundándose mientras no se encare una obra de infraestructura de una magnitud hoy económicamente inviable.
Por eso conviene poner las cosas en su lugar. El periodismo no es solamente tener una cámara, un micrófono o una web. Es, de vez en cuando, abrir un libro, estudiar un poco y construir argumentos con algo más que indignación.
A modo de ayuda cultural, vale aclararlo: un libro es un artefacto generalmente rectangular, con tapas y muchas hojas adentro. No tiene botón de power. Pero sigue siendo, todavía, una herramienta indispensable para pensar la realidad antes de explicarla.
No hace falta agradecer nuestro aporte. El periodismo, cuando es serio, no es militancia del enojo: es un apostolado de la comprensión.
