Cuando la culpa se viste de negro y el amor llega tarde

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

RESUMEN: Muchos funerales no están llenos de amor, sino de una culpa que llega tarde y se viste de luto. Una invitación a no esperar el silencio de un ataúd para demostrar lo que podemos abrazar hoy.

Uno de los momentos más inhóspitos para el alma es cuando el teléfono anuncia la partida de alguien cercano, cuando en ese instante, como una revelación inapropiada, la conciencia revela los momentos perdidos de vivir y se actualiza de modo lacerante el sentido más profundo de la expresión: nunca más.

Allí es cuando se asume que hay un silencio que aturde más que cualquier grito: el de los ataúdes. En los velatorios, solemos ver escenas desgarradoras, pero si afinamos la mirada y el oído, descubriremos que no todos los llantos nacen del mismo lugar. A veces, la tristeza no es por la partida del otro, sino por la deuda propia.

Las flores que no se entregaron en vida

Es extrañamente cómodo amar a quien ya no puede responder. En el funeral, las palabras bonitas fluyen con una facilidad que asusta; palabras que, quizás, fueron guardadas bajo llave cuando todavía había alguien del otro lado para escucharlas.

Muchos de esos llantos que parecen desbordados no son más que el eco de lo que no se hizo: 

La llamada que se postergó para un «después» que nunca llegó. La visita prometida que se disolvió en la rutina. El abrazo que quedó atrapado en el orgullo o la pereza.

El testigo que ya no respira

Es muy sencillo proyectar la imagen de ser el «buen hijo», el «buen hermano» o el «mejor amigo» cuando el único testigo de nuestra ausencia ya no puede señalarnos. La muerte le otorga al sobreviviente una inmunidad peligrosa: la de construir un relato a su favor, porque al fin de cuentas, muchos funerales no están llenos de amor; están llenos de culpa vestida de luto.

La verdad incomoda, pero es vital porque la presencia no tiene sustitutos. El amor verdadero no se mide por el tamaño de la corona de flores ni por la intensidad del sollozo frente al cajón. El amor se mide en latidos, en tiempo compartido y en la honestidad de estar presentes mientras el otro todavía puede sentirnos.

Por eso, el momento es hoy. Esa visita pendiente es hoy, ese “te quiero” es ahora.  

Porque más tarde sólo será el silencio de la muerte el que obligue a sentir lo que se pudo demostrar en vida. Si…, la vida es hoy. Porque, al final del día, el mejor homenaje no es un discurso de despedida ni la redacción del mejor panegírico, sino haber estado cuando el otro todavía respiraba. –

© – Ernesto Bisceglia

Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.

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