Cuando el fuego no duele

POR: LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar

Los argentinos supimos caracterizarnos por un sentido solidario que era notable, en cada desastre natural, no sólo en el país sino también en el extranjero. Entonces, ¿Cuándo es que aprendimos a mirar la tragedia como si fuera ajena?

Los incendios en la Patagonia argentina ya no pueden leerse como simples catástrofes naturales. La confirmación reiterada de focos intencionales abre una zona oscura que la política suele recorrer con eufemismos y silencios incómodos. Porque si el fuego es provocado, la pregunta deja de ser climática y pasa a ser estructural: ¿quién puede incendiar miles de hectáreas sin miedo? ¿Qué intereses se mueven detrás de la devastación? ¿Qué clase de poder convierte el bosque en ceniza para que luego florezca el negocio inmobiliario?

No se trata de teorías conspirativas, sino de una lógica conocida en un país donde la tierra siempre fue botín y el fuego, demasiadas veces, herramienta. La Patagonia arde y el Estado llega tarde, mal o directamente no llega. No hay un plan nacional serio de prevención y contención del fuego, no hay inversión sostenida, no hay coordinación eficaz entre Nación, provincias y municipios. Hay heroicidades aisladas -brigadistas exhaustos, vecinos solidarios- y una ausencia estructural que se repite como tragedia anunciada.

Pero el corazón del problema no está solo en la política. Está también —y quizá sobre todo— en nosotros.

Porque mientras la Patagonia se quema, buena parte del país mira las imágenes como si fueran de otro continente. “Allá lejos”. Como si el fuego no arrasara también con algo propio. Como si los bosques, los animales, las casas perdidas y las familias desplazadas no formaran parte del mismo país que habitamos, del mismo suelo que decimos amar cuando conviene.

Hemos naturalizado una forma de distancia emocional que roza la indiferencia. La tragedia ajena se consume como contenido: se mira, se comenta, se desplaza con el pulgar. No duele. No convoca. No organiza. Y sin embargo, ningún incendio de esta magnitud es ajeno: el daño ambiental es irreversible, el impacto climático nos alcanza a todos y la herida humana no reconoce fronteras provinciales.

¿Qué nos pasó como sociedad para tolerar esto sin una reacción colectiva proporcional? ¿En qué momento dejamos de sentir que el dolor del otro también nos compromete? Tal vez la respuesta sea más incómoda que cualquier sospecha política: hemos perdido la pedagogía básica de la solidaridad. El hogar ya no enseña a ser humano, patriota ni conciudadano; enseña, en el mejor de los casos, a sobrevivir individualmente.

Un país que no se conmueve ante la destrucción de su territorio es un país que empieza a resignarse a perderlo. Y un pueblo que mira el fuego como si no fuera propio, corre el riesgo de descubrir -cuando sea tarde-  que también su casa estaba dentro del incendio.