Confieso: Me autopercibo humano y encima heterosexual (Por ahora…)

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Distorsiones psicológicas y sociales hubo siempre. En mis épocas jóvenes, por ejemplo, en nuestra familia se consideraba una degradación ser “zurdo” o peronista, por ejemplo. Era inconcebible pensar que uno se podría convertir en algo más extravagante que eso, salvo el tío Quico, al que a su edad de 60 años le descubrieron un hijo de 19 años y a partir de entonces fue bautizado como “perro embarrado”, porque lo dejaban entrar a la casa pero no se podía subir a la cama.

Claro, tampoco existía esto de autopercibirse otra cosa que no fuera lo que uno era. Éramos muchachos o niñas y punto. Ser otra cosa era ingresar en el mundo de los “raros” y entonces la solución era el ocultamiento o la expulsión de la familia porque había que evitar sobre todo la vergüenza pública. Algo que al fin de cuentas era un exceso porque cuando en la evolución uno va mudando de piel, dejando atrás el catolicismo arcaico y deformante para convertirse en un liberal -no libertario, que eso es otra deformación terrible como lo era ser peronista-, no debió ser, porque cada quien debe ser feliz con lo que siente. Ya lo dijo el Señor “Dejad que todos vengan a mi” (Mt. 19-14).

Ahora bien, vemos no sin asombro, que cunde como el pasto cubano esta moda de autopercibirse “algo”; entre esos “algo” se ha instalado el convertirse en perro, gato, sapo, alguno hemos visto incluso reptar por las calles enfundado en una suerte de cucurucho simulando ser un reptil; pobre tipo andar así, cuando para convertirse en un ofidio no le hace falta más que meterse en política y llegar a ser funcionario público. Incluso, de querer ser venenoso, conquistar algún alto cargo.

Debemos admitir que la imaginación de estos tiempos ha superado a las profecías. Recordamos a San Pablo, por ejemplo, que listara a todos los que no ingresarían a eso que llaman “Paraíso”: “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.” (Cif. 6: 9-10).

Con todas sus dotes de visionario, San Pablo jamás se imaginó que a todos los que discriminaba del “Reino de Dios”, debería también agregar a los Therian, pero cuidado, no porque sean mala gente sino porque en el reino animal los bichos no tienen alma racional, son simplemente eso: bichos.

El razonamiento se pone interesante cuando advertimos el nivel de degradación al que puede llegar el humano, el de renunciar a su categoría de tal, de “Rey de la Creación” y reducirse a una usapuca, por ejemplo. Diré para los menos ilustrados que usapuca es un término muy norteño que designa a la chinche grande o escarabajo hediondo, rústico y resistente. Todos conocemos alguno de esos.

La cuestión adquiere ribetes teológicos, pues desde aquella película “Todos los perros van al cielo”, que pensábamos era sólo una caricatura, ahora resulta que los tenemos corriéndonos por las veredas y entonces nos preguntamos inevitablemente: ¿Los bichos van al Cielo porque tienen alma nomás, o los Therian al renunciar a su condición de humanos se quedan fueran junto con los que lista San Pablo? El Papa y la Sagrada Rota Romana deberían expedirse sobre esta cuestión ontológica.

Pero la cosa alcanza también a las autoridades, porque hemos visto que se reúnen en manadas y van de a cuatro patas por las veredas; hemos de preguntarnos entonces: ¿deben ser vacunados contra la rabia y el moquillo también? ¿Debemos dejar de darles comida y comprarles alimento balanceado? ¿La perrera -antigua institución municipal que cazaba canes sueltos y los exterminaba-, debe volver a funcionar?

Si son atropellados por un vehículo ¿Hay que llevarlos a un nosocomio público, a un hospital veterinario o a un psiquiátrico? Por fin, una última pregunta prudente a la cuestión, llegado el caso: ¿Podemos “dormirlos”? Esta es la más grave de las dudas a resolver porque si los “dormimos”, no sea cosa que de pronto tengamos una denuncia por homicidio, lo cual sería improcedente porque el extinto ya no era humano sino perro o gato, o lo que sea. Es una gran duda que la filosofía existencialista y el Derecho deben resolver.

Podrían dilucidar sobre esta cuestión tan grave los legisladores en lugar de pensar en la ley de lemas. Digo…

“Oh tempus, o mores”, se lamentaba Cicerón, y el tipo no había visto nada todavía entonces. Hoy se cortaría las venas bajo la estatua de la Venus de Milo.

Por mi parte, y ante este nefando espectáculo de una sociedad que busca degradarse cada vez más y a los fines de que no haya confusiones, me siento en la obligación de declarar públicamente que todavía me percibo como ser humano y encima heterosexual. Aclaración esta última dirigida a las doncellas todavía en edad de merecer. ¡Ah! y, además, moderadamente cuerdo. Lo cual, en estos tiempos, ya no es una identidad… es una resistencia.

No realizo esta declaración pública por orgullo, sino por precaución: porque en un mundo donde cualquiera puede convertirse en perro, sapo o reptil, lo único verdaderamente subversivo es seguir siendo hombre. Y si esto resulta ofensivo, lo lamento profundamente. Que presenten la queja en la perrera.

Y si mañana, en un rapto de modernidad, alguno decide autopercibirse como “ser espiritual”, “entidad lumínica” o “vibración cósmica”, no me opondré: al fin y al cabo, cada quien se salva como puede. Pero ruego a Dios -y a las autoridades— que al menos sigamos teniendo la cortesía de diferenciarnos entre humanos y animales, porque si perdemos esa frontera, ya no habrá civilización posible: sólo quedará una manada.

Y en ese caso, no habrá que reformar el Código Civil. Habrá que reformar el corral.