POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Iniciamos una serie de reflexiones sobre temas que afligen a la humanidad… bueno, no a toda.
La cuestión del prójimo, adelantada en nuestro primer ensayo breve, es el núcleo ético del Breviario. Si el I fue diagnóstico moral (la avaricia como proyecto), el II es consecuencia antropológica: qué le pasa al vínculo humano cuando el otro sobra.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que el otro era, antes que nada, prójimo, que es la clave del pensamiento cristiano. El ejemplo de servir al prójimo, aún distanciado, lo hallamos en el episodio cuando un doctor de la Ley le pregunta a Jesús “¿Quién es tu prójimo?”. Y el relato sigue diciendo “Un hombre baja de Jerusalén a Jericó, es asaltado, golpeado y dejado medio muerto al borde del camino. Pasan junto a él un sacerdote y luego un levita —figuras respetables de la religión—, pero ambos lo ven y siguen de largo. Finalmente pasa un samaritano, extranjero y despreciado por los judíos: se conmueve, cura sus heridas, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada y paga su cuidado.” (Lucas (10, 25-37).
Jesús cierra con una inversión decisiva: el prójimo no es el que pertenece a mi grupo, sino el que se hace prójimo mediante la misericordia. “Ve y haz tú lo mismo”, sentencia, desplazando la religión del rito al acto concreto de amor.
Nuestra vida moderna ha invertido este ejemplo -como tantas cosas invertidas existen hoy-, y el prójimo, el otro es un problema a resolver. El prójimo hoy es competencia, amenaza, residuo. Ya no se lo piensa como semejante, sino como obstáculo en la carrera individual por el éxito, la visibilidad o la mera supervivencia.
La mutación no es menor. Cuando el prójimo deja de ser prójimo -el “alter ego”-, la comunidad deja de existir. En su lugar aparecen agregados humanos frágiles, individuos aislados que conviven sin vínculo, sobreviven sin destino común y compiten sin propósito moral.
La figura del “mercado” ha relativizado al otro, al prójimo como preocupación común. El “mercado” es existista, sólo ve resultados económicos. Esa mirada economicista del mundo lee al hombre no como sujeto de dignidad, sino como recurso o descarte. En esa lógica, el otro vale mientras sirva; cuando no produce, cuando no consume, cuando no rinde, se vuelve invisible. No se lo odia: se lo excluye con indiferencia. Y esa indiferencia es una forma elegante de violencia.
El “mercado” entronizó la cultura del YO como altar, como principio y fin último de todas las cosas. Así, se deshumaniza al sujeto y ala sociedad. Allí se pierde el sentido de comunidad porque como sea, vivir en comunidad es compartir. El “mercado” no comparte, sólo acumula.
El Evangelio, leído a contrapelo del “mercado”, va aún más lejos. No pregunta quién merece ser prójimo, sino quién se hace prójimo. El samaritano no compite, no calcula, no pregunta por la rentabilidad del gesto. Se detiene. Y detenerse, en una época obsesionada con avanzar, es casi un acto subversivo.
Por eso el prójimo estorba. Porque obliga a frenar, a mirar, a cargar con un dolor que no es propio. Porque recuerda que la vida no es sólo proyecto individual, sino destino compartido. Allí donde el otro aparece, el yo deja de ser absoluto. Y eso es lo que el mercado no perdona.
Sin prójimo no hay comunidad, sólo sobrevivientes. No ciudadanos, no hermanos, no pueblo: apenas individuos administrando su soledad. El resultado es una sociedad eficiente y vacía, funcional y cruel, donde nadie es responsable de nadie y todos se sorprenden cuando el tejido social se desgarra.
Tal vez el signo más claro de estos tiempos no sea la pobreza material, sino la pobreza vincular. Hemos aprendido a convivir sin mirarnos, a cruzarnos sin reconocernos, a competir sin preguntarnos qué queda en el camino. Y lo que queda, casi siempre, es el otro. Así, nos estamos desarmando como sociedad. –
