Breve Ensayo sólo para Iniciados: El Elogio de la Herejía o cuando el Demonio aparece porque faltan argumentos

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Hay palabras que han sido maltratadas por la historia. Una de ellas es hereje. Durante siglos, pronunciarla equivalía casi a dictar una sentencia. El hereje era el desviado, el peligroso, el que había elegido el camino equivocado y, por lo tanto, merecía ser corregido, silenciado o, en épocas menos civilizadas, quemado vivo mientras se le enseñaba un crucifijo y se le decía que “Dios lo ama”.

Pero la palabra tiene una historia bastante más interesante. Herejía proviene del griego haíresis, que significa elección. El hereje, en su sentido original, es aquel que elige libremente. El que toma una opción distinta. El que no acepta necesariamente el camino que le han señalado y decide explorar otro. 

Dicho de otra manera: el primer pecado del hereje fue pensar por cuenta propia. Los que adherimos a un pensamiento liberal lo hacemos libremente -sino no sería liberalismo- y por ende somos enemigos de todo dogma. El dogma, ya religioso, ya político, siempre es un reduccionismo del espíritu y de la mente. Siempre, el dogma es el recurso de los totalitarios.

Y aprovechamos para proclamar que todo aquello que se prohíba debe hacerse. Cuando se prohíbe un libro, hay que leerlo, si es un film, hay que verlo. Si es una terapia alternativa -quien quiera- debe hacerla.

Y ahí empieza nuestra pequeña historia salteña.

Una reciente conferencia pronunciada en una parroquia de Salta por un sacerdote presentado y autopercibido como exorcista de la Arquidiócesis volvió a colocar al Demonio en el centro de una discusión que, francamente, parecía pertenecer a otros siglos.

Este hecho, marca cabalmente porque nos hallamos en esta aldea en el estado de postración en que estamos, porque en tiempos de cambios paradigmáticos aquí continuamos detenidos en los tiempos de Inocencio III.

Según publicó Hora 7 Radial, durante la exposición fueron pasando por la pasarela demonológica distintas prácticas que forman parte de las búsquedas espirituales o de bienestar de algunas personas: Reiki, Constelaciones Familiares, Biodescodificación, Registros Akáshicos, limpiezas energéticas, chamanismo, yoga y lecturas oraculares. Para cada una habría habido un veredicto bastante contundente: el Diablo.

¿Y la Inteligencia Artificial? Porque reemplazar el criterio humano por un algoritmo debería estar en uno de los Círculos del Infierno del Dante.

Uno imagina al pobre Lucifer tomando nota mientras el “exorcista” detalla las prácticas non santas a las que se dan los individuos del siglo XXI:

—¿Otra vez Reiki?

Porque, si seguimos esta lógica, el Infierno debe estar viviendo una verdadera crisis de personal. A este ritmo, Satanás necesita un departamento de Recursos Humanos.

Conviene aclarar algo antes de continuar: no practico esas terapias ni tengo interés en defenderlas como métodos científicos. Algunas carecen de evidencia suficiente y otras pueden ser perfectamente cuestionadas desde la medicina, la psicología o la razón. Y me parece absolutamente legítimo que una Iglesia diga que determinadas prácticas son incompatibles con su doctrina.

Pero una cosa es decir: “Esto no pertenece a nuestra fe.”  Y otra muy distinta: “Esto es obra del demonio.” Entre ambas afirmaciones hay varios siglos de distancia.

Bueno, en estos tiempos cuánticos, por ahí resulta que el “exorcista” es un viajero del tiempo que le erró a la época donde debía bajarse. Unos quinientos años, más o menos.

La primera cuestión pertenece al terreno de la libertad religiosa y de la discusión doctrinal. La segunda introduce una categoría metafísica que convierte al adversario en una amenaza sobrenatural. O sea, los profesores de Yoga, los de Reiki y demás, con este criterio vendrían siendo íncubos y súcubos, todos criaturas infernales. ¡Ni qué decir de los que tiran las Runas!

Y aquí es donde aparece la palabra que reivindico: hereje: ¡Bienvenida sea la herejía cuando significa la capacidad de elegir!

Porque una sociedad adulta no debería necesitar que un sacerdote, un gurú, un político, un científico o un periodista le diga qué debe creer en cada aspecto de su existencia. Puede escuchar, estudiar, comparar, dudar y finalmente decidir.

¡Eso se llama libertad! Y la libertad tiene una característica bastante incómoda para todas las ortodoxias: puede equivocarse.

El problema de nuestro tiempo no es que haya personas que crean en Reiki, en las Constelaciones, en la meditación, en la astrología, en Dios, en la Virgen, en ninguna de esas cosas o en varias simultáneamente. El problema sería que no pudieran elegir.

Imagino el complejo que deben tener a estas horas los acólitos de la Mamita de Urkupiña que tiran las Runas. O los de la Hermandad del Milagro que hacen Reiki (Deberían preguntarse sobre esto último… ¿o no?)

Porque, convengamos, hay algo profundamente medieval en explicar cualquier creencia ajena mediante la intervención del demonio.

Durante siglos, cuando una mujer conocía demasiado sobre hierbas medicinales, asistía partos, preparaba remedios o simplemente sabía cosas que los hombres de su tiempo no comprendían, podía terminar reducida a cenizas por bruja.

La diferencia entre aquella época y la nuestra debería ser, precisamente, que ya no necesitamos al Demonio para explicar aquello que no comprendemos.

Tenemos ciencia, pensamiento crítico, investigación, universidades y hasta discusión pública. Y gracias a Dios, tenemos también derecho a equivocarnos. Por eso sería mucho más interesante discutir si una determinada práctica funciona que atribuirle cuernos.

Si el Reiki no funciona, demuéstrese. Si una terapia carece de evidencia científica, explíquese. 

Si una práctica puede resultar perjudicial, adviértase. Si una creencia contradice una determinada doctrina religiosa, enséñese cuál es la razón.

Pero cuando el argumento final es “porque allí está el Demonio”, la discusión deja de ser científica, filosófica o médica y entra directamente en el terreno de la fe. Y la fe, justamente por ser fe, no necesita disfrazarse de ciencia.

Hay además una ironía histórica que no deberíamos pasar por alto.

La Iglesia Católica atravesó durante siglos un largo proceso intelectual en el que aprendió -no sin conflictos- a convivir con la razón, la ciencia, la modernidad y la libertad de conciencia. El Concilio Vaticano II significó, entre otras cosas, una ruptura importante con determinadas formas de relacionarse con el mundo contemporáneo. Y San Juan Pablo II, terminó pidiendo perdón por las execrables prácticas de la “Santa Inquisición”. ¡Voto a Giordano Bruno!

Por eso resulta estremecedor y terrible que, en pleno siglo XXI, todavía aparezca el Demonio como argumento de autoridad frente a personas que simplemente decidieron explorar otros caminos espirituales. No estoy diciendo que todo camino sea bueno. Estoy afirmando algo mucho más sencillo: que cada adulto tiene derecho a elegir su camino y también a equivocarse en él. Si esto no fuera cierto, San Pablo -por ejemplo-, no sería San Pablo, porque practicaba el deporte de la caza de cristianos. Pero se redimió.

Porque si alguien necesita ser salvado de una terapia alternativa, antes de decirle que está endemoniado, mejor sería quizás primero ofrecerle argumentos. Ahora, si para convencerlo tenemos que invocar al Diablo, tal vez el problema no esté en el terapeuta sino en la argumentación eclesiástica.

La historia está llena de herejes que terminaron teniendo razón. Galileo fue sospechoso, el dicho Giordano Bruno que terminó en la hoguera. Darwin fue considerado una amenaza por sectores religiosos. La medicina, la astronomía, la filosofía y prácticamente toda forma de conocimiento avanzaron porque alguien tuvo la insolencia de preguntar, y ahora según el presidente, Javier Milei, también Carlos Marx era satanista. Estamos completos.

Al Maestro, Voltaire -ilustre masón-, se le atribuye haber dicho “Discrepo con usted, pero daría la vida porque siguiera hablando”. La lectura de los Evangelios nos permite decir aún más: “Respeto su verdad, pero permítame buscar la mía.”

Después de todo, si el Demonio realmente anda por ahí reclutando almas, me temo que tendrá bastante trabajo porque tiene además de estas prácticas denunciadas por el “exorcista”, tiene que competir con Netflix, TikTok, los políticos, los bancos, los vendedores de suplementos, los algoritmos y las expensas.

Y, además, ahora resulta que tiene que ocuparse del Reiki y las constelaciones familiares. ¡Pobre Diablo!

Para colmo, hoy hay luna llena… creo que me convertiré en el caschizón. –

© – Ernesto Bisceglia