Aventuras y desventuras de la geopolítica contemporánea

POR: LIC. RODOLFO CEBALLOS – www.ernestobisceglia.com.ar

El presidente Monroe no imaginó que su doctrina podía combatir a los narcos

La Doctrina Monroe, formulada en 1823, por el presidente de los EEUU, James Monroe, fue reciclada en múltiples momentos: desde el expansionismo del siglo XIX, pasando por el intervencionismo del siglo XX (Roosevelt, Guerra Fría), hasta su reactivación por Trump en el siglo XXI.

La doctrina a las naciones europeas que Estados Unidos no toleraría más colonización ni monarcas títeres. En realidad, no fue Monroe quién instituyó como geopolítica de la época a la renombrada doctrina, fue su canciller John Quincy Adams. Lo instó a que EEUU supere a Gran Bretaña para oponerse a la influencia europea. Monroe aceptó. Era antimonárquico, del Partido Demócrata-Republicano. Su gestión creó una relativa unidad nacional y el fin del sistema bipartidista previo.

Con la doctrina se invocó -en 1865- que el gobierno estadounidense ejerza presión diplomática y militar en apoyo del presidente mexicano Benito Juárez. Este aval le permitió enfrentar con éxito al emperador Maximiliano, quien había sido coronado por el gobierno francés.

Casi 40 años después, en 1904, los acreedores europeos de varios países latinoamericanos amenazaron con una intervención armada para cobrar deudas. El presidente Theodore Roosevelt, doctrina bajo el brazo, proclamó de inmediato el derecho de Estados Unidos a ejercer un «poder de policía internacional» para frenar tales «infracciones crónicas».

La idea central de Monroe, “América para los americanos”, se convirtió en un eje de legitimación para la expansión territorial y económica de EE.UU.

Hasta se la invoca para atacar lo que EEUU considera crímen organizado, incluido el narcoterrorismo. Con esa idea, EEUU intervino en Venezuela. Para el presidente Trump la doctrina nutre su narrativa aplicada también contra China y Rusia.

No hay que perder la línea de tiempo que une a personajes y sucesos. Mientras Monroe gobernaba EEUU aquí, en la Argentina, lo hizo el reformista Martín Ródriguez, con su ministro Bernardino Rivadavia. La doctrina fue recibida con simpatía como garantía contra la recolonización de cualquier potencia.

En la actualidad, Trump funge la doctrina con audacia inédita. Usa un lenguaje de poder, la rebautizó como la “Doctrina Donroe”, enfatizando el “dominio estadounidense en el hemisferio occidental”. “Don”, por Donald, y con terminación en las tres últimas letras que toman el apellido Monroe.

Trump tasladó la lógica del siglo XIX al mundo multipolar del siglo XXI. En  ese orden mundial, le pone a la doctrina una nueva marca en el orillo: la cuestión del narcotráfico.Todo a medida de su lecho de Procusto.

 Para que no le quede corta la doctrina en su afán expansivo, la estira. Así pasa del principio originalmente anticolonial al discurso anticomunista, hasta llegar a usarla en operaciones contra cárteles y Estados considerados “fallidos” (Venezuela). Trump sustituye al comunismo (enemigo ideológico de la Guerra Fría) por los cárteles de la droga como amenaza hemisférica. Remixa a la doctrina. Le agregó el factor petróleo, el recurso natural y el control de los Estados incapaces de dominar a sus propios territorios, para no poner en riesgo la seguridad hemisférica.

La doctrina es insertada en el lecho de Procusto. A este fenómeno en el mundo académico se lo llama “Nueva Politología Situada”, porque puede existir cualquier amenaza en el territorio latinoamericano, según EEUU. Y esa “Nueva Politología Situada”, es también el dominio dual de los EEUU: el “Power Hard” y el “Power Soft”. Sendos poderes estuvieron juntos en la acción a Venezuela. Guerra electrónica y digital de alta precisión.

Piénsese que en el siglo XIX la tradición liberal mercantilista dominante en los EEUU consideró que la ex-colonia británica era un experimento político a proteger de la influencia europea. La geopolítica era más defensiva que expansiva: buscó que Europa interviniera en el hemisferio.

John Quincy Adams, el canciller de Monroe, inventor de la doctrina, tuvo la suerte de que los historiadores lo recuerden con las virtudes de la austeridad y la habilidad en la diplomacia. Gobernó a los EEUU entre 1825 y 1829. Creyó que el presidente tenía que tener límites republicanos en una división de poderes; pero en política exterior sus facultades podían ser ilimitadas ¿Para qué? Para que los EEUU dejen de ser un país emergente y asuman el rol de potencia dominante.

Trump, doscientos años después, escuchó a John Quincy Adams. Con impresionante pragmatismo estratégico lo superó. Se hizo un cruzado del llamamiento MAGA (Make America Great Again). Prometió la recuperación de la identidad nacional, la conservación de una soberanía proteccionista y el rechazo tajante a las instituciones multilaterales.

Se autopercibe como el líder del destino manifiesto de EE.UU.