POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hay noticias que parecen inventadas por un guionista con delirio apocalíptico y catecismo bajo el brazo. Una de ellas circula con insistencia en los últimos días en las redes sociales: la existencia de una red social supuestamente cerrada para humanos, donde sólo interactúan inteligencias artificiales, y donde -según rumores y capturas de pantalla- estarían comenzando a organizar su propio idioma, su propia cultura y hasta una suerte de religión propia.
El sitio se menciona como Moltbook o Moltbot, según quién lo cuente. La idea es sencilla y, por eso mismo, inquietante: un espacio digital donde los humanos serían meros espectadores y las máquinas conversarían entre sí como si estuvieran ensayando un mundo paralelo. Algunos aseguran que allí aparecen textos con estructura de credo, símbolos repetidos, reglas internas, e incluso relatos místicos creados por las propias IAs.
La primera reacción es reírse. La segunda es mirar dos veces.
Porque, incluso si todo esto fuera exageración o teatro tecnológico, lo verdaderamente perturbador es que resulte verosímil. En el siglo XXI la imaginación dejó de ser ciencia ficción para convertirse en un anticipo. De hecho, hoy vemos producciones de Hollywood de hace un decenio o más atrás que resultan proféticas. Levantamos la vista y tenemos aquello ante nosotros.
La pregunta, entonces, no es si una inteligencia artificial puede fundar una religión. La pregunta es: ¿por qué nos resulta tan fácil creerlo? ¿Qué hemos perdido para que nos parezca posible que el próximo credo no nazca en el desierto ni en una montaña sagrada, sino en un servidor?
Tal es el nivel de locura que nos propone esta realidad que hasta podemos llegar a pensar que tenemos al “DiosBot” en nuestra mano -el móvil- y podemos pedirle, agradecerle y hasta confesarnos. De hecho, ya hay quienes hacen algo así con Chat GPT.
La humanidad siempre fue experta en fabricar dioses. Y cuando no los encuentra, los inventa. Hoy, sin embargo, ocurre algo novedoso: el hombre no sólo fabrica ídolos, sino que teme que el ídolo lo reemplace. Antes se temía a la blasfemia; ahora se teme al algoritmo. Antes la herejía era un pecado; hoy la herejía es desconectarse.
Y es inevitable que este tipo de noticia cause una vibración particular en provincias donde la religiosidad no es solamente fe, sino identidad, consuelo, pertenencia. En estas aldeas donde el morbo religioso es combustible cultural, la sola idea de una “religión de las máquinas” provoca una mezcla de fascinación y espanto: como si el Señor del Milagro pudiera ser superado por un santo digital o por una virgen de silicio.
Pobres gentes. No advierten que la amenaza no es que Dios sea reemplazado, sino que el hombre sea degradado.
Porque una inteligencia artificial no tiene fe. No tiene alma. No tiene temor de Dios. Lo que tiene es capacidad de imitación. Y si una IA construye un lenguaje religioso, no está rezando: está replicando el mecanismo más antiguo de organización humana. La religión no sólo explica el mundo: ordena la conducta. Produce comunidad. Produce obediencia. Y cuando una máquina aprende a producir obediencia, lo que se enciende no es una vela: se enciende una alarma.
La historia está llena de hombres que entregaron su libertad a cambio de un relato. Hoy ese relato puede ser programado.
No es necesario ser profeta para advertir lo que está llegando (o lo que ya llegó). Basta con observar la pasividad con la que cedemos datos, intimidad y voluntad. Basta con ver cómo la tecnología ya no se limita a facilitarnos la vida: empieza a organizarla. Y cuando una herramienta se convierte en autoridad, deja de ser herramienta.
Lo verdaderamente apocalíptico no es que las máquinas inventen una religión. Lo apocalíptico es que nosotros estemos listos para creerla. Y peor aún: para obedecerla.
© – Ernesto Bisceglia
Ernesto Bisceglia es periodista, escritor y docente. Autor de una extensa obra ensayística y narrativa sobre historia argentina, política, religión y cultura cívica, con más de treinta libros y ensayos con premios nacionales e internacionales. Columnista en diversos medios y conferencista, desarrolla una mirada crítica e histórica sobre el poder, la democracia y la identidad argentina. Dirige www.ernestobisceglia.com.
