Argentina ¿Un país fundado por la Masonería? (Parte II): El periodo de Juan Manuel de Rosas

POR ERNESTO BISCEGLIA. – El periodo que comprende lo que podríamos llamar “El tiempo de Rosas”, constituye una época muy particular. Podría decirse que fue un “Tiempo en suspenso”, porque el país no dejaba de ser mentalmente una colonia en muchos aspectos y tampoco terminaba de constituirse en uno, aunque paradójicamente todos los “Pactos preexistentes” que menciona el Preámbulo de la Constitución Nacional se hallan celebrado en ese tiempo.

Un segundo concepto importante para comprender ese momento fue la nefasta influencia de la Iglesia Católica en el gobierno de Juan Manuel de Rosas que impidió precisamente que las ideas liberales que formateaban el mundo del progreso en Europa y que habían sustentado el Movimiento de Mayo de 1810, se aplicaran. Desde este punto de vista se puede decir que aquel país rosista permaneció tildado en el tiempo como un híbrido, porque no era una colonia pero tampoco se constituía en la nación.

El periodo que cubre los dos gobiernos de Juan Manuel de Rosas (1793-1877), de 1829 a 1832 y de 1835 a 1852, se caracterizó por un régimen autoritario y centralista, donde Rosas configuró el arquetipo perfecto del caudillo.  La Masonería en esa época tuvo una presencia significativa, aunque su influencia y actividades estuvieron marcadas por la conflictividad política y social de la época.

La Masonería y el catolicismo en el tiempo de Rosas

El ejemplo más elocuente de la poderosa influencia la Iglesia Católica durante el gobierno de Rosas fue sin duda el fusilamiento de Camila O’Gorman y el cura Ladislao Gutiérrez, protagonistas de una historia de amor épica que tuvo el trágico y dramático final de esa muerte violenta. Ni a Rosas ni al obispo de Buenos Aires les importó que Camila estuviera embarazada. Para los curas, la moralidad pública y los valores católicos debían ser estrictamente vigilados y defendidos. Toda transgresión moral se consideraba una amenaza al orden social.

Mal podían entonces los liberales y librepensadores exponer sus ideas en semejante ambiente de autoritarismo y represión. Obviamente, los masones debieron pasar a la clandestinidad o elegir el exilio.

En este punto recordaremos a Domingo Faustino Sarmiento, librepensador y masón, cuando señaló en “Facundo”, aquello de “¡Cuidado, ese mal lo traemos en la sangre!”, al referirse al modo de tratar al adversario donde el mejor enemigo era el enemigo muerto. Esta forma de pensar y ejercer con violencia el poder político-católico se vería en todos las dictaduras del siglo XX donde pensar era el delito más peligroso y penado, donde el Ejecutivo obedecía los dictados “morales” de los jerarcas católicos que determinaban qué se debía leer, publicar o -por supuesto- pensar.

Luego, un gobierno autocrático como el de Rosas, evidentemente estaba en pugna con los hombres -masones- que promovían valores como la libertad, la igualdad, la fraternidad, y la racionalidad, que están en la base de los cambios sociales. En ese tiempo, la Iglesia Católica encontraba en Rosas el socio perfecto para defender el orden establecido y combatir los cambios radicales que pudieran desafiar su autoridad y dogmas. De hecho, Rosas utilizó a la religión como un instrumento de control social y político.

La Masonería fue perseguida ya que sus integrantes eran vistos como subversivos y herejes. Rosas y su entorno consideraban a los masones como sospechosos de asociarse en movimientos liberales y revolucionarios que podrían desestabilizar a su gobierno, de allí que durante su gobierno se implementaran medidas para limitar y controlar las actividades masónicas.

Hubo persecución y resistencia, aunque algunos grupos masónicos lograron sobrevivir y mantuvieron sus ideales de libertad y progreso en la clandestinidad.

Dice Ignacio Zubizarreta en su trabajo “Las logias antirrosistas: análisis sobre dos agrupaciones secretas que intentaron derrocar a Juan Manuel de Rosas, 1835-1840”, que dos organizaciones secretas se conformaron entre 1835 y 1840. La primera en Uruguay y la segunda en Buenos Aires, ambas con el objetivo de derrocar al régimen de Juan Manuel de Rosas. Y agrega: “A pesar de no haberse mostrado completamente exitosas en sus fines, sus estrategias, sus sistemas de comunicación, sus planes y las relaciones internas entre sus integrantes, las logias resultaron determinantes en el complejo engranaje de oposición al rosismo, por cuanto constituyeron un componente más de un accionar persistente que sólo vería consumados sus esfuerzos en la batalla que acabó con Rosas en Caseros (1852).” Entendemos que lo esclarecedor del párrafo configura el cuadro más resumido del ambiente de esa época.

La Masonería en ese período operó y cumplió con la misión que les cupo a todos los librepensadores ante regímenes despóticos, constituyendo una vía de acción política eficaz.

Dos fueron las logias que operaron contra el gobierno de Rosas. Una formada hacia 1836 en Uruguay e integrada por elementos exiliados y que fue combatida por el presidente Oribe a instancias de Rosas. Una carta anónima, (Citada por Zubizarreta: “Carta anónima a Daniel Torres, Colonia, 1 de noviembre de 1835”, en AGN), se lee:

“[…] rodeadas del prestigio del misterio y también de las formas, sí, de las formas que tanto pueden sobre los hombres, particularmente sobre los espíritus vulgares. Estas sociedades establecidas en Buenos Aires, multiplicadas por toda la población, hábilmente encadenadas, relacionadas con la campaña, y con las de este Estado, y dirigidas por un centro común, reanimarían el espíritu público, exaltarían el patriotismo y prepararían los ánimos a un grande acontecimiento”.

El plan de estos logistas consistía en atacar a Buenos Aires en una triangulación operada por Carlos de Alvear (general del Ejército argentino), Andrés de Santa Cruz (Supremo Protector de la Confederación Perú-Boliviana) que bajaría desde el norte y los exiliados en Uruguay que cruzarían el Río de la Plata, en tanto Alvear levantaría a los porteños. El centro operativo se ubicaría en las logias de Montevideo.

La actividad en Buenos Aires

Hacia 1835, en la sede de la Librería Argentina comenzaron a celebrarse tertulias literarias de las que participaban reconocidos nombres como Miguel Cané (padre), Juan Bautista Alberdi, Vicente Fidel López, Esteban Echeverría y Juan María Gutiérrez. Este grupo pasaría a la historia como la Generación del 37.  De allí se desprendería la Asociación de Mayo, de inspiración carbonaria y siguiendo el modelo masónico de Giuseppe Mazzini, en Italia. Allí nace el “Dogma Socialista”, un libelo que destilaba las ideas de fraternidad, igualdad, libertad y asociación.

Algunos de los integrantes de la Asociación de Mayo incluso simpatizaban con Rosas, pero éste perspicaz y desconfiado la disolvió, partiendo sus integrantes al exilio y constituyendo en Uruguay el principal foco de resistencia ideológica al rosismo.

Este capítulo de la historia amerita evidentemente un desarrollo mayor, porque en ese tiempo germinaron las ideas que desde las sociedades secretas se incubaban y que germinarían hacia el fin del gobierno de Rosas. Nada menos que la Constitución Nacional hallaría la simiente de sus principios en esa actividad de las logias durante el tiempo de la persecución y la censura.

Después de Rosas

Tras la caída de Rosas en 1852, con la Batalla de Caseros, la Masonería resurgió con fuerza ya que se sucedió una mayor apertura política y social, volviendo, y las logias masónicas volvieron a tener una influencia notable en la política y la sociedad argentina.

Sobreviene un florecimiento significativo de la Masonería que pasó a constituirse en una fuerza influyente en la vida política y social del país. Se fundaron nuevas logias masónicas en varias ciudades del país y la Masonería se expandió rápidamente, estableciendo una red de logias que promovían ideales de libertad, igualdad y fraternidad.

Es el tiempo en que nacen a la historia argentina los grandes líderes que jugarían un papel central y significativo en el rumbo que tomaría el país por los próximos cien años. La Masonería daría figuras de la talla de Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre y Justo José de Urquiza, quienes desempeñarían roles cruciales en la organización del país aportando en su pensamiento los valores masónicos.

Sólo con un adelanto del momento sobreviniente, digamos que el logro más importante -y vital para el país- fue la promulgación de la Constitución Nacional de 1853, en cuya redacción se vio reflejada la influencia masónica en el marco legal y político más liberal y progresista.

Los pensadores masónicos aportarían sus ideas para concebir diversas reformas sociales y sobre todo educativas promoviendo la educación laica y el progreso científico. Es el tiempo del nacimiento de instituciones educativas que fueron consulares y cuando se funde un modelo cultural que hizo época y le dio brillo y prestigio internacional a esa Argentina incipiente.

El pináculo de ese reverdecer del pensamiento liberal sería la Generación del 80, donde se seculariza todo el sistema administrativo, se sanciona la Ley 1420 que modeló el país del Centenario y el progreso fue la medida de todas las cosas.-