Argentina: Autopsia de un derecho humano asesinado

POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar

EL 24 de Marzo más que una fecha a rememorar es un espejo que continúa poniéndonos delante de nuestros miedos, de nuestras frustraciones  y de nuestros errores como sociedad.

Así comprobamos que hay épocas que no pasan: se sedimentan. Quedan como una capa de miedo bajo la piel de una sociedad que aprendió -a fuerza de golpes- que pensar distinto podía costar la vida.

La Argentina de aquellos años no fue solamente el escenario de un enfrentamiento político: fue, sobre todo, el laboratorio de un absurdo moral. Bastaba una palabra, un gesto, una sospecha. “Sospechoso de” alcanzaba para convertir a un ciudadano en enemigo, y al enemigo en objeto. Ya no había persona: había expediente, señalamiento, condena anticipada.

Hasta supimos invertarnos una malévola justificación: “Algo habrá hecho”, como para desentenderlos de la suerte que corriera ese o esa a quien habían “chupado”.

Evocar aquella historia y decir las cosas lo sin rodeos no es un ejercicio de provocación: es una obligación de honestidad. Porque en ese clima de miedo generalizado se habilitó lo peor. El horror no fue una abstracción: tuvo cuerpo, tuvo rostro, tuvo género. Las mujeres padecieron una dimensión particularmente atroz de esa violencia. No sólo fueron perseguidas: fueron violadas, torturadas, sometidas a condiciones inhumanas, muchas veces hasta la muerte. Y como si la barbarie necesitara un último gesto de degradación, se consumó uno de los crímenes más ignominiosos: la apropiación ilegal de bebés.

En ese último punto se cruzan todos los límites. Porque no se trata sólo de arrebatar una vida: se trata de robar una historia. De borrar un origen. De condenar a un ser humano a crecer en la mentira, privado de su identidad. No hay eufemismo posible para nombrar semejante atrocidad. Tal vez, sea el único pecado que no tenga perdón de Dios, porque cuando se lo comete, se juega a ser Dios.

Pero hay un detalle que incomoda, que desordena los relatos cómodos, que obliga a mirar a la historia sin anteojeras. La orden de “aniquilar por todos los medios posibles” no nació en el vacío ni fue patrimonio exclusivo de quienes después la ejecutaron con sistematicidad brutal. Esa orden fue formalizada mediante un decreto (Decreto N.º 261/1975) firmado por la entonces presidenta de la Nación, María Estela Martínez de Perón.

Y fue el Ejército con el concurso de las demás Fuerzas Armadas, de la Policía Federal y de las policías provinciales quien llevó adelante, con eficacia siniestra, esa lógica de exterminio.

Aquí aparece una pregunta incómoda, casi insoportable: ¿cómo puede una mujer, en su condición de tal, ordenar la eliminación de sus propios conciudadanos por pensar distinto? No es una pregunta retórica; es una interpelación ética. Porque allí no hubo peronismo. Hubo, en todo caso, una traición a sus principios más elementales.

Resulta inevitable, entonces, volver la mirada hacia Juan Domingo Perón, quien, incluso en uno de los momentos más dramáticos de su historia, tras el infame bombardeo de Plaza de Mayo en 1955, al día siguiente sostuvo un mensaje llamando a la unidad, a la pacificación. No hubo en él vocación de exterminio. Hubo, con sus luces y sombras, una idea de comunidad política que no se resolvía en la eliminación del adversario.

Por eso también adquiere una dimensión simbólica el gesto de Ricardo Balbín en aquel abrazo con Perón en Gaspar Campos: la política entendida como espacio de encuentro, no de aniquilación.

Han pasado cinco décadas. Sin embargo, el trauma persiste. No siempre con la misma forma, pero sí con la misma lógica subterránea. Todavía hay miedo. Todavía, en ciertos ámbitos, se paga un precio por decir lo que se piensa. Denunciar hechos de corrupción, señalar abusos de poder o ejercer la crítica puede convertir a alguien en blanco de hostigamiento desde el propio Estado.

La historia no se repite, pero rima. Y cuando rima con el miedo, conviene prestar atención.

Este es, quizás, el momento de limpiar la mirada. De recordar sin complacencias, sin relatos selectivos, sin zonas de confort ideológico. Recordar para que no vuelva a ocurrir. Pero también para recuperar una idea más ambiciosa: la de pensar, de una vez por todas, el país de los argentinos.

Un país donde nadie sea perseguido por pensar distinto. Un país donde la memoria no sea un arma arrojadiza sino un punto de partida. Un país donde el pasado no se use para dividir, sino para aprender -de una vez- que el otro, aun en su diferencia, nunca puede ser un enemigo a eliminar.

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